jueves, 15 de octubre de 2009

No Wall (y III)













Hay otra virtud, para mí, importantísima, en la forma que la serie Mushi-shi (ya saben, aquella con la que les vengo dando la lata desde hace unas semanas) aborda el material fantástico sobre el que construye sus historia.

Simplemente que lo hace desde el punto de vista de la narración popular.

¿Y en que consiste ese punto de vista? Pues básicamente en su sencillez. Esas historias han pasado por tantas bocas, han sido contadas en tantas situaciones que cualquier añadido ha sido eliminado, todo lo innecesario cortado, de forma que se han convertido en el cañamazo sobre el que el contador de cuentos experto puede tejer un tapiz completamente nuevo, convirtiendo por una noche en propio y original lo que pertenece a la comunidad entera y se supone conocido, memorizado, sería la palabra, por todos.

Pero hay otra característica aún más importante, aquella que comparte Mushishi con esas narraciones, y que emerge de esa misma sencillez, de ese esfuerzo por simplificar que destila estas narraciones hasta convertirlas en auténticas quintaesencia. El simple hecho de que no hay barreras entre lo natural y lo sobrenatural en la forma en que la historia se presenta.

Señálese lo anterior: en la forma en que la historia se presenta. En el cuento popular, no suele haber transiciones entre lo real y lo fantástico. Nunca se nos anuncia como extraordinario. Los palacios encantados, los dragones, las hadas, las ciudades subterráneas y submarinas, coexisten con las gente y las situaciones realistas, con la pobreza y la sociedad, sin despertar sorpresa ni en los oyentes, y esto es lo importante, ni en los protagonistas, que contemplan ese mundo fantástico con los mismos ojos que su mundo cotidiano, como si ambos fueran el mismo mundo, regidos por las mismas reglas e incapaz de existir el uno sin el otro.

Ese efecto de naturalidad en lo extraordinario, tan distinto de los acentos y los sustos de las producciones contemporáneas, tan preocupados por resaltar la diferencia, consigue que el oyente (y todo cuento popular presupone un oyente aunque su formato sea el de las imágenes en movimiento) se vea inmerso completamente en ese mundo, tan alejado del suyo, pero al mismo tiempo tan cercano, y se vea sacudido por los sucesos que allí ocurren, puesto que podrían ocurrirle a él mismo, habitante del mismo mundo que los protagonistas, y expuesto por tanto a encontrarse con lo maravilloso en cuanto diera la vuelta a la esquina.

Una maravilla que, nuevamente al contrario que las producciones fantásticas de ahora, puede nuevamente tornarse en realidad cotidiana, borrando una otra vez las fronteras entre lo natural y los sobrenatural, que pueden cruzarse en ambos sentidos con completa facilidad, provocando que aún hoy, en tiempo de escépticos y descreídos, el espectador sensible pueda sentirse como sus antepasados de antaño, aquéllos en que los bosques, los mares y los campos estaban habitados por todo tipo de divinidades, que no desdeñaban, sino que buscaban, el contacto con los humanos.