domingo, 25 de octubre de 2009

Giving Evidence (y II)

My wife, how I am thinking of you. I know you are dead, lying under the grass, already for 2 and 3/4 years, under the knotty oaks, birch trees and pines in the ancestors' forest at Rettland and yet you are bodily near me. You are embracing me with your love, your charm and your beauty. Illegirl how beautiful you were! Beautiful in body, soul and spirit. One did not know, what more one should admire about you, your tall figure, your noble face or your long blonde hair. This external beauty was paired with a clean soul, a true character, high intelligence and a wonderful voice. Your clear soprano enchanted everybody. You were a rare creation of our Lord.

De las cartas que el jerarca Nazi Robert Ley dirigía en prisión a su mujer muerta, según se recoje en Interrogations de Richard Overy.

Uno de los debates más recientes sobre el Nazismo, atizado por películas como la reciente Der Untergang, trata sobre la humanidad de sus dirigentes, o dicho de otra manera, hasta que punto seguían perteneciendo a la humanidad personas que fueron capaces de mandar asesinar sin titubear a millones de Europeos (no sólo judíos sino de muchas otras nacionalidades) .

Por supuesto, muchos, entre ellos yo, siempre hemos tenido una respuesta a esa pregunta. Eran tan humanos como cualquiera de nosotros, sin que externamente fuera posible distinguirles de los demas (en palabras de un diplomático ingles: No entiendo como alguien que podía organizar esas fiestas puedo cometer tales crímenes). Una constatación aterradora, puesto que al no haber diferencias, el camino que ellos recorrieron puede ser recorrido por cualquiera de nosotros, y desgraciadamente, si el principio y el final están claros, su transición se produce en tan pequeños grados que resulta casi imperceptible, como demuestra el caso de tantos alemanes que despertaron a la maldad del nazismo demasiado tarde, para ellos y sus víctimas.

Sin embargo, existe otra corriente que utiliza esta misma corriente para llegar a una conclusión completamente contraria. Si los nazis eran humanos, capaces de amar, emocionarse, sentir piedad y solidaridad por otros seres humanos, es que su ideología no es tan mala como los hechos históricos la pintan, y por tanto, si quitáramos los excesos, podría ser perfectamente respetable, asumida por una Europa abierta, ilustrada y tolerantes con todas las ideas.

En este sentido, son ejemplares las cartas que escribiera en prisión Robert Ley, ministro de trabajo del Tercer Reich, y responsable en parte de la deportación a Alemania de trabajadores extranjeros que allí fueron tratados como mano de obra esclava, y en muchos casos murieron de hambre, extenuación o malos tratos. Unas cartas en que Robert Ley intenta huir de los cargos que se le imputan y dialoga apasionadamente (El título de las cartas es Zweigresprachk literalmente charla a dos) con su mujer muerta, en términos de auténtico enamorado, más propios de un adolescente que de un hombre maduro.

La cuestión que muchos se plantearían sería la de como un hombre capaz de hablar tan bien, con tanto amor y tanto cariño, puede ser el responsable de los crímenes que la historia se imputa. Algunas almas cándidas dirán que es imposible, que no entra en caracter, pero si algo me ha enseñado mi pesimismo es que los seres humanos somos capaces de disociar completamente nuestras acciones de sus consecuencias y mentirnos a nosotros mismos.

Por ejemplo, en el caso de Ley, esa historia de amor apasionada, de viudo que guarda la ausencia de su mujer muerta, no es tan romántica como pudiera parecer. Overy nos relata como Ley era un auténtico womaniser y como Inge se pegó un tiro en el 43 tras emborracharse hasta casi la inconsciencia, y sufriendo de una fuerte depresión surgido tras un parto complicado y que la condujo al alcoholismo. Como siempre la vida privada de los seres humanos es todo menos ideal, o lo que es lo mismo sólo se convierte en ideal cuando el tiempo empieza a borrar nuestros recuerdos, o como en el caso de Ley cuando ese estado anterior, cualquier cosa menos ideal, solo se torna deseable como vía de escape ante una realidad mucho peor, en este caso, la prisión y la certeza de ser enjuiciado y condenado, probablemente a muerte, debido a la gravedad de los crímenes en que había participado.

Pero no he respondido a nada. La cuestión sigue abierta ¿Cómo pudo alguien que se revela tan sensible, aunque fuera a posteriori, participar en los crímenes del nazismo? Mejor dicho ¿Cuál era su reacción en el instante que se le exigían cuentas? Además de dialogar constantemente con su esposa muerta, Ley se dedico a escribir largos memorandums sobre como debía organizarse la Alemanía del futuro, en la cual aún creía que sería llamado a participar como dirigente, una cegera compartida por muchos de los jerarcas prisioneros con él. Vale la pena leer ese documento, simplemente porque muestra la ambigüedad moral en la que se movían, o mejor dicho, la manera en que habían llegado a convencerse de sus propias eslóganes y a utilizarlos como justificación y excusa de sus crímenes.

En palabras del propio Ley, en su testamento político.

My Plan
1 Formation of a committe, where Jews and anti-semites, who are honestly determined to follow this road, meet in order to exchange their thoughts an to determine the conditions under which Jews and Germans want to live together.
2 An executive comittee, again consisting of Jews and Germans, who will carry out these agreements.
3 An organisation for education and propaganda to carry out these thoughts into de tiniest village

Hay que comprender la mentalidad nazi para poder decodificar lo que Ley cuenta. Simplemente los nazis suponían que la judería internacional estaba embarcada en una campaña para destruir Alemania, lo cual justificaba cualquier medida que los Alemanes tomasen para defenderse de ese enemigo, de ahí esa necesidad de un comité/conferencia de paz para llegar a un tratado de paz entre ambas comunidades, a lo cual se añadía que el antisemitismo era considerado como un rasgo distintivo y originario de la mentalidad alemana, a la cual los judios eran extraños, de ahí la necesidad de una gran campaña para informar a la población del cambio de política del nuevo partido nazi.

Por supuesto esa conspiración no existía en otro lugar que no fueran las fantasías nazis, y la única conspiración fue la nazi para exterminar a millones de personas inocentes, con el agravante, de que Alemanía, antes del nazismo, ya no había alemanes y judíos propiamente dichos, sino que paradójiamente, eran uno de los países donde más se habían integrado, hasta el extremo de que muchos de ellos combatieron y murieron en la segunda guerra mundial. Es más, en un sistema donde el exterminio de los judíos era conocido por todo el mundo y sus responsables no dudaban en presumir de sus logros, resulta difícil concebir donde podrían encontrar Ley, quien seguramente no estaba en la ignorancia, los judios que participasen en esa conferencia de paz racial, cuando los nazis habían exterminado ya a casi todos.

Como conclusión a esta entrada, hay que señalar que Ley no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados de Nüremberg, semanas antes logró suicidarse en su celda. Nunca había sido un hombre brillante y sus propios compañeros de partido tenían muy mal concepto de él. Quizás en esta ocasión, la soledad, el peso de las propias mentiras y contradicciones, la imposibilidad de sustraerse a su destino y sobre todo a la responsabilidad por los actos cometidos, se convirtieron en un peso que no pudo soportar.