sábado, 29 de agosto de 2009

You set the limits
























No es la primera vez que hablo de los Fleischer, Max y Dave, en este blog. Mi admiración por ellos crece cuanto más conozco su obra. No es solo que de 1920 a 1940 fueran uno de los grandes estudios de animación, en concreto, el único capaz de toser a la Disney, que ya se ocuparía tras 1940 de reescribir la historia, para que animación y el estilo de esa productora fueran casi sinónimos, opinión que ha causado un daño casi irremediable a esta forma.

No, lo realmente importante es que los Fleischer siempre demostraron una inventiva fuera de serie. Bastaría con sus aportaciones técnicas para otorgarles un puesto preferente en la historia puesto que inventaron una serie de aparatos sin los cuales la animación seria impensable, desde el rotoscopio, para copiar el movimiento humano al rotógrafo, para poder superponer imagen real, pasando por un modelo de cámara multiplano, para dotar al dibujo animado de tridimensionalidad, mucho más cómodo que el manufacturado por la Disney, ya que en este último los planos se apilaban verticalmente, con la dificultad de manejo y movimiento que suponían, mientras que en el aparato Fleischer, los planos se disponían horizontalmente, facilitando su manipulación.

Pero lo que hace realmente grandes a los Fleischer, (y que el corto arriba capturado, Puzzle de la serie Out of the Inkwell de 1923) demuestra sin genero de dudas), es que durante los 20, junto con otros pioneros como Otto Messner o el tándem Disney/Iwerks, inventaron las reglas básicas de la animación y se las saltaron a la torera, algo en lo que los Fleischer brillaban especialmente y que, 80 años más tarde aún es capaz de hacer reír a carcajadas al respetable, al igual que su sucesora en la locura, el desenfreno y el descaro, la Warner, consigue también hacer, mientras que los cortos Disney, excepto excepciones (Iwerks y Jack Kinney), se han quedado atrapados en el pasado.

Más aún. Los cortos de los 20 de la serie Out of the Inkwell utilizan todos la misma fórmula simple y sencilla, Max Fleischer dibuja a Koko el payaso protagonista, el cual inevitablemente acabará interfiriendo en el trabajo de su creador, conflicto que desembocará en el caos. Dicho así, podría esperarse unos cortos repetitivos, basados siempre en los mismos golpes y gags, pero hay que recordar que estamos hablando de los Fleischer, de manera que ningún corto se parece a otro.

Ya desde el principio, la forma en que KoKo es dibujado es distinta y puede apreciarse como los Fleischer, en algo tan sencillo como es el introducir al personaje principal intenta exprimir al máximo las posibilidades de la animación. Koko llegará a pintarse a sí mismo, a metamorfosearse partiendo de un dibujo anterior o incluso será literalmente bordado por Max Fleischer (siempre protagonista de sus propios cortos) sobre el papel. Desde ese punto todo estará permitido y cada corto rivalizará en romper cualquier ilusión de realidad o lógica que podamos esperar. Max Fleischer será literamente atrapado en el papel que dibuja (como es el caso ilustrado) para emerger por el tintero con el que Koko es dibujado, aparecerá como el resultado del puzzle que Koko crea, se dibujará a sí mismo, sera enrollado en el papel que utiliza, terminará siendo el producto de la máquina de dibujo automático que Koko maneja y que el propio Fleischer había diseñado momentos antes o incluso será dinamitado rumbo a Marte por un Koko buscando venganza por haber sido enviado en un cohete hacia ese planeta.

Un despliegue de imaginación, conseguido, no se olvide con medios completamente primitivos. Una cumbre de la animación, cuando esta apenas acababa de nacer, que debería avergonzar a toda esa animación 3D que parece concebida únicamente para presumir del dinero que ha costado.

Un ejemplo claro de que no existen límites si hay voluntad de crear.