jueves, 6 de agosto de 2009

On our way to heaven


Una de las perversiones modernas (postmodernas, para ser exactos) es considerar la vida de los artistas más importante que su propia obra. Si no conocemos los impulsos que le motivaron a crear tal o cual producto, el trasfondo social en que se concibieron o la etiqueta con la que podemos clasificarle y decidir así a quién va dedicada esa obra y por tanto quién debería leerlo, verlo, oírlo, nos parece desprovisto de todo valor y de toda importancia. Peor aún, si el resultado no se corresponde con la etiqueta asignada, en ese caso lo único que nos merecerá será desprecio.

Un modo de pensar extrañamente cercano al del romanticismo, ese romanticismo del que nos declaramos liberados, y por el cual el artista nos parece una especie de santo laico, cuya actitud vital deberíamos imitar para ser (añádase aquí el bien preferido de cada lector), sin percibir que lo único que diferencia a un artista de sus contemporáneos es precisamente el saber escribir, esculpir, pintar, componer mejor que el resto.

Esta fijación nuestra con la persona provoca un efecto secundario indeseado. Cuando nos enfrentamos al arte anterior de 1800 y lo limpiamos de todas los mitos y leyendas que añadiera el siglo XIX, nos encontramos con que la biografía de un artista se reduce a un amasijo de áridos documentos oficiales, actas judiciales, testamentos, contratos, en los cuales es casi imposible encontrar eso que, en palabras trasnochadas, llamaríamos el alma de un artista, sus motivaciones, su intención, sus objetivos e ideales.

Mucho peor cuando nos enfrentamos al arte de la edad media, donde no es que nos sea ya desconocida la personalidad del artista, sino que la propia identidad del artista, su nombre, sus orígenes su biografía se han desvanecido, y lo único que nos queda es un conjunto de líneas y colores, encargadas por personas distintas a él, encarnando un conjunto de ideas y creencias que en cierta manera, eran externas a él, comunes a un tiempo y una época, repetidas una y otra vez.

¿Comunes? ?Repetidas? Nuevamente estamos haciendo una petición de principio, proyectando nuestras ideas presentes sobre el pasado. Cualquiera que haya visitado un buen número de catedrales góticas sabe que cada una tiene su propia personalidad, dependiente del tiempo que llevara su construcción, de la época en tuviera lugar, de lugar en que se erigiera. Al final, cada una es obra única e irrepetible, y el gótico como estilo único, sometido a unas reglas estrictas sólo existió en la mente de los arquitectos neogóticos del siglo XIX capaces de crear construcciones góticas más perfectas que la de sus ejemplos históricos, los cuales decían copiar a rajatabla.

Asímismo, cuando nos enfrentamos a un conjunto de frescos como el de San Román en Toledo (uno de los lugares menos visitados y más hermosos de Toledo) nos enfrentamos a una contradicción. Una iglesia románica completamente cubierta de frescos donde se nos representan desde el inicio de los tiempos hasta el fin de estos, plasmado en un impresionante apocalipsis donde todas las tumbas, las de los ricos, las de los pobres, las de los poderosos y las de los siervos se abren al mismo al escuchar las trompetas de los ángeles. Un conjunto que deberíamos calificar de paradigmático, de ejemplo perfecto de la pintura románica, si no fuera porque es único y no hay otros con el compararlo.

Mejor dicho, tenemos la certeza de que todas las iglesias románicas estaban decoradas de esa manera, que la piedra y la monocromía no son más que un espejismo, pero no disponemos de conjuntos similares con los que establecer una igualdad de estilo, fijar unas normas comunes. El resto de hallazgos o son completamente ilegibles, fragmentos que sólo sirven para confirmar la existencia de un puzzle pero no para resolverlo, o bien no se parecen en nada a lo aquí mostrado (piénsese en el abismo que separa las pinturas de la colegiata de San Isidoro en León o el románico pirenaico catalán). De forma que siempre estamos empezando, aprendiendo algo nuevo, reformulando los conceptos, en vez de avanzar y afianzarlos.

O mejor dicho, que siempre estamos solos, nosotros y la obra, abandonados a nuestra subjetividad, siempre cambiante, y a su objetividad, eternamente perenne.

Sintiendo que su atracción se debe a la novedad y a la sorpresa, a su pertenencia a un mundo desconocido e incompresible, separado de nosotros por los siglos, en el que los muertos se levantan de sus tumbas y los ángeles nos miran a los ojos desde las angostas ranuras de los ventanales.