miércoles, 19 de agosto de 2009

Remove the wool from your eyes (y IV)









Continuo con mi apresurado resumen de la edición de Cine de Vanguardia Americano post 1945 realizada por la National Film Preservation Foundation de los EEUU como cuarto volumen de la colección Treasures From American Film Archives.

En este caso le ha tocado al corto Fog Line (1970) de Larry Gotheim... y debo decir que me siento culpable al haber resumido los 11 minutos de este corto en unas escasas nueve capturas constituye una traición y una simplificación. Sí, dicho así, justo con esas palabras que tan poco sentido tienen ahora mismo, simplemente porque los 11 minutos de cámara fija observando como se levanta la niebla en el campo, constituyen una exploración, profunda y acertada, del modo en que percibimos, que mi apresurado muestreo es incapaz de reproducir.

Hay un error fundamental sobre el modo en que observamos el mundo que este tipo de documentales viene a resolver o mejor dicho, a disolver. Se trata, por supuesto, de como tendemos a hacer equivaler belleza con observación extática, y nos atrevemos a utilizar con absoluta ligereza las palabras para siempre, en frase como haría esto, escucharía esto, miraría esto... para luego cuando somos sometidos a la observación sin paliativos de aquello que consideramos bello, nos encontramos incapaces de sostener la atención, no por día, no por unas horas, sino por simplemente unos escasos minutos y segundos.

Inconscientemente, esperamos que suceda algo, mejor dicho que algo se mueva y rompa el estatismo de la escena, la eternidad inmóvil en que queríamos vivir por siempre jamás y que se nos torna insoportable, inhabitable.

Y sin embargo, están sucediendo muchas cosas, demasiadas, basta con que dejemos a un lado nuestras preocupaciones, nuestro modo habitual de ver y aprendamos de nuevo a mirar. Porque una vez pasada la sorpresa inicial, la sorpresa ante ese vacío blanco donde es imposible reconocer un solo objeto y que parece ser eternamente, nuestra mente empieza a reconstruir la escena, los objetos cuyas formas fragmentadas descubrimos entre los jirones de niebla.

Y es entonces, a medida que ésta se levanta, cuando la sorpresa nos sacude, al revelársenos cuánto estábamos equivocados, cuánto habíamos acertado, porque las formas que suponíamos tejados, no son más que colinas, el vacío blanco, praderas y campos cultivados. Como el blanco infinito, igual que un sudario se transforma en colores, aún más brillantes, puros, nuevos y renovados por suceder a su ausencia completa.

El placer de volver a este mundo, de volver a recuperar nuestras referencias, nuestro lugar y nuestro hogar, tras habernos creído perdidos irremediablemente.