domingo, 9 de agosto de 2009

And now... where to?


Músico, Ossip Zadkine

Ya hace tiempo acuñé la expresión de que "la temporada de exposiciones madrileña estaba plagada de magníficas muestras sin repercusión alguna".

Así que ocurre que, mientras las multitudes se apretujan para visitar apresuradamente la exposición Sorolla abierta en el museo del Prado, la cercana ¿Olvidar a Rodín? de la Fundación Mapfre apenas es visitada y puede disfrutarse tranquilamente. Una curiosa injusticia expositiva, ya que mientras que la muestra del Prado no nos enseña nada que ya no sepamos, la de la Fundación Mapfre es una más que agradabable sorpresa, por muchas y variadas razones.

En primer lugar, las exposiciones de escultura no suelen organizarse con la frecuencia que debieran. El peso de las piezas, que hace difícil su traslado fuera de los museos de origen, la necesidad de que puedan ser contempladas de todos los ángulos, reduciendo así drásticamente el espacio expositivo disponible, o simplemente los requisitos especiales de iluminación, para que los volúmenes y ángulos buscados por el escultor queden resaltados propiamente, hacen que la organización de una muestra de estas características pueda convertirse en una pesadilla para sus encargados.

En segundo lugar, esta exposición viene a cubrir un importante hueco didáctico, la cuestiób de como la escultura del siglo XIX, tan devota ello de hacer copias pluscuamperfectas de los estilos anteriores, devino la escultura del siglo XX, enfrascada en el estudio de la forma y el volumen, hasta el extremo de abandonar todo intento de representatividad o conmemoración, borrando lo que podríamos llamar el arte del monumento.

O en otras palabras, como muy se resume en el catálogo de esta exposición. Como se rompe el bloqueo creado por una personalidad como la de Rodin, que pone fin a todo un ciclo escultórico, de forma que su modo es imposible de continuar, puesto que pertenece al pasado, esas resonancias miguelangescas que resuenan constantemente en su producción. Una tarea ingente, la de dar ese paso adelante y parir la escultura del siglo XX, que no fue obra de un genio inspirado, sino labor colectiva de muchas grandes personalidades, que poco a poco se libraron de la sombra de Rodin y encontraron ese camino nuevo que el maestro anterior se había nefado siempre a ver.

Una labor colectiva, lenta y llena de titubeos, siempre con la presencia inescapable del gran hombre y su obra como continua vara de medir, sin genios revolucionario, como fueran Matisse o Picasso en la pintura, y que puede explicar ese desapego del gran público por este arte en el siglo XX al no contar en su narración con esos momentos estelares, esos antes y después que jalonan el recorrido de su arte enemiga.

La portadora de agua, Joseph Bernard

Pero más importante aún, es el encontrarse con escultores completamente desconocidos, poco citados y aún menos vistos, de una fuerza inquietante, como es el caso de Wilhelm Lehmbruck, alguien cuya obra se despoja poco a poco de toda sensualidad o corporeidad, hasta volverse pleno gesto y expresión, desesperación hecha piedra, la misma que le llevaría a pegarse un tiro en 1919.



como es el caso de esta impresionante escultura llamada joven sentado, impresionante y verdadera expresión de lo que significa una depresión, puesto que a este joven sentado, hundido y perdido en sus pensamientos, es imposible verle el rostro y por tanto llegar a él...

...todo lo contrario de la fortaleza y la seguridad del pensador de Rodín.