miércoles, 14 de enero de 2009

Unlove Letters


Había hablado ya con anterioridad de mi concepto de "magníficas exposiciones que pasan completamente desapercibidas" y casi me convierto en una perfecta demostración de esta teoría, puesto que he estado a punto de perderme la magnífica muestra Amadis de Gaula, 1508, abierta en la Biblioteca Nacional hasta el próximo domingo. Una exposición que puede parecer destinada sólo a especialistas, especialmente por estar montada al modo duro, sin los infantilismos y vulgarizaciones tan habituales hoy en día, pero que resulta extrañamente actual, al conectar con bastantes de los fenómenos de nuestra cultura de entresiglos. Un resultado inesperado que va contra nuestra idea acendrada e inamovible del abismo entre generaciones y de la inutilidad del pasado para interpretar la vida presente, con el desprecio hacia lo "viejo", aunque sea de dos años atrás, que de ello se desprende.

La cuestión es que tal y como se enseñaba la historia de la literatura española hasta hace nada, el caso Amadis y la novela de caballerias, a pesar de su importancia historia que le hace ser La Literatura por antonomasía del XVI, se trataba como una nota a pie de página, un fenómeno que sólo era de interés por constituir el motivo que dio lugar a la composición de El Quijote, pero que fuera de ahí no era necesario ni conocer, ni por supuesto leer, ya que no se amoldaba a los ideales de lo que podríamos llamar Gran Literatura.

Un desprecio, o un desinterés, que como todos los desapegos artísticos estaba fuertemente ligado a los presupuestos estéticos en boga en aquel momento cultural. Es decir, Amadís no era gran Literatura por que era literatura popular, una serie de obras que partían de una misma fórmula, se atenían a un conjunto de reglas codificadas y sólo pretendían entretener a su lectores, sin atisbo de la originalidad, la ruptura, el compromiso y la profundidad que debían ser la seña de la literatura importante. Lo que es más, el mundo de Amadis es un mundo esencialmente fantástico, de caballeros siempre victoriosos, de damas enamoradas y esforzadas, de combates desaforados, de monstruos, hechizos, espantos y maravillas, de todo lo que está fuera y más allá de la esperiencia cotidiana y que, obviamente, entra en conflicto con el realismo, la racionalidad, la sequedad y el ascetismo que, sin lugar a dudas, eran las virtudes que debían ornar al verdadero literato y sus obras.

Literatura de evasión y de consumo, por tanto. Superficial y efectista. De usar y tirar.

Sin embargo, vivimos en un ambiente cultural en que el cómic, el anime, el serial televisivo y en general la cultura pop, ha emergido del ostracismo al que se le había confinado y, en cierta manera, no es que haya sido reivindicada frente a la High Culture, es que se ha convertido en esa misma High Culture a la que se oponía.

Unas formas, la del cómic, el anime y el serial, que a un espectador moderno le resultan extrañamente similares a las del Amadis y la novela de caballerías, ya que en ellas se nos volvemos a encontrar, separados por medio milenio, con los héroes enfrentados a pruebas imposibles, lo maravilloso e inusual convertido en normal y cotidiano, las vueltas y revueltas de guión, hasta volverse interminables ( para poder aprovechar el filón obviamente, pero también por que el público así lo exige, encariñado con los personajes), las estrictas normas estéticas y narrativas que no se pueden romper y que el lector demanda, los estereotipos y arquetipos que gobiernan la conducta y la personalidad de los personajes, etc...

Fenómenos, formas y expresiones a las que, en esta cultura de entresiglos nuestra, les hemos tomado un afecto cariñoso y cuya presencia, junto con nuestra costumbre de visitarlas, nos hace ver a Amadís y lo que siguio de ella de una forma nueva, como la corriente poderosa que inundara el panorama literario del siglo XVI y se convirtiera casi en su paradigma, leído por todos y conocido por todos sus contemporaneso, utilizado para explicar y expresar el mundo, signo y fuente de esa época, hasta el punto de inspirar la creación de El Quijote, al igual que el cómic de superhéroes inspirara Watchmen.

Una época en la que, como digo, se replican las mismas reacciones de los lectores que podemos ver hoy en día, la aparición de fan fictions de Amadis, en la forma de las múltiples versiones de los admiradores y las continuaciones a la historia, la deriva imparable hacia el erotismo y lo fantástico de las narraciones, que provocó que los intentos de normalización moral, religiosa y artística del material, fracasen ante el desinterés de los lectores, y sobre todo, como ese género se va amoldando a los deseos de los aficionados, dándose el caso de que, dado que gran parte de ellos son mujeres, en la ficción su papel se va agrandando, llegando a substituir al de los propios caballeros, y no sólo porque se preste más atención a unas supuestas temáticas femeninas, sino porque ellas también se transforman en caballeras andantes... extraño caso de feminismo avant la lettre y, nuevamente, réplica casi exacta de los fenómenos actuales.

O quizás, lo más importante, como esa supuesta literatura de ficción y evasión, centrada en el final feliz y la victoria de los héroes contra viento y marea, se tiñe repentinamente de aquellas características de la supuesta literatura seria, es decir, el desengaño, el fracaso y la amargura, provocadas por las acciones de los propios protagonistas... como ocurre con la conclusión de Amadis, cuando su amada Oriana, ante la traición de éste, le envía una carta de desamor (la Unlove Letter con la que titulaba esta entrada) rompiendo con él, y provocando de rebote que pierda la condición de caballero, insostenible sin el apoyo y la existencia de la dama, obligándole a retirarse al Monte Negro, cambiado su nombre por el de Beltenebros.

A esperar a la muerte, que se dice.