viernes, 23 de enero de 2009

Flesh and Soul/The Uncanny Valley


Uno de los inviariantes del anime es la aparición del robot antropomorfo, casi siempre manufacturado en la forma femenina, e indistinguible de los humanos normales, que tienden a tratarlo como un igual o incluso a no reparar en su diferencia, hasta que éste se descubre o decide descubrirse. En este sentido, la serie Eve no Jikan (Mi tiempo en Eve, sería una buena traducción), no se diferencia de otras producciones, sino es por la hipersensibilidad de la sociedad allí representada ante esos otros seres humanos construidos con metal y silicio, obligandoles a portar marcas distintivas que les identiquen como máquinas y actuar de forma mecánica y estereotipada, para evitar de cualquier manera que puedan ser confundidos con los seres humanos reales.

La cuestión que anima esta serie es que nos encontramos ante una sociedad que ha franqueado lo conocido como Uncanny Valley, o lo que es lo mismo, si vemos una estatua, una pintura o una fotografía de una persona, no experimentamos repulsión, sino que podemos proyectar sobre ella nuestros afectos y sentimientos, separándonos únicamente de nuestra actitud hacia una persona real, la consciencia de que es un objeto y por tanto la imposibilidad de respuesta hacia nuestras peticiones. Podríamos pensar, por tanto, que a medida que se aumentase el realismo en la reproducción de un ser humano, acabaríamos sintiéndolo más como persona real y menos como objeto, pero curiosamente el efecto es el contrario. Cualquier que haya visto un maniquí o una figura de cera, sabe de la inquietud y la incomodidad que provocan su presencia, efecto debido a que nos recuerdan es cierto, a una persona real, pero a una persona en la forma de cadáver, despertando en nosotros toda la aversión y el terror asociados a la idea de la muerte.

Un resultado inesperado y paradójico, por tanto, el que el aumento del parecido no provoque una reaccion afectiva positiva, sino la contraria la repulsión y el miedo.

Una repulsión y un miedo que esa sociedad representada en Jikan no Eve, que ha conseguido animar los maniquíes y hacer respirar a las estatuas de cera, se esfuerza en restaurar, haciendo volver a esos seres humanos ultraperfectos que ha creado al estado de máquina, de electrodoméstico, de objeto con el cual no se crean lazos y del que se puede abusar o finalmente tirar a la basura sin ningún remordimiento.

Un esfuerzo que en ese mundo está claramente encaminado al fracaso, como muestran los constantes anuncios publicitarios que avisán que el amor a una máquina no es amor verdadero, lo cual contradice a nuestros instintos que nos dicen que si algo actúa como un humano, es verdaremente humano, independientemente de su origen o naturaleza.

Como muestra finalmente en la serie la proliferación de lugares como el café Eve, lugar donde ocurre la historia, donde robots y humanos confraternizan, sin saber de antemano, ni querer averiguarlo, quien es máquina, quién es natural.