martes, 5 de agosto de 2008

Stone like Flesh


Había dicho, comentando la exposición el Retrato del Renacimiento que se puede visitar en el Museo del Prado, que esa era la mejor exposición del verano y del año, con permiso de otra no menos importante y única. Se trata, por supuesto, de la exposición Tesoros Sumergidos de Egipto, abierta en el antiguo Matadero de Madrid (y hay que agradecer que los responsables del recinto hayan conservado los graffitis con que se decoró tras su abandono, lo cual le da un aire muy arqueológico, perfecto para la exposición).

Esta exposición, para alguien aficionado desde tiempo atrás a la arqueología y que incluso se planteó que ésa fuera su profesión, es una sorpresa tras otra, a pesar de estar centrada en dos de mis temas favoritos, Egipto y Grecia. Uno llega con ideas preconcebidas, las escupidas en los telediarios, esperando encontrarse con la Alejandría Ptolemáica, pero el caso es que, aparte de la reconstrucción veraz de su planta, tan distinta de lo que los testimonios escritos nos habían hecho suponer, apenas se nos muestran objetos de la misma. Una ausencia, o carencia, que ha muchos habrá defraudado, al no encontrarse con los personajes de leyenda, como Cleopatra, pero que era de esperar, ya que Alejandría era una ciudad siempre en revuelta, y la victoria del Cristianismo y luego del Islám, se selló con la destrucción y eliminación de los restos paganos, recuerdo de los supuestos falsos dioses. Una destrucción querida por los hombres que luego sería sellada por la naturaleza, al derruir los terremotos e inundar luego el mar lo poco que quedara.

La gran sorpresa de la exposición es lo rescatado de Tonis/Heraclión, una ciudad que al estar más cercana al mar y ser una red de islas y canales, se hundió antes que las otras en el mar, salvando así gran partes de sus tesoros de la destrucción, sin contar con que su papel en el estado egipcio del primer milenio a.C fue tomado por la nueva capital de Alejandría, con lo que poco a poco fue perdiendo importancia hasta ser abandonada. Un olvido que le puso también relativamente a salvo de las convulsiones y las destrucciones, el vandalismo, que marcaron la victoria del cristianismo.

El hecho es que, algo completamente inhabitual en Egipto, donde apenas conocemos nada de las aglomeraciones urbanas y nuestro conocimiento proviene casi exclusivamente del as tumbas, las excavaciones submarinas de Tonis/Heraclion han sacado a la luz la vida cotidiana de un recinto templario de importancia. Una vida cotidiana que se plasma en multitud de objetos, desde las estatuas traídas por los reyes para demostrar su importancia y servir de propaganda, hasta las ofrendas y exvotos de los creyentes más humildes, pasando por los objetos del culto, todo aquello que se necesitaba para mantener la unidad económica fundamental que representaba el templo en el estado egipcio. Una oportunidad única de contemplar, como digo, un pequeño fragmento de la inmensa historia de ese país, en todos sus ámbitos, algo que hasta hora, el enfoque casi exclusivo en las tumbas, nos vedaba.

No son menos importantes los descubrimientos en la ciudad vecina, aunque en esta la destrucción fuera tan intensa y tan rabiosa como en la propia Alejandría, como bien narraron en llenos de orgullo, rebosantes de triunfo, pero no por ello, menos execrables y repugnantes, los cristianos vencedores. Sin embargo ese triunfo en cierta manera, resulto también el de los arqueólogos, puesto que las estatuas destruidas se arrojaron en un inmenso vertedero, del cual fueron rescatadas por los investigadores.

De ellas, la más bella es la Arsinoe/Isis que ilustra esta entrada. Un ejemplo sincretismo que no sólo se muestra en su tema, la reina macedonia Arsinoe representada como la diosa Isis, sino en su técnica que une el hieratismo y frontalidad egipcias con la sensualidad y la gracia de los griegos.

Y es que lo que hace única a esta estatua es algo que no se puede apreciar en la foto. Se trata, ni más ni menos, de la capacidad que tenían los escultores de la antigua Grecia para convertir la piedra en carne, de forma que uno tiene la impresión de que si se agarrase la estatua, los dedos se hundirían, que la piedra cedería levemente como si fuera la propia carne viva y cálida de una persona.

Un resultado que acabo de concebir como se consiguió, sino es mediante el tolerar un cierta imperfección, el tallar de manera que uno perciba con los ojos, el peso de la carne colgada de los huesos de manera que creamos que nuestra mano podría contrarrestar ese mismo peso, y darnos la ilusión, como digo, de presentir el calor y la suavidad de un cuerpo vivo en la piedra fría y áspera.

Una ilusión aumentada también por la precisión anatómica de los detalles, como el modo en que los pezones de la estatua han sido tallados, dejando ver la pequeña incisión que hay en su centro, como ocurre en un cuerpo real.

Detalles que por supuesto, estaban codificados de antemano, y se repetían, se exigía su repetición una y otra mano, pero que en manos de un artista de genio, como el que labrara esta estatua, obraban el milagro.

Ese milagro indefinible pero perfectamente reconocible para cualquiera, que es el arte.