miércoles, 6 de agosto de 2008

Be a child again

Cuentan que el pintor Joan Miró tenía un carácter tan afable y dulce, que sus compañeros del movimiento surrealista no podían evitar gastarle una pequeña broma algo pesada. Broma que consistía en mirarle fijamente, volverse luego a otro de los presentes y decirle, "Le está saliendo halo ¿no?" a lo cual el otro respondía que sí que era cierto.

Broma que apócrifa o no, nos dice más de lo que suponemos de la obra de este pintor, ya que si comparamos sus creaciones con las de los otros dos grandes pintores ibéricos (con permiso de Juan Gris por supuesto), comprobaremos lo distante que está su ethos de la continúa transformación y reinvención Picassania o de la pirotecnia circense de Dalí, más cercanas al escándalo espectacular constante que suponemos actualmente consustancial al artista valioso, mientras que las creaciones de Miró casi siempre son tranquilas y reposadas, incluso en las ocasiones que se dedica a destruir el arte.

He dicho tranquilas y reposadas, pero podría también haber dicho humorísticas y lúdicas, como este Paisaje (La Liebre) que se puede admirar en la Thyssen Madrileña, dentro de la exposición dedicada a estudiar el tema de la tierra en la obra del pintor catalán. Una creación que no falla en provocarme una sonrisa siempre que la veo, pues no puedo evitar pensar en el viaje psicodélico, antes que esa palabra existiera, que sufre la liebre al encontrarse repentinamente una espiral punteada (¿otro animal? ¿un campesino catalán con pipa de los que tanto gustaba dibujar Miró?) en medio de su habitat natural y sufrir ella misma los comienzos de una distorsión estética.

Una obra/chiste que resume ciertas esencias del surrealismo, la de ofrecer enigmas inexplicables al espectador, o mejor dicho, enigmas cuyas pistas no llevan a ninguna parte o se contradicen entre sí, condenando todo intento de hermenéutica al mayor de los naufragios. Unas creaciones que a pesar de ese juego cerebral, aparentemente frío y hermético, no dejan de sacudir y conmover al espectador.

Como es el caso del cuadro, de finales de la vida de Miró, del cual quería hablar realmente, pero del que me ha sido imposible encontrar una reproducción. Se trata de Acento rojo en la calma. un lienzo coloreado de verde, el cual se ha cubierto en su mayor parte por una tela gris, cosida al soporte con cuerdas que la recorren en toda extensión, como si se quisiera evitar que viéramos lo que realmente hay pintado, o mejor dicho, impedir que lo que hay allí escape y llegue hasta nosotros.

Un propósito conseguido por completo, excepto porque en un punto la pintura roja que había detrás ha corroído la tela que lo envuelve, abierto un agujero y teñido la tela.

Como si hubiera fuerzas, esos impulsos primordiales y telúricos, que es imposible encerrar, reprimir, civilizar, y que terminan por romper todos los diques y barreras, las cadenas y cuerdas con que se pretenden encerrarles y cortarles el paso.

Unos impulsos primarios, que, intuidos en ese rojo purísimo, tan típico de Miro, que sólo el encontrarlo serviría como firma, no son destructivos, ni sucios, ni vergonzosos, sino gozosos y vitales, necesarios e imprescisdibles para disfrutar de esta vida por entero.