domingo, 17 de agosto de 2008

The Allure of Abyss

An entire generation has grown up regarding the absurdities of a superpower stalemate - a divided Berlin in the middle of a divided Germany in the midst of a divided Europe, for example - as the natural order of things.Strategists of deterrance had convinced themselves that the best way to defend their countries was to have no defences at all,but rather ten of thousands of missiles poised for launch at a moment's notice. Theorist of international relations insisted that bipolar system were more stable than multiple systems, and that Soviet-American bipolarity would therefore last as far into the future as anyone could see.

John Lewis Gaddis. The Cold War.

Resulta extraño leer libros de historia sobre el tiempo que uno vivió. En concreto leer sobre la Guerra Fría me resulta especialmente incómodo, puesto que, en cierta manera, me parece seguir viviendo en aquel tiempo, a pesar de que ya haya sido trasladado al pasado, a una de esas regiones región que nos parece desconectada y aislada del presente que vivimos... no menos porque se escriben muchos más libros sobre la última gran guerra general, la segunda guerra mundial, que sobre ese largo periodo de ausencia del Conflicto, que no de conflictos, en el cual la humanidad estuvo a punto de suicidarse con su propia mano.

Puede soñar exagerado lo que digo, pero ése es el sentimiento que recuerdo de aquella época, finales de los años 70 y principios de los 80, la sensación de que en cualquier momento alguien en alguno de los bandos, apretaría el botón y en cuestión de minutos las principales ciudades del mundo quedarían convertidas en ceniza, sin que nadie pudiera hacer nada por impedirla. Una sensación, la de impotencia y la de inexorabilidad, que se mezclaban en un fatalismo pesimista muy reflejado en el párrafo de John Gaddis que he citado, la certeza de que el estado del mundo era un completo absurdo y de que no podía ser de otra manera, sino que continuaría así, dividido en esferas de influencia inamovibles, que se sostenían sobre un inmenso arsenal capaz de destruir el mundo varias veces y que sería utilizado en el caso de que alguien quisiese desplazar el status quo, hasta más allá del punto de no retorno.

Un mundo basado en la mentira, en el habituarse al horror, donde se podía discutir tranquilamente de cuantos centenares de millones de seres humanos (los afortunados) morirían en la primera salva de misiles y ese ser el tema central de los suplementos dominicales de los periódicos. Un mundo donde se aceptaba que cada superpotencia tenía una esfera de dominación y podía actuar a su capricho en ella, sin que esas acciones supusieran otra cosa que unas leves protestas diplomáticas, ya que cualquier otro movimiento podría ocasionar el inicio del fin. Un mundo en fin donde se aplicaba a rajatabla el principio de el enemigo de mi enemigo es mi amigo y los defensores de la libertad o de la igualdad, no tenía ningún problema en apoyar regímenes diametralmente opuestos a los principios que llamaban sagrados y decían defender, siempre y cuando sirviese para adelantar posiciones en la larga partida de ajedrez que sostenían.

Un mundo, que se basaba en la tenúe confianza en que el enemigo nunca estaría lo bastante loco o acorralado, para preferir el aniquilamiento a un posible revés, real o figurado. Un mundo que estuvo multitud de veces al borde de ese apocalipsis que nos parecía inevitable y que, por una razón o por otra, por el simple azar y la casualidad, escapó a ese destino profetizado.

Un mundo que cambió, se metamorfoseó en el que habitamos actualmente y que nadie en su saño juicio hubiera predicho hace veinte años, para que luego se fien de las predicciones de los expertos.

¿Y por qué cambió? Mi hipótesis personal es que la URSS se derrumbó sobre sí misma, incapaz de soportar la doble misión en la que estaba inmersa, ser una superpotencia de escala planetaria y conseguir el bienestar de la población que su propaganda prometía. Una implosión acelerada por las reformas de Gorbachov, que intentó alcanzar el segundo objetivo y acabó perdiendo el control del país que gobernaba, cayendo víctima de aquello que decía Tocqueville, que el momento más peligroso para todo gobierno autocrático es cuando emprende la vía de las reformas, algo que los excomunistas chinos evitaron, realizando una reforma económica pero negando la política, y sin miedo a utilizar la fuerza bruta, algo que Gorbachov no estaba dispuesto a hacer.

Para Gaddis, sin embargo, la fuerza que cambió el mundo fue la revolución conservadora de los 80, encarnada en Reagan, Thatcher y el Papa Juan Pablo II, que, según él se atrevieron a romper el deadlock de la guerra fría. Sin entrar a discutir la posible razón que pueda tener, hay que señalar dos cosas, que la dureza Reagan/Thatcher de los primeros años 80 estuvo a punto de producir ese apocalipsis que Gaddis dice que desactivó, simplemente porque coincidió con la dureza y la testarudez de Breznev/Andropov, tampoco dispuestos a ceder en sus posiciones (y hay testimonios del nerviosismo de ambos en ese tiempo y de como interpretaban cualquier signo de la peor manera). Fue sólo cuando Gorbachov inició sus reformas, y Reagan decidió, en un ejemplo de pragmatismo político que constituye su única virtud y que ya quisiéramos que Bush Jr. poseyese, que ese ruso podía ser distinto de los demás, que la situación se desbloqueó... y las mismas reformas políticas que Gorbachov impulsará para salvar el sistema soviético se convirtieran en el motor de su caída.

Pero hay algo más. Mucho peor desgraciadamente. Para gran parte de la derecha, como Gaddis muestra involutariamente, esa aparente victoria en la guerra fría sirvió para dar un marchamo de éxito a sus políticas económicas y sociales, tendientes a reducir el papel del estado en la economía y desmontar el tejido de salvaguardas laborales y sociales que se habían construido en Europa con el nombre de welfare state. Una labor de acoso y derribo, en la que la izquierda no ha hecho otra cosa que recular, cediendo parcela tras parcela, defendiendo lo que años atrás le habría parecido inaceptable o incluso, como en el caso de Blair y su New Labour, completando lo que Thatcher había dejado a medias.