domingo, 31 de agosto de 2008

Show me your face (y V)


Para terminar esta serie de entradas dedicadas a la exposición El Retrato del Renacimiento, he decidido hacerlo con un cuadro de Escipione Pulzone, no el que se muestra en la exposición, pero sí uno muy similar.

Vivimos en un mundo postmoderno (y es triste vivir en un mundo que se define por la oposición al movimiento que le antecedió, no por sus logros), un ámbito que en las artes se define por su pesimismo, su ironía y desconfianza con respecto a las definiciones de lo que es o no es artístico o simplemente digno, válido o necesario. Una actitud que lleva también a que el artista no busque desaparecer de su obra, sino que se muestre continuamente en ella, interpelando y dialogando continuamente con el espectador, rompiendo la ilusión que se supone debía crearse con el ejercicio de arte y dejando siempre a la vista el artificio, la arbitrariedad, convención y mentira que supone la creación de todo objeto artístico.

Por ello, encontrarse con pinturas como la de Pulzoni nos resulta extrañamente atractivo, demasiado cercano a nuestras apetencias y búsquedas de ahora mismo, puesto que hace más de cuatro siglos este pintor nos mostraba, no el retrato de una persona y por lo lo tanto la ilusión de estar frente al retratado, sino la pintura de un retrato, y por tanto nos obligaba a percibir, quisiéramos o no, la arbitrariedad de todo arte. Una pequeña subversión que iba en contra de los postulados estéticos del momento, dando la vuelta a la concepción de la pintura como ventana abierta al mundo, y si búsqueda de una representación racional y cuasimatemática de la realidad, algo que la fotografía conseguiría muchos siglos después.

Un juego de espejos y apariencias, culto y refinado, muy caro al Manierismo, que intentaba empujar los límites del arte del alto Renacimiento, el cual había llegado a una perfección esterilizador con Miguel Ángel, Rafael y Leonardo, tras la cual era necesario encontrar otros caminos. Una búsqueda sin mapas, planes o rutas trazados, en la cual el artista se encontraba sin guías, sólo y aislado, y que, cuando a principios del siglo XVII se estableciese un nuevo paradigma, les haría caer a todos en el descrédito, por haber tenido la desgracia de nacer entre dos cumbres... hasta que otro siglo, de dudas, laberintos y tanteos, como fue el siglo XX, les redescubriese y les reivindicase.

Pero aún es posible dar otra vuelta de tuerca. Un giro que hace que toda mi argumentación sea inválida, pero que a su vez es muy del Manierismo, puesto que esos artistas gustaban de dar a sus obras varios significados simultáneos, que se contradecían el uno al otro.

Y es que esta obra no es sino una ilustración del famoso duelo entre Zeuxis y Parrassio por la primacia de la pintura. Un concurso en el que Zeuxis pinto unas frutas tan perfectas que una bandada de pájaros se lanzó sobre ellas para devorarlas, suceso que hizo pensar a todos, incluido Zeuxis que él había ganado el certamen hasta que este intento levantar la tela que cubría la pintura de Parrassio, para encontrar que ésta también estaba pintada, y por lo tanto Parrassio era mejor pintor que él.

De esta manera, el juego por demostrarnos la convencionalidad y arbitrariedad del retrato, su irrealidad, el abismo infranqueable que separa la pintura de lo que vemos y observamos, se ha convertido en prueba de su capacidad para engañarnos y representar esa realidad que creíamos no era posible replicar.

Ya que también nosotros hemos intentado descorrer la cortina que cubre el retrato para verlo mejor.