jueves, 7 de agosto de 2008

Show me your face (y III)


He repetido ya varias veces que la exposición El Retrato Renacentista, abierta en el Museo del Prado madrileño puede ser la mejor exposición de todo el año, por ofrecer una visión completamente nueva del arte de los siglos XV y XVI y sobre todo por demostrar que, aparte de los grandes nombres que están en la memoria de todos, se pueden añadir algunas decenas más, sin los cuales nuestro conocimiento, nuestra apreciación y sobre todo nuestro disfrute no estarían completos.

Un caso es el de la Pintora Sofonisba Anguissola, de quien se muestra el cuadro con el que abro esta entrada. Una mujer que fue excepcional (es decir, una excepción) en más de un sentido, no ya por el hecho de ser una pintora en un mundo de hombres, pues en la segunda mitad del siglo XVI brillarían otras más, como Lavinia Fontana o la malograda hija de Tintoreto, sino porque ella no necesitaba pintar para vivir.

En efecto, Sofonisba Anguissola era de origen noble y en principio, la pintura, al ser un arte de manual, de trabajadores asalariados según se consideraba en la época, debía haber estado prohibido para ella o como poco haber sido considerado como impropio de la educación de un señorita. No obstante, su padre se empeño en que ella y sus hermanas recibieran la mejor educación posible, incluidas las artes, y que ella utilizó para brillar y ser independiente en un mundo que, no lo olvidemos era de hombres y sólo para los hombres.

He dicho "utilizó para brillar y ser independiente" y no exagero, puesto que el cuadro con el que he abierto la entrada no es más que un anuncio de su calidad de pintora, para ser enviado a posibles clientes y que puedan juzgar su maestría. Un cuadro donde ella se retrata con los atributos de su oficio, la paleta, el pincel y el tiento, y en pleno trabajo, en claro contraste con el resto de pintores de su tiempo que se retrataban no como pintores, sino como nobles, intelectuales y pensadores.

Y es que al igual que Sofonisba tenía que hacer olvidar que era mujer y demostrar que podía realizar las mismas tareas que cualquier otra persona, los pintores tenían que luchar por demostrar la nobleza de su arte, algo que para Anguissola venía dado al ser ella noble por nacimiento y no tener que inclinarse ante nadie, mientras que el resto tenían que ganarse ese respeto día tras día, demostrar que su arte era tanto manual como intelectual, y mostrarse ante el mundo con los atuendos y la apariencia de aquellos que utilizaban su mente y nos sus manos. De ahí los múltiples retratos de Durero como si fuera un caballero acomodado, orgulloso de su posición, o los de Tiziano, en la misma actitud.

Pero hay algo más en el cuadro que este orgullo de pintora y este afán por hacerse propaganda. Si se observa el cuadro que Sofonisba está pintando vemos que se trata de una sagrada familia bastante poco habitual. El niño Jesús debe estar alrededor de los diez años, lo bastante crecido para comportarse ante la gente, mientras que la actitud de la virgen, la forma en que delicadamente sujeta sus mejillas y lo besa, casi en los labios, es de una dulzura y un cariño inusitados, prácticamente sin igual en el arte del renacimiento. Una forma más en la que la pintora nos muestra su talento, revelándose como un pintor de su época, un Manierista más, al tomar el tema aconstumbrado, tantas veces representado y plasmarlo de una manera completamente nueva, en un difícil equilibrio entre lo que se puede hacer y lo que no está permitido.

Para terminar una reflexión final. Esta exposición, con su enfoque en las obras y los artistas, mostrando al mismo tiempo el estilo común que comparte, pero señalando claramente su individualidad, debería hacernos reflexionar sobre lo incompletas que son muchas interpretaciones generalistas de la historia, esas que intentan borrar a los seres humanos, los individuos, sus esperanzas, sus afanes, su errores y su ceguera, del transcurrir temporal, y reducirlo todo a leyes inexorables o medias estadísticas, que deciden el presente y el futuro.

Pues está claro que si hiciésemos caso a esas predicciones del pasado, alguien como Sofonisba Anguissola, producto de la cabezonería de su padre y de la suya propia, no debería haber existido, ni tampoco todas las pintoras de años posteriores que la eligieron como modelo.