martes, 19 de agosto de 2008

Show me your face (y IV)


Ya he comentado en otras entradas, la sorpresa que ha supuesto para mí la exposición el Retrato del Renacimiento que se puede visitar en el madrileño Museo del Prado. Una exposición que con se basta y sobra para mostrarnos la variedad de caminos y soluciones que tomaron y encontraron los pintores del Renacimiento, todo ello con una auténtica acumulación de obras maestras, tantas que me resulta difícil elegir cuales voy a incorporar a este blog, sin repetir casi autores.

Una de tantas obras maestras es la que abre esta entrada, el Retrato de Mujer (Santa Margarita) de la Galería Capitolina Romana, que pintara Giovanni Girolamo Savoldo a principios del siglo XVI, y de la que lamento no haber encontrado una copia que respecte mejor los colores originales, muchos más naturales u contrastados, sin esa extraña iluminación de atardecer que tiñe el rostro y el pecho de la retratada.

Para darse cuenta de lo importante y lo original de este cuadro, en el que una señora, probablemente noble y rica, se hace retratar como la santa con la que comparte el nombre, hay que contemplar antes una representación completamente sacra, como la no menos magnífica Santa Margarita de Tiziano que puede contemplarse en el mismo museo del Prado.


en la que la santa despierta con su paso al dragón dormido, para a continuación retroceder en el tiempo y examinar no menos famoso San Jorge de Paolo Uccello.


descubriendo un detalle misterioso que hermana al cuadro semiprofano de Savoldo con el sacro de Uccello, y es esa representación del dragón, enemigo, perverso y mortífero, como un animal doméstico que se deja poner collar y correa, para pasear junto a su dueña.

Una subversión del tema que si en Uccello sirve para hacernos dudar del papel de San Jorge (¿en realidad era tan peligroso el afamado dragón?), en Savoldo se convierte en un elemento más que nos muestra el carácter de esa desconocida representada, puesto que todo en su actitud, la pose casi en jarras, la mano enguantada que aferra la cadena, la otra mano en el libro que acaba de cerrar, con un dedo señalando donde se quedó, la mirada dura e inquisitiva, de alguien que nos valora y nos sopesa, la riqueza de todo el atuendo, que sirve a Savoldo para desplegar toda su maestría presumiendo de ella. Todos estos elementos acumulados en el cuadro, centrando y atrayendo la mirada del espectador, nos describen a una mujer segura de si misma, alguien que tiene poder, sabe como utilizarlo y no dudará en hacerlo.

Alguien que sabe hacer callar a los más osados con una sola palabra.

Una dureza, la del dragón convertido convertido en mascota, la de la alta dama ante cuya presencia todos tiemblan, temiendo sus órdenes, que queda templada y dulcificada por el trozo de paísaje de la esquina superior derecha, que equilibra compositiva y temáticamente el cuadro, ofreciendo un contrapunto a la rudeza y simplicidad del resto.

Un paisaje que nuevamente nos ofrece un enigma, pues parece apuntar a soluciones y hallazgos del futuro, como las luces de atardecer de un Claudio de Lorena, o más allá a las melancólicas vistas románticas, puesto que aquí, al igual que allí, nos topamos con olvidadas ruinas góticas cubiertas de vegetación.

Una imagen que nos mueve a una regiones sentimentales muy precisas, aunque nosotros, habitantes del siglo XXI, de vuelta ya de todo, completos post-()-ismista, y por eso mismo, miremos a esos a esos sentimientos sentimentales con desconfianza y sorna, pero que, con toda seguridad nada tienen que ver con lo que esas mismas imágenes evocarían en un espectador del XVI.

Porque si lo pensamos bien, para evocar esa misma conocida melancolía del pasado, las ruinas que deberían aparecer no deberían ser góticas, sino romanas, ya que ése y no otro, era el pasado ideal que se quería reconstruir y restaruar, y no el ciclo justo anterior apenas acaban de liberarse y queríar consignar cuanto antes al olvido.

Lo cual nuevamente nos lleva a la pregunta ¿Por qué esas ruinas? y sobre todo ¿Por qué están habitadas?