jueves, 13 de julio de 2006

La muerte de los dioses

...de repente, se escuchó una voz procedente de la isla de Paxos, alguien que llamaba a gritos "Tamus", de modo que se extrañaron. Tamus era un timonel egipcio y no conocido por su nombre para mucho de los pasajeros. Pues bien, a las dos primeras llamadas se calló, pero a la tercera respondió al que llamaba, y éste, elevando la voz, dijo, "cuando estés frente a Palodes anuncia que el gran Pan ha muerto". Al oír esto... todos se asustaron y mientras deliberaban consigo mismos si sería mejor cumplir lo ordenado o bien no tomarse la molestia y dejarlo, Tamus tomó la siguiente determinación: si había viento, pasar tranquilamente de largo navegando y, en el caso de que hubiera calma y bonanza en las aguas del lugar, repetir lo que había oído. Así pues, cuando llegaron a la altura de Palodes, puesto que no había viento ni oleaje, Tamus, dirigiendo la vista desde la popa hacia tierra, dijo, tal como había oído: "El gran Pan ha muerto". No había terminado de decirlo, cuando un gran sollozo mezclado con extrañeza no de uno sino de muchos se produjo...

Plutarco, La desaparición de los oráculos
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Este fragmento es uno de las historias más misteriosas que nos ha dejado la antigüedad.

La narración continúa de forma aún más sorprendente, puesto que el barco y su tripulación, acaban en Roma y allí, lo inusual de la historia les lleva hasta el mismo emperador Tiberio (recuerden Yo Claudio), el cual, en un gesto que parece de ahora mismo, ordena la constitución de una comisión que se ocupe de encontrar una explicación racional al asunto, explicación sobre la que abremos de volver.

No menos sorprendente es la personalidad de quien nos transmite esta noticia, puesto que Plutarco, escritor del siglo II, casi un siglo después de los acontecimientos, era sacerdote en Delfos, el santuario más importante del mundo griego, y por ende, romano, posición que le permitía acceder a una ingente cantidad de registros históricos, religiosos y filosóficos, con los cuales hilvanó Las Vidas Paralelas, una especie de Summa Historiae del mundo antiguo, desde la fundación de Roma y la creación de las olimpiadas, y que, a pesar de sus defectos, como su intento moralizante o su vaga cronología, en muchos caso es fuente única y generalmente fiable.

Por eso, una anécdota tan rica en detalles y nombres, en boca de Plutarco, no deja de producir en el lector la extraña sensación, de que aquello, a pesar de su irrealidad (y veremos porqué en tiempos de Plutarco, era especialmente irreal) sucedió tal y como se nos cuenta.

Sensación que muchos siglos más tarde, en el XVI, recogería Rabelais en su Gargantúa y Pantagruel, con una palpable emoción un poco fuera de lugar de la gamberrada máxima que es su obra, puesto que aquel hecho, había coincidido, año arriba, año abajo, con la crucifixión de Cristo, y para los cristianos, ya desde la edad media, ese Pan no era otro que Cristo, y esa historia, una de las pruebas con las que se anunciaba al mundo antiguo, la llegada del cristianismo y la muerte del politeísmo.

No sería la única extraña historia que tuvo lugar en aquella época... ni tampoco, la última que sería interpretada de forma completamente distintas de acuerdo con la ideología (siempre la ideología enturbiando nuestra visión) de aquellos que la escuchasen.

Algunos años más tarde, coincidiendo con la guerra civil que en los años 69/70, llevó a a la deposición de Nerón, a la sucesión en apenas un año de cuatro emperadores y a la subida de la dinastía Flavia, se propagó por el Imperio la profecía de que hombres venidos de Oriente gobernarían el Imperio.

Para los judíos, en rebelión contra el Imperio desde el año 66, aquello no era otra cosa que una prueba de su segura victoria y libertad. Para los cristianos, la certeza de que Cristo vencería a los emperadores y transformaría, como el padre así lo había querido, el imperio pagano en un imperio cristiano... y para Vespasiano, el fundador de la dinastía Flavia, y comandante en jefe en aquel tiempo de las tropas imperiales en Oriente, otro argumento y justificación propagandística para hacerse con el poder absoluto.

...y así podríamos ir hilvanando interpretaciones parciales, pero no esto lo que quería contar, aunque sirva de referencia. No, lo quería contar es muy otro...

La historia de Pan la narra Plutarco en un libro de extraño título, ni más menos que la desaparición de los Oraculos, un libro que, en puridad no debería haber sido escrito por un sacerdote pagano, ya que delata una cierta inquietud y zozobra, una duda creciente sobre el futuro de su religión, puesto que en aquellos tiempos, santuarios y oráculos visitados y utilizados desde tiempo inmemorial, habían desaparecido completamente de la faz de la tierra, y los que quedaban, ya no se ocupaban de los grandes hechos, ni de los grandes personajes, sino de asuntos completamente banales y cotidianos, indignos de los dioses.

En cierta manera, para Plutarco y sus contemporáneos, parecía como si la divinidad se estuviera retirando de este mundo, dando la espalda a los hombres... o hubiera muerto como el Pan cuya historia se nos cuenta.

...y nuevamente nos topamos con otra radical diferencia entre los paganos y los monoteístas que vinieron después. Porque para Plutarco, para los griegos, para los romanos, esto no era tan trágico como para incluso nosotros, aconstumbrados a contar con un sólo dios, y este omnipotente, omniscente, eterno, perfecto en sí, independiente de este mundo, sin necesidad de nosotros, sin que nosotros, en el fondo le necesitásemos...

...los dioses de Plutarco habían nacido, habían, como todos nosotros, aparecido de la nada, y, como todos nosotros, acabarían por volver a ella...

...la muerte también tenía poder sobre ellos, y sólo la longitud de sus vidas le hacía diferentes...