lunes, 31 de julio de 2006

En el exilio... (y 1)

...Esto sería contrario al proceder de los hombres, que son impacientes y no pueden diferir mucho sus pasiones. Además, se engañan en sus propios asuntos, y sobre todo en las cosas que desean mucho, de modo que por poca paciencia o por engaño, emprenden las cosas a destiempo y acaban mal...

Maquiavelo, Discurso sobre la primera década de Tito Livio

De siempre ha habido una fuerte tendencia a tomar al pie de la letra lo que Maquiavelo cuenta en El Principe, como si en realidad este tratado fuera una invitación al cinismo en política y al gobierno de uno sólo, llamémoslo príncipe, soberano o dictador, por los medios de la dictadura y de la arbitrariedad, de la razón de estado y la necesidad política, que justificarían, por sí solas, cualquier acto, por cruel y despiadado que fuera.

Extraño, asímismo encontrar esa pasión Maquiavelista, o mejor dicho por el Maquiavelo que mejor se ajusta a sus tesis, en personas que presumen de liberalismo y de vocación democrática... lo cual no deja de ser una prueba cierta de por donde van realmente sus simpatías políticas.

Entre tantos y tantos Maquiavelistas avant la lettre, se olvida aquello que señaló, muy acertadamente, Rousseau en el Contrato social, que habiendo mostrado la verdadera naturaleza de los príncipes había hecho un gran servicio a los pueblos.

Porque todos los Maquiavelistas olvidan es que Maquiavelo no era el secretario de uno de tantos príncipes renacentistas, ocupado de elevar un panegírico a su memoria y justificar cada uno de sus actos, sino que el vivió y desarrolló su vida política en una república, en el trasiego y conflicto de los votos y los partidos, y que su modelo era la antigua y noble república romana, no el principado que la sucedió o los reinos macedonios que la antecedieron.

Así, en las páginas de El príncipe, el lector atentó puede encontrar elogio tras elogio a la forma republicana, a su fortaleza y a su perfección, hasta el extremo que, con cruel ironía, recomienda al príncipe que se apodere de una república, la destrucción de todas y cada una de sus instituciones, porque si así no obrará, el recuerdo de la libertad llevaría a los ciudadanos a luchar por ella... y a obtenerla indefectiblemente.

Así también, los falsos Maquiavelistas, olvidan que tras El Príncipe, Maquiavelo escribo el Discurso sobre la primera década de Tito Livio, donde describe, analizando el ejemplo de la república romana, como debería estructurarse esa forma de gobierno, como se deben establecer las leyes, las leyes justas, y conseguir que se cumplan, como, en fin, puede conseguirse que todos los ciudadanos sin excepción, participen en esa forma de gobierno, la más perfecta y noble, en opinión de Maquiavelo, la más resistente y perdurable, también.

Un elogio de la forma democrática que fue escrito en el destierro. En una de tantas revoluciones que tuvieron lugar en Florencia, el partido de Maquiavelo resultó perdedor y él, quien había participado en el gobierno de la república, fue condenado a trabajos forzados que le ocupasen todo el día, que le agotasen y extenuasen, hasta robarle por entero las energías intelectuales, no ya por la larga jornada de trabajo, sino por el contacto con personas que no habían tenido su educación, con las que no podía hablar, con las que no podía compartir sus ideas...

...pero como él mismo contó, apretó los dientes, aceptó el castigo que le imponían, y acabado el día, en la soledad de su alcoba, volvía a vestir los ropajes que le eran propios, aquellos del gobernante, y se sumergía en el estudio de la historia, la de aquellos romanos que asombraron al mundo, la de los italianos cuyas ideas habrían de conquistar el mundo...

...y allí volvía a encontrar a sus iguales, volvía a ser él mismo...

..aquél que nada ni nadie podría jamás destruir...