martes, 18 de julio de 2006

A través de Siria (y 1)

Planee esta entrada hace ya casi un año, justo antes de una de las largas pausas en la actualización de este blog... y que se han convertido casi en una de sus señas de identidad.

No ha sido ajeno a la recuperación de esta entrada la situación en la frontera entre Israel y El Libano, y su posible extensión al resto de la zona, pero no por las razones que podría pensarse.

Siria es ahora mismo uno de los pocos refugios que quedan en la arqueología del Oriente Próximo, mejor dicho del creciente fertil, el único lugar donde las excavaciones y las investigaciones pueden continuar con normalidad, el único sitio donde los yacimientos arqueológicos se cuidan y protegen, y cuyos museos albergan una riqueza sin igual

Una extensión de las hostilidades, la caída del gobierno sirio, una posible ocupación extranjera, el ascenso de los islamistas... la repetición en suma de lo que ocurrió en Irak en el 2003, el saqueo indiscrimidado de su patrimonio artístico, la destrucción de sus yacimientos arqueológicos, el abandono de la investigación, la pérdida de respuestas a preguntas que aún no tenemos.

Una catástrofe incalculable para la humanidad, porque nos cerraría el camino del conocimiento, el camino a comprendernos a nosotros mismos a través de la historia, nuestra historia, su evolución, sus errores, sus titubeos, sus logros y sus infamias.

Una catástofre, que como en el caso de Irak, no sería recogida por nadie, ni conocida más que por unos pocos, puesto que no sirve a los propósitos de los fanáticos de uno y otro lado... ni a los ingenuos que creen que el mundo se resolverá sólo porque ellos lo creen así.

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De esta forma, por estas razones, he venido a pensar en Palmira, la Palmira que visité hace ya, miedo me da pensarlo, ocho añós.

El contraste entre los monumentos de Siria y los de Egipto es notable. En Egipto, uno se siente prisionero de un inmenso parque temático, creado para sacarle el dinero al turista, centrado en dos o tres sitios, donde apenas se puede andar de las multitudes que lo visitan y donde el resto del país está cerrado al extranjero, por propia voluntad de los naturales ("Está en restauración", "No hay nada allí que merezca la pena", "No va a encontrar quien le lleve", mentira tras mentira, que se contradicen la una a la otra).

Palmira, Siria, es completamente distinta. Apenas había una decena de visitantes en aquel mes de Julio. Una decena de personas perdidas entre las ruinas de lo que había sido una de las ciudades más importantes del Imperio, como si las calles de cualquier metrópolis actual hubieron sido vaciadas de sus habitantes y reservadas para tí solo.

Sólo bastaba para que te sintieras fuera del mundo. Arrastrado a uno nuevo, único, creado enteramente para tí, el mundo que deseabas y ansiabas.

No era lo único. Por la mañana y por la tarde, de las montañas que se alzan al oeste de Palmira, hacia el inmenso desierto que se extiende al este, sopla una brisa violenta. Un viento que arremolina las ropas, ensordece los oídos, arrastra arena que raspa tu piel y lija las rocas.

Un viento que te separa aún más de los demás, que te hace olvidar que unas decenas de metros más allá está el resto de tu grupo, que unas centenas de metros hay casas donde vive gente, lugares donde se repite, día tras día, la vida normal y tranquila de los seres humanos.

Un viento que te roba todas las ideas, todos los errores, todos los sueños, todas las ilusiones.

Algo que, para las personas sensibles, sólo se puede expresar por estar dominado, al mismo tiempo, por una excitación incontenible y al mismo tiempo por las más absoluta apatía, como si hubieras encontado, al fin, ese lugar, por el que sueñas y ansía, y en ese momento de revelación, mejor dicho, tras ese momento de revelación ya no quedase más por hacer.

Así me ocurrió allí. Yo era, soy, de aquellos que consumían carrete tras carrete, intentado fijar lo efimero, detener lo transitorio. De los que se movían de un lugar a otro, sin descanso, intentado ver todo, aprender todo, memorizar todo, recordar todo.

Excepto allí. Algo, ese viento ese lugar, me robaron las fuerzas, no pude hacer otra cosa que sentarme bajo las inmensas columnas que recordaban el trazado de las calles, y olvidarme de sacar más fotos, puesto que ninguna imagen, ninguna palabra, podría reproducir lo que sentía en aquel momento, la alegría, la satisfacción, la completitud. Sólo podía dejarme llevar. Contemplar como la luz caía, como el sol desaparecía tras las montañas y las sombras ocupaban la ciudad entera, y como ésta, las ruinas, las arenas del desierto, las palmeras del oasis, se tenían de oro, de burdeos, de magenta, de morado, de negro.

Sin decir una sola palabra. Sin moverme un milímetro, sin apartar la mirada... sabiendo que tú estabas a mi lado, sintiendo lo que yo sentía, y al mismo, separada por eternidades de tiempo y espacio.

Para que luego al día siguiente se repitiera lo mismo.

El vagar sin rumbo entre las ruinas, prisionero del viento, bajo el azul del cielo, ese azul que nadie en Europa ha visto y que sólo pertenece a Siria, entre el oro nuevo de la arena y el oro viejo del mármol de las ruinas, sin pensamiento alguno en la cabeza, sin intentar conservar nada, sin sacar una sola foto.

Hasta que se detuviera el viento y el calor te aplastará contra el suelo.

Hasta que el paraíso se desvaneciera.

Hasta que la muerte reclamara lo que era suyo desde milenios.