miércoles, 19 de julio de 2006

A traves de Siria (y 2)

Según se llega a Tartous, la Tortosa de los cruzados, en la cual se alza, para sorpresa del turista, una catedral gótica, la mayoría de los turistas suelen girar hacia el norte, para visitar el castillo cruzado de Makrab, seguir con la antiquísima ciudad de Ugarit, uno de los nombres mágicos de la arqueología, y continuar luego, cruzando las montañas y los bosques, hasta la fortaleza cruzada de Saladino.

Pocos, sin embargo, tuercen hacia el sur, hacia la frontera de El Líbano, que se encuentra a unos pocos kilómetros de distancia, siguiendo una carretara apenas utilizada, porque El Líbano que allí linda con Siria, no es El Libano de Hezbolla y los amigos de Siria, sino El Libano cristiano, enemigo de ésta y, en cierta manera, aliado de Israel.

Tras un corto recorrido, con el mar a la derecha, entre cañaverales que cierran la visión, en una zona vacía sin gente, excpeto algunas pequeñas casa de labor, se llega a uno de esos sitios mágicos, completamente desconocidos, que tanto abundan en Siria.

Allí, sobre una colina, invisibles desde la carretera, hay dos torres cónicas, erosionadas por el tiempo, pero sobre las cuales, esforzando la vista, se pueden apreciar contornos de formas, relieves que representaban dioses olvidados, pero que fueron venerados durante milenios, por fenicios, por griegos, por romanos, hasta que el cristianismo y el islám borrasen su recuerdo y lo declarasen maldito.

Y Juto bajo ellas un agujero en el suelo, un tunel que lleva a una cámara circular en cuyas paredes se escavaron nichos en la roca, a través de los cuales, si se alumbra con una linterna, pueden verse corredores y pasillos, ornados con más y más nichos, que se adentran en la obscuridad, hacia la nada, hacia el misterio... hacia nuestro pasado desconocido, ése que ignoramos y del que aún dependemos.

Nada hay ahí que pueda atraer la curiosidad el interés de la gente normal. No hay tesoros que supongan un reto para el Indiana Jones aficionado. Todo fue saqueado hace milenios y las riquezas allí guardadas, dilapidadas hace mucho. La mayoría de la gente, tras unos minutos, se aburre, como ocurrió con la mayor parte del grupo con el que iba. Tras unas exclamaciones de sorpresa, esa sorpresa falsa con la que se pretende un elogío pero que sólo demuestra ignorancia, retomaron el camino del autobús.

No habíamos terminado aún con la visita, apenas kilómetro más arriba, se encontraban las ruinas de un circo romano y de un templo dedicado a Melkart. El circo era como todos los circos, desnudo de todos su marmol y ornamento, reconocible únicamente por el hueco que había dejado. El templo, sin embargo erá único.

No sobresalía del terreno, En medio de una colina se había excavado profundamente, como si se hubiera querido construir un estanque o una piscina. En uno de los lados, se habían tallado unos escalones que permitían el descenso, hasta llegar a una especie de cornisa que circundaba el cuadrángulo del templo, y permitía rodearlo por completo. En su tiempo debía estar cubierto. Aquí y allá, se veían las losas que debieron formar el techo, y aquí allá, se alzaban aún los pilares que lo sostuvieran.

Sin embargo, no había forma de llegar al templo en sí. Aquella cornisa era sólo un mirador, un recorrido ritual que permitía ver el interior del templo, entre los espacios de las columnas, pero no alcanzarlo. Los constructores habían seguido excavando hasta que todo el interior del templo estaba muy por debajo de la galería y, en la ocasión en que lo visité, inundado por las lluvías, como si su propósito hubiera sido construir un estanque oculto, permitido solo para unos pocos.

Y en el medio una torre cuadrángular, rodeada por las aguas, inalcanzable para el visitiante, que superaba el nivel de la galería y el nivel original del terreno, para convertirse en el único elemento del templo visible desde el exterior.

Una torre que había sido construida con los mismos principios y aspecto que las torres que guarnecían las murallas y en la que, en uno de sus lados, se había tallado una hornacina, la morada del Dios Melkart, la imagen de aquel que los peregirnos venían a visitar.

Para que les concediese sus deseos, para que escuchase sus ruegos., para que les librase de la enfermedad, para que apartase la desgracia y el sufrimiento de sus vidas.

Y no se puede explicar, no se puede transmitir, lo que alguien sensible puede sentir al ver esto. Al encontrarse con un templo de esas características, del cual cualquier otro país se sentiría orgulloso, los restauraría, lo haría centro de visitas turísticas, lo destrozaría en una palabra.

Hay que estar allí para entenderlo... y tener la mente preparada o la disposición adecuada, o como queramos llamarlo.

Porque así como yo me sorprendía, los naturales del país, crecidos entre maravillas, hartos de verla, no les daban ninguna importancia.

Eran sólo unas cuantas piedras más.

...

La historia. El pasado que pese a todo no se puede olvidar.

Porque allí, en medio de las ruinas de esa ciudad fenicia, camuflados entre los cultivos, casi invisibles hasta que no se está junto a ellos, se han desplegado varias baterías de cañones, que apuntan hacia el mediterráneo, en espera del enemigo que ya una vez, en 1967, atacó ese mismo lugar.

Toda esa zona es una base militar. Un objetivo seguro en caso de guerra.

Un lugar donde las bombas, además de los soldados y sus pertrechos, aniquilarán los recuerdos de fenicios y romanos, nos amputarán los últimos vínculos que nos unen a ese pasado mágico del cual procemos.

Para dejarnos huérfanos. Aún más solos de lo que ya estamos.