jueves, 6 de abril de 2006

Las intermitencias de la memoria (y 1)

Hubo un tiempo en España, a finales de los setenta, principios de los ochenta, que estaban de moda las colecciones por fascículos. Colecciones que duraban meses, años enteros y que luego había que llevar a la imprenta para que las encuadernaran... tras haber comprado por supuesto las tapas.

Todo era cuestión de precios, claro está. Las obras que el españolito de a pie no podía comprar de una vez o ni siquiera tomo a tomo, eran perfectamente asequibles si se compraban 10, 20 páginas cada semana o cada mes.

En ese tiempo todo era fasciculable. Desde la cría de la paloma hasta el cultivo de los garbanzos, pero entre tanta oferta, se podían encontrar auténticas joyas, como la historia completa de la segunda guerra mundial o de nuestra guerra civil, o las expediciones de Jacques Cousteau, o la historia completa de la pintura.

Y entre tantas y tantas había una historia de los comics, en la que se incluían a modo de ejemplo, páginas de las historietas/autores que se pensaba, se creía habían supuesto, ese tópico tan usado, un antes y un después...

...entre ellas, séis páginas del segundo tomo, High Society, del Cerebus de Dave Sim...

...

Pero antes de hablar de Cerebus, hay que recordar lo que suponía vivir en los años ochenta, especialmente para una mente inquieta...

...un mundo en el que no había ordenadores ni internet, y por lo tanto no había posibilidad de descargarse las películas/series que no se estrenaban aquí, ni manera de comprar al extranjero aquello que no se publicaba aquí, no ya porque no existiera la Internet ni el correo electrónico, sino porque el común de los mortales no podía soñar con viajar al extranjero, como mucho con acercarse a la frontera con Francia y cruzarla para pasar a Bayona y a Biarritz, pero no con llegar a Paris, o a Londres, o al Berlín dividido...

...un tiempo casi de las cavernas, una época que parece no haber existido, una era sin móviles, sin juegos de ordenador, sin PDAs o PlayStations, sin DVDs ni televisión digital, sin VHS, con apenas una cadena u media de televisión que cerraba la emisión por la noche, sin .xvid o .mp3 o incluso CDs...

...un mundo donde sólo había libros, LPs y cassetes, y donde sobre todo, faltaba el dinero para comprarlos...

...una vida donde lo que se tenía, la novela que te había gustado, la música que te había enamorado, la leías, la escuchabas una y otra vez, hasta que las páginas perdían sus esquinas y se desprendían del lomo, se perdían y barajaban, hasta que el LP o el cassete se tornaban inaudibles borrados de tanto ponerlo en el tocadiscos o en el magnetófono, hasta que el soporte se tornaba innecesario, porque ya lo sabías de memoria, porque ya formaba parte de ti mismo y pensabas que jamás habrías de olvidarlo...

...al contrario que este tiempo en que todo son novedades, distintas y originales, pero ninguna queda, ninguna se recuerda, ninguna supone un cambio, ni en el mundo, ni en uno mismo...

... al contrario que en aquel tiempo, en que leía aquellas seis páginas, una y otra vez, fascinado por su belleza, porque no se parecían a nada que hubiera leído antes, ni a las historietas de Brugera, ni a los superhéroes de la Marvel, simplemente porque aquellas seis páginas respondían a lo que yo esperaba del arte, a lo que yo esperaba de la vida, a lo que yo confiaba en poder hacer y sentir algún día...

...y las leía una y otra vez, aunque no supiera quienes eran los personajes, aunque no supìera porque actuaban así, las razones que les habían llevado a ese punto, las consecuencias que habrían de derivarse de aquel instante, y no me importaba, puesto que yo al apartar la vista, reconstruía la historia, completaba los vacíos, rellenaba los huecos, me imaginaba siendo ellos, viviendo su vida, haciendo su mundo el mío...

...soñaba, soñaba, soñaba, como nunca he vuelto a soñar, como ya no soy capaz de soñar...

...

...y a pesar de ello, a pesar de lo que sentía, de lo que sentí, había olvidado a Cerebus completamente, había olvidado el fascículo donde lo había leído...

...tanto que, cuando e intentado encontrar aquella publicación, no he sido capaz de hacerlo, a pesar de revolver montañas de papeles y papeles, que sólo sirven para coger polvo, a pesar de buscar en todos los escondrijos donde guardo aquello que pienso que debo conservar, pero que sólo son mazmorras para el olvido, fosas donde se amontonan cadáveres...

...y he tenido que admitir que, en algún momento, he debido tirarlo voluntariamente, he debido tenerlo entre mis manos y decidir que eso ya no servía para nada, que los recuerdos asociados a ese objeto ya no eran preciosos, ya no eran útiles...

...o quizás decidí archivarlo junto con otras cosas, que entonces considerara importantes, pero no lo bastante para tenerlas a la vista, pero lo suficiente para no hacerlo un gurruño y tirarlo a la basura. Supongo que debí tomar una caja de cartón y guardarlo en ella con cuidado, para que no se estropease, tras lo cual, la cerraría con cinta y la almacenaría ésta en algún sitio seguro, un lugar que que ya no recuerdo, un lugar que no es la vivienda en la que ahora habito, un sitio que puede no existir...

...pero no recuerdo nada de esto, no recuerdo lo que hice con aquel fascículo, cuando lo hice o porque lo hice...

...y sin embargo, sí recuerdo aquellas seis páginas, las viñetas y los diálogos, que poco a poco han ido acudiendo a mi memoria...

¿Por cuanto tiempo? y lo que es más importante ¿Es este recuerdo cierto?

martes, 4 de abril de 2006

Una única humanidad

Una mujer duerme, agotada hasta la extenuación, sentada en el suelo, apenas mullido con paja, la espalada apoyada en la pared de madera, sosteniendo en sus brazos al niño que acaba de dar a luz, la mejilla suya contra la mejilla del bebe.

Un hombre, su marido, lee a justo a su lado, casi pegado a ella, lo bastante cerca como para sentir su calor, su cuerpo, su presencia, lo bastante lejos para no turbar su sueño... el sueño que poco a poco comienza a invadirle también a él, le aparta de la lectura, le confunde el tiempo.

Vela su sueño. Vela el suelo de ambos.

Pronto llegará el día. Pronto tendrán que reanudar el viaje, el largo viaje que les devuelva al norte, a su ciudad, a sus parientes, a su casa. A aquellos que les conocen, aquellos que les aman, a aquellos que se preocupan por ellos.

Pero todo esto queda muy lejos. Tanto que podría no existir. Que podría ocurrir que cuando volviesen no quedase nada de lo que recuerdan, que todo se demonstrase un sueño o una ilusión.

Pero por ahora hay que recuperar las fuerzas, porque el camino de mañana sérá largo y duro. Hay que descansar tanto como se pueda, aunque el suelo sea duro, aunque la paja no les proteja del frío, aunque el único albergue que hayan encontrado sea ese establo, aunque tengan que dormir entre las bestias.

Una luz nos ilumina la escena, extrae de las sombras, a la mujer, a su hijo, al hombre, las paredes de madera, el suelo que no es otro que la tierra misma, la paja esparcida, las siluetas de los animales.

Pero esa luz no la han traído ellos. Ni siquiera es la de de un farol que les hayan traído para que le haga compañía.

Es la la lámpara de unos desconocidos.

Unos extraños que han entrado sin ser notados por la pareja, dormida una, amodorrado el otro. Unos erxtraños que se han detenido, guardando un silencio, a unos pasos de distancia y que miran con respeto, con sorpresa, con casi adoración, descubriéndose alguno, a la familía que está ante ellos.

Unos extraños entre los que estamos nosotros.

...

Esta representación de la noche de la natividad, de San José, La Virgen, el niño y los pastores que vienen a adorarles, es uno de los grabados de Rembrandt que se pueden ver en la Biblioteca Nacional de Madrid esta primavera.

Pero entre todas las que se han pintado o dibujado, ésta es la única que, en mi opinión, representa lo que un creyente llamaría el milagro.

Porque no hay ángeles, ni seres sobrenaturales, ni siquiera hay pistas, indicios, excepto para el que esté al corriente de la historia, de que ese niño es quien los cristianos llaman el Salvador, el hijo de Dios, el Ungido, el Mesías el Cristo.

Sólo hay la imagen de una familia, igual a la que todos hemos conocido, igual a la que todos hemos pertenecido. Todos hemos sido como el niño que la mujer estrecha en sus brazos, algunos habrá que puedan repetir ese mismo pequeño, ínfimo y tan despreciado milagro consistente en traer una vida al mundo.

Pocos (o muchos quízás si apartamos la mirada de esta nuestra rica Europa) se verán obligados en esas circunstancias, fuera de sus casas, expuestos a los azares del viaje, en medio de la miseria, rodeados de desconocidos, sin saber si en el instante siguiente se tornaran enemigos o incluso verdugos.

Y casi ninguno, mucho menos en este mundo cínico, cruel y despiadado al que hemos sido arrojado, tendrá la suerte que cuando un grupo de desconocidos irrumpa en el refugio, el estrecho y miserable abrigo que les ha correspondido, en vez de entregarse a un acto de violencia, ese acto de violencia que exigimos y reclamos en las obras de ficción, se quede sorprendido por la visión que tienen ante ellos.

Porque ese es el verdadero milagro.

Y tenido que esperar a que Rembrandt me lo contase.

jueves, 16 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 5)


Cuando era muy pequeño, la ciudad acababa en mi calle. Más allá empezaban los campos, la naturaleza, la libertad.

En este tiempo mis padres me llevaron a un excursión. No muy lejos. Ahora que todo está urbanizado y una autopista cruza los campos que veía de niño y más allá se alza hilera de casa tras casa, bastarían apenas veinte minutos andando, cinco en coche para llegar a ese punto.

Pero entonces había que coger un autobús y llegar hasta otro de los puntos donde la ciudad terminaba y empezaban las carreteras, y de allí andar y andar por la calzada medio vacía, sin farolas, rodeada por los campos de labor, hasta llegar a un puentecillo que vadeaba un arroyo.

Un arroyo que si se seguía llevaba directo hasta mi barrio, hasta la calle donde yo vivía, un arroyo que ahora está cubierto por el asfalto de la autopista.

Era primavera, casi verano y hacía poco que las lluvias habían cesado. El caúce aún tenía agua, y para regar los campos aquí y allá, en su curso se hábían construido diques, pequeños embalses que en aquel entonces estaban llenos de agua, lugares donde la gente se bañaba.

Nos llevo mucho tiempo recorrerlo por entero y cuando al fin llegamos a nuestro barrio, cuando y aquí y allá empezaron a parecer pilotes de cemento armado, montones de escombros, era ya casi de noche.

Nunca volvimos a hacer esa excursión, no sé porqué. Nunca lo pregunté.

Pero la herida del arroyo, el barranco que partía en dos mi barrio, permaneció abierta durante mucho tiempo.

A ambos lados crecieron casas y casas. De vez en cuando, amontonaban tierra y tierra en una de las laderas hasta conseguir el espacio suficiente para construir otras, las calles, que al principio no se atrevían a cruzarlo, poco a poco fueron uniendo ambos márgenes, creciendo justo al borde, ahí donde una fuerte pendiente llevaba hasta el fondo, hasta que al final una autopista lo colmó por completo.

Pero durante muchos años permaneció abierta. Durante toda mi niñez.

Y cada primavera, en el fondo, indiferenta a la ciudad, al asfalto y al cemento, crecían las altas hierbas y se cubrían de flores los arbustos... y yo que tenía que cruzar por allí para ir al colegio, abandonaba las calles ya trazadas y descendía hasta el cauce, hasta los lugares por donde aún fluía el agua, hasta los restos de los embalses, que aún se llenaban con las lluvias.

Y cuando tuve que ir a la universidad, tampoco cambió mucho la cosa, pues el autobús me dejaba lejos, y tenía que cruzar un pinar, un bosque solitario en medio de dos facultades, hasta llegar a mi escuela.

Y nuevamente, todas las primaveras, veía crecer las altas hierbas, ondular al viento, pasar del verde al amarillo, agostarse y desaparecer.

...

Y aún ahora, de vez en cuando, me ocurre tener un sueño.

Un sueño en el que echo a caminar al norte, en el que poco a poco dejo atrás la ciudad, las calles y las calles, alcanzo los campos de simiente, me pierdo entre los bosques, sigo arroyos y riachuelos, caminos polvorientos que no llevan a ninguna parte.

Un sueño que, como todos los sueños, no alcanza ninguna conclusión. Despierto a mitad de camino, sin saber a donde quería ir, sólo que quería irme de donde vivía, que a medida que me adentraba en la nada iba encontrándome cada vez más en mi hogar.

Un recorrido del que podría dibujar un mapa, cubierto con todo tipo de detalles, con referencias, tiempos y distancias, tan precisas que podría creerse que existe de verdad, que existió alguna vez de verdad.

Un recorrido que no puedo ya recrear ahora, aunque quisiera, darle una realidad con mis piernas, puesto que los límites de la ciudad se han extendido muchos kilómetros al norte, más allá de lo que mis fuerzas me permitirían alcanzar...

...y aunque pudiera, el camino hacia los campos, hacia los restos de naturaleza aún no demasiado destruidos por los hombres, me lo vedan ferrocariles y autopistas, sin pasos a su través, concebidos, podría pensarse, para mantenernos encerrados en el arrecife de metal y cemento que nos hemos construido.

...el arrecife fuera del cual no podemos imaginar un hogar. El arrecife, cuya ausencia nos mataría, si una mano extraña y poderosa nos arrancara de él.

miércoles, 15 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 4)


En aquellos tiempos, a principios de los ochenta, yo aún creía en Dios.

Mi educación había sido algo extraña, típica de los tiempos revueltos de la España de los 70. Mis padres eran de izquierdas, la izquierda dura de aquella época, imbuida de Marxismo, hundiendo sus raíces en la tradición socialista, anarquista y comunista, en el largo santoral revolucionario, la fe que habría de traer el paraíso a la tierra.

Pero mis padres me mandaron a un colegio religioso. "Porque era el único lugar donde podían darte una buena educación" que decía mi padre. Una educación en el sentido de antaño, en el sentido del saber, del conocimiento del pasado, del habito de la ciencia, del goce del arte, de la contrucción del caracter y de la persona.

Pero los niños son extraños, son capaces asimilar todo, acumular todo, creen en todo... aunque se trate de contrarios y su conjunción lleve a paradojas.

En aquel tiempo, Dios y su existencia me parecían evidentes... no en el sentido que pudieran expresar o contarme los curas de mi colegio, sino en el sentido que había alguien más allá, alguien que me esperaba, alguien que me oía y me escuchaba, alguien que habría de revelárseme un día, tras lo cual ya nunca más habría de tener miedo...

....alguien acogedor, como el cálido regazo de mi madre...

...alquien de quien no podía dudarse de su existencia, porque no podía ser de otra manera, porque tenía que ser, si este mundo había de tener algún sentido.

En aquel tiempo, yo íba andando al colegio, vivíamos relativamente cerca, pero quince, veinte minutos de paseo no me los quitaba nadie. A mitad de camino, había un descampado, la vaguada, por donde, antes de la urbanización de mi barrio, discurría un arroyo.

Allí, las casas estaban lo bastante separadas como se pudiese contemplar el cielo a placer... y eso es lo que yo hacía todas las mañanas, todas las tardes, de camino y de vuelta del colegio.

Allí aprendí a conocer, a amar, las distintas luces del día, sus cambios con la hora y las estaciones, sus diferencias apenas perceptibles, el ambiente de viejo y antiguo de ciertos momentos, la frescura y novedad de algunos, la ambigüedad de otros... las miles de formas en que un mismo paísaje, calles, árboles, casas, tierra, podían transformarse.

Allí aprendí también a mirar a las nubes, sus formas, sus combinaciones, sus variaciones... las nubes aisladas, perdidas en la inmensidad del cielo, inmóviles, perennes, las formas delicadas en lo alto cubriéndolo casi por entero con infinitos nervios y radiaciones, indiferentes a la tierra que protegían, los cielos encapotados, negros y bajos, donde aquí y allá se abría un claro, para cerrarse al instante, las torres poderosas de las nubes tormentas, tocadas por la noche en su base, pero reluciendo enfurecidas en su cumbre, los flecos en que el viento desgarraba las nubes de lluvía, dejando ver la blancura de las capas superiores...

...los lugares a los que me gustaría ascender, volar, perderme...

...y me imaginaba que Dios no era otra cosa que un pintor, que, acabado el trabajo diario, limpiaba sus pinceles en el cielo, y pensaba que si había de revelarse, ló haría allí ante mis ojos...

...y un día casi me parecío que lo hacía...

...porque una primavera, la primavera de un año de sequía, en medio de una nube negra que cubría todo el cielo, se había abierto un claro completamente circular, justo encima de mi cabeza...

...y por alguna razón el interior de aquella nube refulgía blanquísimo, puro, prístino, intocado, al igual que lo hacía el azul profundo del cielo que se veía al final...

...y durante algunos breves instantes, no pensé en nada, ni sentí nada, que no fuera aquella visión que se me ofrecía...

...

Ya no creo en dios. Hace mucho tiempo que perdí la fe, tanto que no puedo recordar la fecha.

Pero aún sigo alzando la cabeza y mirando a las nubes.

Aún me estremezco al ver el azul/blanco/gris en las frescas tardes de primavera.

martes, 14 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 3)





Recuerdo otros veranos.

En los montes. Bajo los árboles. Tan altos que sus copas se perdían en el entretejido de las ramas y la luz del sol no llegaba hasta abajo. Sólamente muy al final de la tarde, justo antes de ocultarse tras la montaña cercana, sus rayos, rozando la tierra, se adentraban entre los troncos, coloreándolos, tiñéndolos de dorados.

Acampábamos sobre una repisa de una ladera, la carretera que llevaba allí desde la llanura, primero de asfalto, luego de simple grava y tierra apisonada, se perdía entre las faldas de las montàñas, ascendía y ascendía, bajaba brevemente, para cruzar uno de los arroyos de la montaña, y volvía ascender, ahora hasta la repisa y el bosque, y justo a continuación se dividía en dos ramas, que continuaban ascendiendo en rampas cada vez más empinadas, hasta, aparentemente la cima de la montaña.

La carretera, los puntos en que torcía y se asomaba a los valles, eran los únicos sitios donde nuestra vista podía extenderse, dejar de chocar con los arboles y los troncos donde habíamos acampado. No íbamos muy lejos, nunca llegamos a alcanzar el fin de la ruta o al menos el punto en que coronaban las montañas y descendían al otro lado de la cordillera. No tendríamos fuerzas para recorrer el camino hasta allí, ni mucho menos para volver.

Siempre nos quedábamos en la primera o en la segunda curva. La pendiente era allí muy empinada, descendía rápida hasta un arroyo y parecía rebotar allí, alzándose de nuevo hasta superar nuestro nivel, hasta elevarse de nuevo muy por encima de nuestras cabezas.

Sólo en esta curva no había árboles, por alguna razón, algo les había impedido crecer, las rocas, las piedras la tierra, permanecían desnudas hasta muy abajo, donde veíamos las copas de los primeros árboles, que nos parecían pequeños pero que sabíamos tan altos, aún más altos para un niño, que aquellos donde estaban nuestros tiendas.

La otra ladera era una inmensa pared verde, árbol tras árbol crecía sobre ella, mezclando sus copas, proyectando tronos y ramas, llegando hasta la cubre, disfrazándola y difuminándola.

Excepto un claro, muy muy alto, casi en la cima, donde brillaba el color verde de un prado.

Un lugar al que me prometía, una y otra vez, subir y conocerlo. Seguir la carretera más allá de nuestra expediciones más largas, abandonarla para cruzar a la otra montaña, atraversar los bosques para alcanzar aquel claro.

Pero nunca lo hice. Nunca volví allí. Nunca volveré. Aunque recuerdo el nombre del pueblo. Aunque podría explorar la zona hasta encontrar la carretera, el bosque, la montaña.

Porque tengo miedo a que todo haya cambiado. A que el recuerdo se demuestre infiel o inexacto. A que los hombres hayan cambiado para siempre ese lugar, como tantos otros de mi niñez.

Como una noche, al cruzar el camino que cortaba en dos el bosque haber visto la Vía Láctea en lo alto del cielo, no como algo borroso que debe adivinarse, sino como una nube blanca, brillante.

Y pienso ahora que debió haber sido un sueño, porque nunca jamás la he vuelto a ver así.

lunes, 13 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 2)


Hay lugares que nunca volveremos a visitar.

Lugares encontrados en la niñez, de los cuales no sabemos encontrar el camino, puesto que fuimos llevados hasta allí por nuestros mayores, y la secuencia de carreteras, cruces y caminos no tenía entonces ninguna importancia para nosotros.

Aunque los encontrásemos, aunque lográsemos averiguar la ruta que hasta ellos conduce, nada podría evitar el paso del tiempo. En los largos años que nos separan, otros hombres que no somos nosotros, habrán vivido allí sus vidas y los habrán adaptado y convertido a sus necesidades.

Construido casas, abierto rutas, talado los bosques, arado los campos.

Yo conozco uno de esos paraísos perdidos. Pasé allí quince días siendo niño.

Un lugar en medio de la meseta castellana. Ese semidesierto donde no hay puntos de referencia que permitan orientarse, donde la tierra es llana como una bandeja, el cielo azul surge de ella, y el sol, el frío, la lluvía, el viento, la soledad, aplasta y destruyen las gentes.

Un lugar donde el verano se pasa encerrado en los bajos de las casas, pues fuera no es posible vivir por el calor.

Un lugar donde pasé quince día de verano. Un lugar donde, repentinamente, en medio de la llanura infinita, se alzaban altos árboles donde no debían estar, tapiando el horizonte a ambos lados, como un muro que cortaba el camino.

Un bosque donde era imposible internarse, puesto que, a las pocas hileras, cuando la umbra te había rodeado, cuando el frescor te hacía olvidar el calor de verano, el sol volvía a surgir de nuevo y su luz te cegaba.

Allí, escondido tras los árboles, fluía un río. Un río ancho, en el cual, esparcidos, emergían pequeños islotes, colmados de árboles, que partían su corriente, que la hacían correre con furia en algunos puntos o remansarse en otros.

Corriente arriba había un embalse, que desagüaba de tanto en tanto. Crecidas que inundaban el valle un breve periodo y que daban vida a aquellas islas, a aquella vegetacíon, a aquel oasis en medio del desierto.

Aquel verano, el río fue nuestro amigo. Cada día era distinto, su nivel, siguiendo las imprevisibles reglas del embalse, subía y bajaba, no demasiado para un adulto, pero sí para nosotros aún niño, lo suficiente para vedarnos ciertos tramos, donde no hacíamos pie, o para permitirnos cruzarle, llegar a islas que parecía lejanas.

Pero el río era nuestro amigo, no le teníamos miedo. No había razón por la que tenerle miedo.

Entrábamos en él siempre por el mismo lugar, allí el agua bajaba rápidamente, hasta que teníamos que marchar de puntillas, el agua hasta los labios, dejándonos arrastrar por su corriente, como hojas en su cauce, pero era sólo un instante, porque en medio de las aguas, había un banco de arena y enseguida hacíamos pie, ascendíamos hasta que el agua nos llegaba por los tobillos.

Y pódía uno tumbarse sobre él, sobresaliendo solo la cabeza, las aguas fluyendo a lo largo del cuerpo, el cielo amarillo llenando la visión, los árboles a ambos lados.

Y podía continuarse, atravesar hasta la orilla, de nuevo de puntillas, apenas sintiendo el fondo en los pulgares, porque al otro lado, el río se dividía en multitud de riachuelos, apenas de un metro o dos, permitiendo que los árboles juntaban sus ramas entre sí, y el agua discurriese en la penumbra, mansa y tranquila, hasta unirse de nuevo al curso principal.

Y podía también marchase corriente arriba, primero cerca de la orilla, caminando sobre las raíces, agarrándose a las ramas, hasta llegar a un lugar donde ninguno podíamos hacer pie, ni siguiera los mayores, y donde los más valientes se atrevían a bucear hasta tocar el fondo, en un agua negra y obscura, donde nada se veía.

Y una vez cansados, dejarse arrastrar por las aguas, permaneciendo en medio de la corriente, viendo pasar los árboles, los arbustos, las orillas, el cielo amarillo, sin hacer ningún esfuerzo, fíados del propio río, hasta llegar de nuevo al banco de arena, nuestro refugio, y cruzar hasta el punto por donde habíamos entrado.

martes, 7 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 1)


Hace unos días, por pura casualidad, me encontre caminando hacia el este, un atardecer de invierno, a lo largo de una de estas interminables avenidas de las grandes ciudades.

No era, es, una avenida cualquiera, aquélla que podemos imaginar rodeada de altas edificios, poblada con árboles, cerrada al cielo y su espectáculo diario.

Esta avenida antaño, y ese antaño es un tiempo que pertenece a mi niñez, era una carretera, la carretera de la playa. La ruta que llevaba de Madrid hacia el Manzanares, hacia los remansos del río, antes de adentrarse en la ciudad, donde la gente iba a bañarse en el verano, y donde habrían de construirse, pasado el tiempo, varias instalaciones deportivas.

Por esta razón, esa calle conserva aún mucho de la antigua carretera que fue, las casas que la rodean son bajas, pegadas a la vía, algunas incluso con tiendas pensadas para los escasos viajeros que la transitaban. Nada impide mirar el cielo, por tanto, ni árboles, ni construcciones. Incluso, llegado cierto punto la perspectiva se abre casi infinita, puesto que la carretera debe descender de los 700 a los que se encuentra a los 400 del cauce del Manzanares y tuerce y retuerce, descendiendo por la pendiente, mientras que la vista no encuentra algo en que fijarse, hasta muchos kilómetros más allá, en las colinas al otro lado del caúce, las colinas que comienzan a ascender hacia la sierra.

Los madrileños, sin embargo, no conocen el cielo. Hace mucho que lo han olvidado. Encerrados en sus casas, prisioneros en sus coches, atentos sólo a sus actividades no miran más allá de lo que hay a unos metros de distancia.

Por eso, aquel día, aunque estaba a la vista de todos, me parecía que era yo el único que lo estaba viendo.

Rojo como un Khaki, el Persimon ilustrado en la viñeta, el sol se ponía justo en la línea de la carretera. El cauce del Manzanares estaba cubierto de niebla que ascendía hasta mezclarse con la polución, enturbiando el aire, lo cual permitía que se pudiese mirar directamente a su disco, mientras que la falta de puntos de refencia, el disco rojo en el cielo gris monótono, cercano al horizonte, hacia creer que aquella bola estaba rozando, volando sobre los techos de las casas, sobre el asfalto que hacía el conducía, y por el cual, tras un número corto de pasos, sería posible alcanzarlo y tocarlo.

...

Y ahora es cuando uno debe detenerse en la descripción.

Por razones obvias que se dejan como ejercicio al lector.

lunes, 6 de marzo de 2006

Paradise on Earth (y 1)


De repente, pareció que todo era posible.

Atrás quedaban miserias, calamidades, opresión, humillación, explotación.

El futuro lo decidiría el hombre, por sí solo, sin depender de nadie, en absoluta libertad.

El futuro sería completamente nuevo, desconocido, imprevisible, excepto en que no se parecería en nada al pasado ni al presente.

El futuro pertenecería a los cuadrados negros.

...

Pero ¿quién entiende los símbolos? Los cuadrados negros no significan nada por sí solos. Un cuadrado negro no es un árbol, ni un río, tampoco el mar. Un cuadrado negro no es un tractor, ni un tanque, mucho menos un avión.

Los cuadrados negros sólo tienen el significado que nosotros queramos darles. Un significado que anteceda a la presentación del dibujo, una explicación que lo convierta en símbolo que nos represente, que nos identifique ante al mundo.

Pero los cuadrados negros son inocentes.

Cualquiera puede tomar un cuadrado negro y proclamar que le representa, cualquiera, hasta el peor de nuestros enemigos puede reclamarlo como suyo e imponer sobre él la intencionalidad que le apetezca.

Haciendo que nosotros, de repente, digamos lo contrario de lo que queremos decir.

Por eso los cuadrados negros son perversos.

Porque la mente que los mira no puede reducirlos a los conceptos y categorias en que ha sido educado. Porque el pensador, el filósofo, el político, no pueden forzarlos y embutirlos en las cajitas en que han dividido el mundo.

Porque es imposible, al mirarlo, decir si un cuadrado negro es bueno o malo, si lleva a la consecución de nuestros objetivos políticos o la aniquilación de los mismos.

Por eso los cuadrados negros deben ser prohibidos.

Porque no alientan a la gente, porque no cantan slóganes y ni enuncian consignas. Porque un cuadrado negro no llamará a los obreros a conseguir que el plan quinquenal se cumpla en cuatro años, ni les obligará a trabajar hasta caer extenuados, ni pondra los objetivos del partido por delante de sus vidas, aplastándolas si no obedecen.

Por eso los cuadrados negros deben ser destruidos, por ese motivo sus creadores deben ser eliminados.

Porque los cuadrados negros son libres. Porque nadie podrá callar nunca a los cuadrados negros.

No callarán aunque que sus creadores hayan abjurado de ellos. Ni siquiera cuando estos hayan sido represialados, conocido prisión, extraviado en los laberintos del GULAG, arrojados contra los paredones de la Lubianka.

Porque los cuadrados negros acabarían por vencer y aniquilar a sus perseguidores.

...

Sólo había un método de vencerles. Una manera de callarles.

Las paredes del museo.

viernes, 3 de marzo de 2006

Monteverdi (y 2)

O bel nodo per cui godo!
O soave uscir di vita!
O gradita mia ferita!

¡O nudos en los que gozo!
¡O suave boca de la vida!
¡O bienvenida herida mía!

Chiome de Oro, Settimo Libro di Madrigali, Claudio Monteverdi, 1619


Beatus, Beatus vir!

¡Féliz, Feliz el hombre!

Beatus vir Primo, Selva Morale e spirituale, 1640



En Occidente, pero sólo en Occidente, hemos crecido aconstumbrados a que la religión no tenía papel en nuestras vidas, que ambas, vida y creencias, pertenecían a ámbitos completamente distintos, que no podía existir comunicación alguna entre ellas.

Por ello, ahora nos resulta imposible comprender aquellas culturas donde la religión se refleja en nuestras cada aspecto de su existencia. No sólo estas sino incluso nuestro propio pasado, lo que fuera parte indisoluble de nuestra tradición hasta ayer mismo.

Porque para el creyente, el auténtico creyente, no la componenda a la que hemos llegado en nuestra sociedad, la acción de dios se traduce en cada instante de la vida, en cada objeto del mundo. Todo, absolutamente todo, tiene su origén en él. Todo, absolutamente todo, depende de su voluntad y su benevolencia.

De este modo, el creyente, el auténtico creyente, tiene que invocar su protección y su ayuda, en cualquier actividad que emprenda, sea la más trivial, la más peregrina, o incluso la que pueda parecernos, a nosotros, los descreídos, sacrílega o insultante. Ya sea para comenzar un viaje o simplemente antes de salir a la calle, ya sea para obtener el éxito en los negocios o el triunfo en el combate, ya sea para concebir un hijo, antes de ponerse manos a la obra o simplemente para conseguir a la amada, todo será pedido, ofrecido, negociado con el creador.

Sin que, como digo, suponga blasfemia o sacrilegio. Simplemente porque no hay separación entre dios y el hombre, porque dios vive entre los mortales, contempla su conflictos y escucha sus peticiones, no es el dios lejano e inalcanzable, ausente del mundo, en el que la ciencia lo ha convertido.

Por esa razón, lo que es aplicable en el ámito profano es perfectamente aplicable al sagrado, puesto que no hay separación entre ellos, son uno mismo, uno solo.

Así, por ejemplo, no hay mayor sorpresa que encontrar las mismas melodias en la obra religiosa y profana de Monteverdi. Descubrir que los madrigales donde se describe el amor terreno con todo lujo de detalles y el sentimiento correcto, se han transformado en alabanzas a la virgen y a los santos, sin que haya hecho falta otra cosa que modificar los textos, no la música.

O ver como las danzas cortesanas, aquellas destinadas al ocio de nobles y poderosos, aquellas que eran la preparación de los juegos amorosos en que luego se perderían, se transforman en poderosos estructuras religiosas destinadas a la contemplación del paraíso futuro y el desprecio del mundo.

Porque para ellos, como he dicho, dios aún estaba vivo, mientras que para nosotros hace mucho que murió.

jueves, 2 de marzo de 2006

In the heart of darkness (y 2)

¿Qué es un artista para nosotros? ¿Qué representa en nuestra sociedad?

Creemos habernos librado de la idea del artista romántico, la personalidad visionaria que descubría territorios, conceptos, formas aún sin explorar, y que forzaba al espectador a aceptarlas, utilizando los métodos del escándalo y de la rebelíon.

Puede que creamos haber dejado atrás esa idea, al fin y al cabo nuestra era es una era de falsos descreídos y falsos escépticos. Un tiempo donde todo se mira con ironía y sarcasmo, donde la moda es aparentar desapego y distaciamente.

Así parece, pero, en el fondo, seguimos siendo artistas románticos. Para nuestra sociedad, el artista sigue teniendo una misión, una vocación que le lleva a crear y actuar, que le sitúa al margen de los demás y que le lleva al combate... aunque esta misión y esta vocación no sea el conquistar nuevos territorios estéticos o hacer propaganda de una ideología y una visión del mundo, sino que se haya reducido a escandalizar por escandalizar, a determinar un conjunto de creencias, sean progresistas y conservadores, y atacarlas sin piedad, entre los aplausos de sus admiradores.

Porque esta es la otra cara del arte actual. El artista ya no se dirige a toda la humanidad, ni siquiera aspira a ello. Su obra, excepto en el caso de los productos comerciales manufacturados en masa, se dirige a un grupo estrecho y reducida de conaisseurs y críticos. Si esta reducida élite no existiera, el artista no existiría. Mucho peor, nadie se daría cuenta de su desaparición. Porque ese escándalo con el que pretende sacudir el mundo, no turba a nadie. Muy al contrario, sólo sirve para cimentar y sustentar los prejuicios de aquellos que le aplauden y jalean.

Completamente distinto a lo que se mostraba en la exposición Orígenes del Conde Duque Madrileño.

Esas formas pueden parecernos abstractas, juzgadas desde los parámetros de nuestra propia cultura, productos refinados y elevados, producidos por artesanos y especialistas tan refinados y elevados como el público que va a ser su destinatario.

Pero no es así. El arte Africano, Americano y de Oceanía es un arte popular, producto de, en principio, cualquier miembro de la comunidad y destinado a todos ellos. Su significado, sus presupuestos, sus objetivos son completamente claros y meridianos. No excluyen a nadie, no evitan a nadie, no buscan escandalizar a nadie.

Muy al contrario, esos objetos tan bellos desde el punto estético, tan revolucionarios a nuestros ojos, a pesar de 200 años de vanguardia, servían para cimentar la sociedad que les había dado origen. Su finalidad última no era el gozo estético, ni la observación estética, ni ser encerrados en Museos para el disfrute de las generaciones venideras.

Su ámbito se reducía al aquí y ahora. Su importancia al festival, la celebración, el rito en que eran utilizados. Porque no eran importantes en sí mismos, sino como símbolos que guiaban a los seres humanos, a los hombres y a las mujeres, en su nacimiento, en su niñez, en el paso a la adolescencia, en los misterios del amor y la paternidad/maternidad, en la madurez y el envejecimiento, en la misma muerte.

Al contrario que el arte occidental de ahora, perdido en su laberinto y con el único objetivo aparente de perder a los demás.

Estéril y esterilizador.

martes, 28 de febrero de 2006

Monteverdi (y 1)

Altri canti di Marte.... io canto Amor

(Que otros canten a Marte... yo canto al amor)

Altri canti d'Amor... Di Marte io canto

(Que otros canten al Amor... A Marte yo canto)


Bastan estos dos versos para resumir el espíritu del Tardorenacimiento/Manierismo y el Primer Barroco, y porqué en tantos ámbitos, no sólo los artísticos, es tan parecido y cercano al siglo XX ya pasado.

Lo primero, porque, la cultura de aquel tiempo a caballo entre el XVI y el XVII se caracteriza por la paradoja, por la yuxtaposición de los contrarios, aparentemente insolubles el uno en el otro, como lo es el amor y la guerra.

Yuxtaposición que se convierte en amalgama y que logra que ambos conceptos, inicialmente opuestos, pasen a designar la misma experiencia.

De este modo el lenguaje de la guerra, las armas, la instrucción, la disciplina, la fortaleza, la fidelidad, el valor, los enemigos, la coraza con se proteje uno de ellos, el peligro que amenaza al soldados, los combates que le son cotidianos, los asedios en que se deciden las campañas, las victorias y derrotas que son su consecuencia, la muerte y el olvido que espera al vencido, la gloria y la recompensa que espera al vencedor, todos ellos son símbolo del amor.

Pero esta conquista, este batallar, no se traducen en posesión segura y eterna. Como el soldado, el amante no conoce si saldrá vivo de esa batalla, de ese amor, y al final, la gloria del amor, no es lo que viene despues, el reposo y el descanso, sino como en la guerra, el propio combate, la ambición que se enfrenta a cualquier peligro, que arrostra cualquier resistencia, por tomar la plaza y someterla... sin saber, como he dicho antes, si al final le espera triunfo o fracaso, vida o muerte.

No importa el resultado, en este mundo refinado y cortesano, la recompensa es tan grande, tan importante, tan definitiva, que la muerte pierde su poder, su irremediabilidad. Vivo está quien se atreve, muerto es quien no obra así. Aunque el fracaso sea seguro, aunque la derrota sea cierta, es más honorable vestir la armadura y lanzarse al combate, corto y furioso, que quedarse ináctivo, que esperar a esa misma muerte mientras la vejez disipa las fuerzas y el óxido corroe las armas.

La derrota siempre la tenemos segura, pero la casualidad puede llevar a la victoria, aunque sea breve y pasajera, y más dichosos serán aquellos, que incapaces ya de blandir la espada, puedan gritar al mundo, yo me atreví y luche, mientras que vosotros, todos vosotros, ni siquiera tuvisteis ese pensamiento.

La derrota es inevitable, sin embargo, se luche, se venza, se pierda, el fracaso siempre llega, tarde o temprano. Es entonces cuando aparece el lado amor, de la ecuación amor/guerra en este mundo Tardorenacentista. Una faceta que poco tiene que ver con el amor/pop de nuestra cultura, representado en los días de San Valentin y los regalos del corte inglés.

El amor en Monteverdi no es compañía, es soledad.

Una soledad que se sabe eterna, acompañada únicamente por el recuerdo de todo lo que se ha perdido y que nunca podrá ya recuperarse, y mucho menos, gozarse, sino es en los pálidos reflejos de la memoria.

La certeza de que la muerte está próxima. Peor. Que la muerte aún está muy lejana que tardará en llegar, y que en ese camino hasta el sepulcro, solo caminará a nuestro lado nuestra pena, que sólo nosotros escucharemos nuestros suspiros, que aunque los escuchase nuestro amado no supondrían nada para él, sólo servirían para enojarle aún más.

Palabras que desde nuestro falso romanticismo, actual, son solo letras vanas que nada representan, pero que la música de Monteverdi recorre y transmuta en todos los sentimientos imaginables e imaginados, atreviéndose a cambiarlos, con las misma fugacidad que lo hacen para aquel que ama, a mitad de un mismo verso, en medio de una misma palabra.

lunes, 27 de febrero de 2006

YKK is dead

Casi desconocido, el que fuera uno de los mejores mangas que se hayan publicado ha concluido este sábado, 25/02/2006.

Puede sonar exagerado, pero para describir lo que siento ahora, no puedo utilizar otras expresiones que no sean dolor o desgarro. Me había acostumbrado a esperar todos los meses un capítulo de esta serie, apenas quince páginas donde nunca pasaba nada, pero que me emocionaban profundamente.

Y ahora ha terminado, sin concluir, sin responder a ninguno de los enigmas que había planteado, sin ofrecer respuestas válidas, sin llevar a ningún sitio.

Como lo hace la vida.


Nota: para el lector curioso ykk.misago.org + www.cafealpha.org

jueves, 23 de febrero de 2006

In the heart of darkness (y I)



Hace unos meses, en las salas de exposiciones del Cuartel del Conde Duque, estaba abierta una magnífica exposición de arte Africano, Américano y de Oceanía, antes de la llegada y colonización Europea. Magnífica exposición, tanto por el número de piezas, como por su calidad, importancia y representación, especialmente si se tiene en cuenta que, debido a que nuestro imperio se desvaneció a principios del siglo XIX, nuestros museos apenas cuentan con piezas de aquellas mundos y aquellas épocas.

Y entre todos los objetos expuestos, estaba uno muy parecido a la imagen que abre estas divagaciónes.

Algo que, por su realismo y su naturalidad pudiera haber salido de un taller europeo. Algo que aún hoy, tras un siglo de abstracción, aún seguimos viendo, estimando y reconociendo como el auténtico y verdadero arte, aquel que nos ofrece objetos reconocibles, objetos a los que podemos atribuir un significado, objetos que podemos descifrar y, aparentemente, entender y aprehender.

Sin embargo, lo importante no estaba en la coincidencia o en imaginar influencias inexistentes. A lo largo de la larguísima historia del arte mundial, de vez en cuando, los caminos de las diferentes tradiciones se aproximado y alcanzado logros casi indistinguibles los unos de los otros.

No. Lo importante se revelaba simplemente con apartar la vista y contemplar los objetos Africanos, Americanos y de Oceanía que rodeaban a esta pieza.

Ninguno era realista. Ninguno se propionía una representación veraz de las apariencias de las naturales. En todos, la forma de origen, la del ser humano, había sido deformada y distorsionada, hasta, en algunos casos llegar a la pura abstracción.

La pura abstracción. Tan cercano al arte del siglo XX, pero al mismo tiempo tan lejano, puesto que ante todo, este arte es un arte utilitario, un arte creado para ser utilizado en ceremonias y rituales, un arte para ser mostrado y compartido, un arte que, en principio, puede ser creado por cualquier miembro de la comunidad y disfrutado por cualquier miembro de la comunidad, no un producto de las elites para las elites.

Pero tampoco es eso lo importante. Decir esto no es más que resaltar lo obvio, proclamar el tópico.

Lo importante es otra cosa muy distinta. El hecho de que, entre todas esas respuestas culturales, creadas por personas muy distintas, en puntos opuestos del globo, en tradiciones completamente opuestas, en edades tan lejanas que nunca pudieron comunicarse, sólo una de ellas eligió el realismo.

Que el realismo, la representación racional y detallada de lo que nos rodea, no es más que una excepción en la historia humana.

Que nosotros, por tanto, no somos más que una excepción.

Prescindibles. Olvidables.

miércoles, 22 de febrero de 2006

La mula Barak

Acenso del profeta a los cielos
Folio f.195 del Nizam Khamza conservado en la British Library, pintado en Tabriz, Irán, entre 1539-1543

Representaciones.

Arte.

Tabús.

Prohibiciones.

Retos.

Blasfemias.

Ultrajes.

Represalías.

Resistencias.

Rebeliones.

Destrucción.

Odio.

Libertad.

Fanatismo.

Racismo.

Terrorismo.

Imperialismo.



Todo estaba hecho ya, no obstante, de la forma más bella posible, por los mismos creyentes, sin que nadie se ofendiese o escandalizase.

Y sin embargo nadie se ha molestado en recordarlo.


martes, 21 de febrero de 2006

Le bonheur (y 2)

Sal a buscar la felicidad y no vuelvas sin ella.

En los años 30, en la extinta URSS, Alexander Medvekine filmó La felicidad. Como todas las películas de aquel entonces, como La línea general o El prado de Bezhin de Eisenstein o La Tierra de Dovjenko, se trataba de demostrar al público interno y externo el triunfo de la experiencia colectivizadora del agro soviético... aunque éste en realidad fuera un inmenso fracaso, peor que un fracaso, un experimento estúpido que terminó en la muerte de millones de personas, bien por hambre o por asesinato.

Sería interesante analizar hasta que punto los directores de estas obras eran conscientes del desajuste entre lo que rodaban y lo que estaba pasando. Basta decir que, aún siendo Bolcheviques convencidos y buscando la victoria de esos ideales, su obra se hizo sospechosa ante las altas esferas, teniendo que ser cortada, remontada, en algunos casos prohibida y sus autores puestos en sospecha ideológica.

Así ocurrió en parte con La felicidad. Porque esa descripción de la colectivización, no se hizo con las armas del realismo, sino con las del humor, el absurdo y los cuentos tradicionales.

Y no hay nada que odien más los censores que la ambigüedad en las imágenes, por mucho que se proteste inocencia e ingenuidad.

Porque saben que lo ambiguo tanto se puede interpetar de una manera como de la contraria.

¿Qué puedo hacer? No puedo volver al pasado ni acostumbrarme al presente.

Sólo esta frase bastaba para condenar a la película, puesto que el héroe, el hombre que había sido oprimido y explotado por el zarismo, no encontraba su lugar en el mundo nuevo que se estaba creando para él.

Mucho peor. Puesto que no encontraba ni las fuerzas, ni la razón para unirse y participar en ese mundo. Tanto había sufrido cuando estaban los otros, tanto había sido humillado, tanto había obedecido, que ahora, cuando supuestamente era libre, cuando era él y los suyos quienes aparentemente estaban al mando, no podía creerlo.

No podía convencerse de que así era, no podía forzarse a actuar en consecuencia. Sólo podía hacer lo que siempre había había hecho. Sentarse en un rincón, sólo, sin confiar ni contar con nadie. Resistiéndose con su pasividad, con el propio peso de su cuerpo inerte, que sabía demasiado bien, que tanto con unos como con los otros, seguiría sufriendo, seguiría siendo humillado, seguiría teniendo que obedecer aunque fuera a palos o oblidado por las bayonetas desnudas.

Eso, obviamente, no podía ser. Eso, obviamente, no podía ser tolerado por las autoridades.

La presencia del descreído, lo saben muy bien todos los teólogos, anula la existencia de Dios. Sólo hay una salida para el creyente, al que el miedo le hace ser fanático. Eliminar a aquél que no cree. Exterminar a aquel que se resiste. Mostrar su castigo como ejemplo y escarmiento a todos los que puedan pensar, alguna vez, en no colaborar.

Así de este modo, se empezo castigando a los que habían oprimido y humillado. Y cuando se hubo acabado con ellos, con todos los desilusionados y desengañados, que sólo querían que les dejasen en paz. Y cuando no quedaron ya de estos, con los que no mostraban entusiasmo y adoración ante los logros y victorías proclamados desde las alturas, y cuando estos también fueron eliminados, se cargó con todos aquellos que no mostraban el entusiasmo suficiente, tal y como lo prescribían las autoridades.

Hasta que todo el mundo se aconstumbro a mentir y a fingir. Hasta que el edifició. aquél que debería contener el paraíso, se convirtió en una cáscara hueca y huera, que se habría de derrumbarse sin hacer ningún ruido.


¿Qué es la felicidad?

Así comienza la película. Ésa es la pregunta que se nos hace.

Y casi inmediatamente se nos da la respuesta.

La felicidad es que los pasteles te entren en la boca y no tengas ni que masticarlos.

La felicidad es encontrarse el dinero tirado en el camino y que no haya que partirse el lomo por conseguirlo.

La felicidad es tener el estómago lleno y vestir buenos trajes, mientras miras como los que no tienen nada, se pelean por lo que tú tiras.

lunes, 20 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 3)

Ein Mann ohne Eigenschaften sagt nicht Nein! zum Leben, er sagt Noch nicht! un spart sich auf.

Un hombre sin atributos no dice No! a la vida, dice Aún no! y ahorra sus fuerzas.



¿Cuánto tiempo se puede esperar?

Nos creemos eternos. Peor. Nos creemos inmutables.

Pensamos que el tiempo no pasa sobre nosotros. Que podemos detenernos y mantenernos al margen. Conservar nuestras fuerzas, el modo en el que somos en ese instante, para cuando llegue el instante de la llamada.

Para entonces levantarnos,acudir, trabajar, concebir, producir, triunfar, como si los días, las semanas, los meses, los años no hubieran transcurrido.

Como si no envejeciésemos.

Pero no es así. Todo esta sujeto a cambio. Todo debe cambiar, se desee o no, se quiera o no, se evite o no, se proteja o no.

De nada sirven las mayores precauciones. De nada sirven las guardias más celosas. De nada sirven los obtáculos infrnaqueables. El paño, guardado en el arcón, bajo siete llaves, acabará apolillándose, convirtiéndose en polvo entre las paredes que lo custodían, deshaciéndose al levantarlo para sacarlo, mucho tiempo después.

Cada cosa tiene su tiempo. Cada época tiene su afán. Quienes no aprovechan en el instante, quienes no hacen lo que deben hacer en el momento preciso, se engañan a sí mismos.

Llegará el día soñado, llegará la hora que marcará el fin de la espera, y el objeto anhelado se presentará antes ellos, deseoso del contacto, sin obstáculos que impidan aproximarse, sin enemigos que puedan arrebatarlo, sin cástigos que hagan temerlo.

Llegará el día soñado, la hora querida y encontrarán que no tienen fuerzas para gozar, que el coraje y el vigor de la juventud se han perdido. Descubirán, con dolor desgarrador, que sus mentes, sus corazones, ya no son capaces de sentir con la misma intensidad, que su atención es incapaz de fijarse en lo que tienen delante, por mucho que lo quieran, que su inteligencia se ha embotado, que su agilidad se ha perdido, que su luz se ha apagado.

Eso los afortunados.

Porque los desgraciados, cuando vean el objeto amado ante sí, se encogerán de hombros y se darán media vuelta, vacíos, incapaces de sentir y de emocionarse.

Porque la espera sólo habrá servido para darse cuenta de que ya no quieren aquello.

Porque si aún fueran jóvenes, tendrían el valor y el coraje de mentirse, de aceptarlo y vivirlo, porque las mentiras que se viven con pasión y entusiasmo, acaban por transformarse en verdades.

Pero ya no lo son y cuando mirar a su juventud, esa juventud cuyos recuerdos se desvanecen rápidamente, no son capaces de determinar si, el día en que dijeron ¡Sí, lo quiero!, eran sinceros.

Ya no podrán saberlo. Las pruebas había que haberlas aportado aquel día lejano, atrapando al vuelo la ocasión, devorándola, consumiéndola, como si la vida fuera a acabar al día siguiente

Pero ahora son demasiado viejos, demasiado desconfiados, demásiado responsables, demasiado pruedentes.

Demasiado sabios.

sábado, 18 de febrero de 2006

Le bohneur (y 1)

...yes, I know the word that would come to many to describe men like you (Medvedkine), Tolchan, Vertov....
















...Dinosaurs....


...but look what happened to dinosaurs...







...kids love them...


Chris Marker, hablando del cine soviético de los años 20, en su documental La tumba de Alejandro.

viernes, 17 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 2)

Während er sich in der kleinen und närrischen Tätigkeit, die er übernommen hatte, hin und her bewegen liess, sprach, gerne zuviel sprach, mit der verzweifelte Beharrlichkeit eines Fischers lebte, die seine Netzte in einen leeren Fluss senkt, indes er nichts tat, was der Person entsprach, die er immerhin bedeutete, und es mit Absicht nicht tat, er wartete. Er wartete hinter seiner Person, sofern dieses Wort den von der Welt un Lebenslauf geformten Teil eines Menschen bezeichnet, und seine rühig, dahinter abgedämmte Verzweiflung stieg mit jedem Tag höher. Er befand sich in dem schlimsten Notstand seines Lebens un verachtete sich für sein Unterlässungen. Sind grösse Prüfungen das Vorrecht grosser Naturen? Er würde gerne daran geglaubt haben, aber es ist nicht richtig, denn auch simplesten nerviosen Naturen haben ihre Krisen

Mientras se dejaba llevar, aquí y allí por la pequeña y enloquecida actividad que había tomado a su cargo, hablaba, hablaba demasiado, vivía con la desesperada testarudez de un pescador que arroja sus redes en un río vacío, mientras no hacía nada de lo que corresponde a esa persona, se mostraba así, y no lo hacía con intención, esperaba. Esperaba tras de sí mismo, en la medida en que esa palabra singulariza la forma, creada por el mundo y la vida, de un hombre, y su desesperación, tranquila y como de ocaso, aumentaba con cada día. Se encontraba en la peor situación de su vida y se despreciaba por su inactividad. ¿No son las grandes pruebas la señal de las grandes naturalezas? Con gusto lo hubiera creído así, pero no era correcto, puesto que también las personalidades nerviosas más simples tienen sus crisis.

Ascender por una escalera que nunca termina.

Así imaginamos la vida, bebe, niño, escolar, adolescente, estudiante, joven, universitario, hombre, trabajador... siempre hacia adelante, siempre hacia arriba, mejorando, desarrollándose, quemando y consumiendo etapas, cada vez más rápido, para llegar cuanto antes a la siguiente fase, para conseguir lo propio de cada edad, en esa misma edad y no otra, para que nadie pueda de decir de uno que no estuvo allí, que no hizo lo que debía hacer, que no disfrutó de lo que debía disfrutar, que no obtuvo lo que debía obtener.

Detenerse no está permitido. Sentarse sobre los escalones supone admitir la derrota, supone ser derrotado, sin necesidad de que se entable un combate, sin precisar lucha o violencia. Pronto, aquellos que son tus semejantes, aquellos que pertenecen a tu misma generación, aquellos con los que compartes recuerdos, experiencias, afinidades, vida, biografía, historia, te habrán dejado atrás, te habrán perdido de vista, te habrán olvidado.

Los que vienen detrás no te reconocerán, no les reconoceras tampoco tú a ellos. Nada hay en común entre ellos y tú, nada os une, nada os emparenta. No eres más que un estorbo en el camino, algo que habría que echar a un lado cuanto antes, para no impedir la subida, la carrera, más la estampida de los demás, de todos los que huyen de los que les siguen, para evitar ser arrollados y aplastados por ellos.

No queda otro remedio que ponerse en camino, seguir ascendiendo. Cueste lo que cueste, aunque las piernas se doblen por el esfuerzo, aunque el cansancio nuble la mente y espante los pensamientos, aunque el dolor ya no abandone el cuerpo e impida sentir otra cosa que no sea ese mismo dolor, aunque esté justo a tu lado, en estrecho contacto con tu piel.

Es mejor así. Continuar sin darse cuenta de nada. Porque el que mire hacia abajo verá que todos los escalones son iguales, que nada permite distinguir uno de otro. Que llegue a donde llegue el resultado va a ser el mismo. Que no hay ningún sentido en seguir ascendiendo, marchando, viviendo

Y cuando esa idea entra en la cabeza, ya no hay nada que pueda expulsarla.

Ni siquiera la consciencia, la certeza de que pensar así y actuar en consecuencia lleva a la muerte.

O a algo aún mucho peor, que esa filosofía equivale a ser un muerto en vida, alguien que ha perdido todo lo que le identificaba y representaba, todo lo que le hacía reconocible, importante y necesario ante los demás.

Todo lo que hacía de él un individuo, todo lo que le permitía vivir.


miércoles, 15 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 1)

"Ist Ihnen noch nicht eingefallen" sagte er (Ulrich) "dass heutzutage merkwürdig viel Menschen auf der Strasse mit sich selbst reden?
Tuzzi zucket gleichgültig die Achseln.
"Etwas stimmt mit ihnen nicht. Sie können offenbar ihre Erlebnise nich ganz erleben oder in sich einleben und müssen Reste davon abgeben. Und so, denke ich, entsteht auch ein übertriebenes Bedürfnis, zu schreiben"

"¿No se le ha ocurrido aún" - dijo (Ulrich) - "que es notable cuantas personas actualmente van por la calle hablando consigo mismas?"
Tuzzi se encogió de hombros, indiferente.
"Algo no está bien en ellos. Esta claro que no pueden experimentar completamente sus vivencias o disfrutarlas en su interior y se ven obligados también a renunciar al resto. Y de eso mismo, creo yo, proviene una exagerada necesidad de escribir. "

En círculos.

Algunos escritores, cuando redactan su obra, tiene perfectamente claro que quieren ir de A a B. Da igual el número de páginas que les lleve, 10, 100 o 1000, de igual el número de tramas secundarias que acumulen, el número de disgresiones en que se pierda. Todo, hasta los elementos más ínfimos, está orientado y preparado a llevar al lector de A a B, quiera o no.

Escritores, en definitiva, que a pesar de toda su riqueza lingüistica e idológica, no dejan de ser propagandistas de una tesis. Personas convencidas ya de antemano, que sólo buscan convencer a los demás, y a los que los argumentos contrarios, por muy demoledores que sean, sólo servíran para confirmarles en su creencias.

Para mantenerles en su ceguera, en definitiva.

Robert Musil, en Der Mann ohne Eigenschaften, no es de estos escritores. Cuando se lee su novela, cuando se llevan ya cientos y cientos de páginas de su prosa en el cerebro, empieza a darse uno cuenta de que no existe el B, de que la novela puede haber partido de un A, de un lugar y unas circunstancias determinadas y precisas, pero que se está dirigiendo a ninguna parte, que no sigue, como otras, un camino prefijado que se abandona, de vez en cuando, para hacer alguna que otra excursión, tras la cual volver al camino abandonado, sino que vaga en círculos alrededor del punto de partida, acercándose y alejandose de él, pero sin perderlo de vista, como polilla que revolotea alrededor del foco que la ha atraído.

Este vagar y revagar, este moverse en círculos alrededor del mismo punto, revisándolos, revisitándolos una y otra, lo que en otro sería una confesión de impotencia y de falta de ideas, en Musil, muy al contrario, es una muestra de su genialidad, aunque él odiaría ver esa palabra aplicada a su obra.

Porque lo Musil consigue es un algo casi imposible, el crear la ilusión de que el lector y el autor están descubriendo al mismo tiempo el mundo que se describe en la novela.

Todo aficionado a los libros conoce ese placer que sólo ellos pueden dar, el adentrarse en el pensamiento de otra persona, descubrir un punto de vista extraño al nuestro, sorprenderse al toparse con opiniones que no habíamos sospechado, pero pocas veces se encuentra con un autor que es capaz de hacernos creer que él también se está sorprendiendo, dudando, vacilando, en ese mismo momento. Alguién que, como el lector, se enfrenta a un mundo que no conoce, y tiene que adelantar hipótesis provisionales, pergeñar teorías que le permitan dar un sentido a lo que están viendo en ese instante, explicaciones que pueden ser correctas o falsas, a la espera de nuevos hechos que vengan a confirmarlas o a refutarlas.

Pocas novelas hay, por tanto, donde como en ésta se sienta que lector y autor habitan el mismo plano, que comparten, como observadores de la realidad, las mismas dudas y debilidades. Pocas historias hay donde narrador y espectador caminen en círculos alrededor de un mundo en perpetuo cambio y transformación, que convierte, por ese mismo cambio y transformación perpetuas, en hueros y vacíos todos los esfuerzos por sistematizarlo y regularlo.

Pocos autores hay que tengan la sinceridad, el coraje y la técnica como para conseguir transmitir este efecto, esta sensación que experimentamos todos los días pero que no queremos, no nos atrevemos a confesarnos.

La certeza de que el control, el dominio que creemos tener sobre nuestras vidas no es más que una ilusión que toleramos porque nos permite continuar viviendo.

La certeza de que no somos más que polillas volando en círculos alrededor de una lámpara. Polillas que creen volar en línea recta guiadas por la luz del sol.

martes, 14 de febrero de 2006

Reading Dickinson (y 2)

They put Us far Apart -
As separate as the Sea
and Her unsown Peninsula -
We signified "These see" -

They took away our eyes -
They Thwarted Us with Guns -
"I see Thee" - each responded straight
Through Telegraphic Signs.

With Dungeons - They devised -
But through their thickest skill -
And their opaquest Adamant -
Our Souls saw - just as well -

They summoned Us to die -
With sweet alacrity
We stood Upon our stapled feet -
Condemmned - but just to see -

Permission to recant -
Permission to forget -
We turned our backs upon the Sun
For Perjury of that -

Not Either - noticed Death -
Of Paradise - aware -
Each Other's Face - was all the Disc -
Each Other's setting - saw



Vivimos en la época de la publicidad. De un artista no importa lo que escriba, pinte, esculpa o componga, lo que interesa es lo que hay detrás de su obra, lo que la inspiró y motivó. Ni siquiera eso, lo único que atrae al público es la imagen que el artista proyecta al mundo.

Porque vivimos en la época del marketing, un tiempo en que la creación artística no puede concebirse sin el público al que va destinada. Cada creador debe orientarse a un segmento de población, una estrecha cajita de preferencias, afinidades y creencias para la cual crea, concibe y manufactura.... para la cual él mismo se crea, concibe y manufactura.

Así, tenemos artistas jóvenes, que hablan de la juventud, que muestran una imagen de juventud y que, en apariencia, sólo pueden ser entendidos por los jóvenes. De la misma manera, hay artistas homosexuales, que hacen propaganda de la homosexualidad y sólo pueden entender los homosexuales. O por continuar una lista infinita, artistas progresistas, artistas rebeldes, artistas tradicionales, artistas clasicos, artistas cristianos, artistas multiculturales, artistas musulmanes, artistas marineros, artistas montañeros, artistas submarinistas, artistas espeleólogos, artistas tuertos, artistas cojos, artistas mancos, artistas zurdos, así hasta el infinito

Todos con una etiqueta, pesada como rueda de molino, colgada al cuello, intentando distinguirse los unos de los otros, aunque sea imposible decir quién es quién, dándose codazos por conseguir entrar en el foco de luz, aunque sólo sea un instante, para hablar a los suyos, para hablar de los suyos, para que los suyos hablen de ellos.

En medio de toda esta confusión, ningún artista que hable, o que siquiera pretenda hablar, de los seres humanos. Ninguna voz que se dirija a todos.

En medio de esta confusiuón, ¿quien podría entender a Emily Dickinson? Alguien que se aparta del mundo, alguien que rehuye todo lo que a los demás les parece primordial, imprescindible, irrenunciable. Alguien que oculta su vida tras un velo de secreto, espeso e imprenetable, apenas visible a retazos en sus versos, y estos mismos nunca destinados a la publicación, sino escondidos y acumulados año tras año, a expensas de cualquier accidente que los hiciera desaparecer, amenazados por la muerte de su creador, porque alguien considerase esas hojas manuscritas como los garabatos de una persona alienada y frustada, las divagaciones de un anormal y las consignase al fuego, para no avergonzarse ni manchar su memoria.

Porque... ¿Qué experiencia de la vida puede tener quien se ha negado a vivirla? ¿Qué conocimiento del amor aquél que nunca lo ha disfrutado? ¿Qué visión de la amistad, el cariño y la compañía, aquél que siempre ha vivido solo?

Y sin embargo, con una única ilustre excepción, cuando todas las voces de sus contemporáneos se han acallado y enmudecido, cuando verso tras verso, poema tras poema de aquella época suenan a hueco a falso y a vacío, la voz de Emily se torna cada día más sonora y poderosa, la de alguien, como dije antes, que siempre estará contigo, la de alguién que se convierte en breviario de tu propía vida, en consuelo de tu soledad.


Y piensas... llegará un día en que nuestros conflictos, los que nos llevan al enfrentamiento, a la lucha, a la destrucción y la guerra se hayan desvanecido. Un tiempo en el que sólo sirvan para aburrir a los niños en la escuelas.

Quizás en ese día, el nombre que nos represente ante el futuro, sea el de un desconocido absoluto.

Algún solitario como Emily para sus contemporáneos