martes, 5 de octubre de 2021

Tesoros arqueológicos de Rumanía, Exposición en el MAN

Casco Celta hallado en la actual Rumanía
 

Se acaba de abrir, en el Museo Arqueológico Nacional, una exposición magnífica. Su nombre es Tesoros arqueológicos de Rumanía y traza la historia de ese país desde la prehistoria hasta los primeros siglos de la Edad Media. Su interés está tanto en el valor de las piezas expuestas -como el casco celta que pueden ver arriba o la estatua de Glycon que pueden encontrar abajo- como en el buen criterio con que se muestran. Sin olvidar que nos acerca a una región de Europa que apenas figura en nuestra memoria colectiva -salvo por la reciente emigración `procedente de ese país-, pero que tiene un interés especial a la hora de entender el Imperio Romano. Entre otras cosas, por demoler muchos de los prejuicios referentes a esa época en los que hemos sido educados. 

Por centrarme en dos de ellos. Lo único que en España alcanzamos a conocer de Rumanía -fuera de Vlad el Empalador- es que, a principios del siglo II de nuestra era, el emperador Trajano conquistó allí el reino de Dacia, cuya, incorporado luego como provincia del Imperio Romano. Un hecho que quizás tenga más resonancia de lo normal en la historia de ese imperio, dado que un monumento emblemático de la ciudad de Roma, la columna de Trajano, representa precisamente esa campaña. Con unos relieves plenos de detalles, conservados hasta nuestros días sin apenas daños, que han conformado nuestra imagen de las legiones romanas, por ejemplo, hasta que casi ésa sea la única que se representa en las recreaciones modernas del cine, el cómic y la televisión. Otro hecho, quizás menos famoso, pero igual de distintivo, es que el rumano es la única lengua latina que se habla en el este de Europa, casi un fósil lingüístico rodeado de idiomas eslavos.

Noten lo que he dicho al principio: Dacia era un reíno. En la cultura popular persiste una idea muy deformada de los pueblos situados en los confines del Imperio Romano, concebidos como bárbaros vestidos con pieles de animales, que luchaban sin organización alguna y cuyos triunfos eran producto más de la fiereza que de cualquier sutileza estratégica. Sin embargo, hace muchos años, al leer sobre cómo describían los romanos a los Sármatas -otro pueblo que ocupó porciones de Rumanía en los siglos II y III de nuestra era- se señalaba que eran jinetes que cabalgaban en formación cerrada enarbolando gallardetes y banderines. En concreto, unos estandartes -similares al casco celta de arriba- que representaban animales y que remedaban sus movimientos cuando los jinetes cargaban. Detalles que denotaban una cultura refinaba que contradecía esa etiqueta de bárbaros sin civilizar que les aplicaban los romanos.

Lo cierto es que la influencia de las culturas del Mediterráneo -ya desde los tiempos de la Grecia Clásica- había ido provocando transformaciones cualitativos en los pueblos cercanos de Eurasia. No por la fuerza o la amenaza de las armas, que sólo contribuía a acelerar fenómenos preexistentes, sino por el comercio a larga distancia. Así, las tribus aisladas germanas que César encontró en el siglo I antes de Cristo, se habían transformado en el siglo IV  de nuestra era en poderosas coaliciones -como la de los Alamanos- que no tenían reparos en invadir el territorio romano y retar a las regiones a combatir en campo abierto. De igual manera, en Rumanía, en los siglos a caballo del inicio de nuestra era, se había constituido el poderoso reíno de Dacia, con capital en Sarmizegetusa. Un estado tan seguro de su poder que, durante el reinado del emperador Domiciano, derrotó a las armas romanas e impusó el pago de un tributo al Imperio. Luego, durante el reinado de Trajano, el sometimiento de Dacia exigió largos años de combates inciertos, además del uso de ingentes recursos militares.

Estatua del dios Glicón

Este hecho nos muestra el gran dilema -y problema insoluble- del imperialismo romano. Su propia estructura le llevaba a expandirse sin término, para obtener botín y esclavos con los que mantener en marcha su economía. Sin embargo, dadas las dificultades de comunicación y transporte de cualquier Imperio premoderno, esas conquistas no podían mantenerse indefinidamente. Llegado un momento, se hacía preciso trazar una frontera que sirviese de límite entre romanos y bárbaros, pero que a su vez exigía una defensa activa que consumía ingentes recursos, ya fuera en forma de defensas fijas o incursiones de castigo que deberían repetirse, de nuevo, de manera indefinida. Cada vez que un emperador ascendía al trono, debía ganarse el título de germánico o pártico cuanto antes, si no quería ver caer su prestigio.

Por supuesto, esto impedía cualquier arreglo entre el Imperio y los pueblos limítrofes, que se iban tornando cada vez más hostiles al Imperio. Deseoso de humillar una potencia que libraba guerras contra ellos sin cesar. Tanto más cuanto que el Imperio, en su expansión, había eliminado todos los estados tapón que servían de protección -o al menos amortiguación- frente a posibles enemigos externos: no sólo la Dacia de Decébalo, sino el reino de Armenia en Anatolia, los de Comagene y Osroena en Mesopotamia o las confederaciones celtíberas y lusitanas en Hispania. De ahí que, desde la crisis del siglo III -o incluso un poco antes, ya desde finales del siglo II- la política de defensa romana optase por el abandono de provincias indefensibles: el norte de Britania por encima del muro de Adriano, el sur de la provincia de la Mauritania Tingitania, el Limes Renano entre el Rin y el Danubio o la Misma Dacia.

El caso de Dacia es ejemplar a la hora de ver los problemas que los romanos tenían para visualizar el mundo y dirigir su política. La provincia de Dacia era de defensa muy problemática: al norte del Danubio, estaba expuesta por tres lados a los ataques, sin que las montañas del arco Carpático le sirviesen de protección. Resulta llamativo que entre las provincias de Panonia y Dacia los romanos dejasen un espacio sin controlar -la parte oriental de la llanura húngara- por la que podían colarse las incursiones sármatas. El dominio romano sobre Dacia, por consecuencia, duró menos de dos siglos, por lo que lo lógico hubiera sido que la impronta de la civilización romana se desvaneciese sin dejar rastro, como ocurrió en Inglaterra o las zonas de Alemania controladas por el Imperio Romano -Germania, Retia, Norica y Panonia-, tras la caída de su sección occidental.

A pesar de esto, Rumanía continuó perteneciendo al ámbito latino. Su lengua, como les indicaba al principio, desciende del Latín, mientras que en las regiones aledañas se hablan idiomas eslavos o húngaro. La razón última sigue siendo hipotética, pero parece ser un producto del imperialismo romano: la guerra sin cuartel contra los Dacios debió alcanzar rasgos de exterminio, de manera que hubo que repoblar la región con colonos procedentes de otras regiones del Imperio. Esa substitución de poblaciones debió de ser de tal magnitud que permitió que la romanización -o al menos la lengua- perviviese en la región a pesar de la multitud de pueblos -godos, hunos, ávaros, búlgaros, pechenegos, mongoles, cumanos- que cruzaron la región. 

Y esto es sólo uno de los muchos aspectos que se pueden ver en esta exposición única.



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