martes, 14 de marzo de 2017

Anfibios


Mientras algunas instituciones expositivas vuelven una y otra vez a los impresionistas - o se convierten en adalides de conservadurismos pictóricos que dicen redescubrir emocionados -, otras se centran en cartografíar las regiones en penumbra del arte contemporáneo. Una tarea elogiosa en la que brillan el MNCARS, con su acento en el arte post 1945, y la fundación Juan March, centrada en las vanguardias históricas.

En el caso concreto de la Fundación March, esta institución ha buscado hacer visible la obra de artistas que podríamos llamar de "segunda fila". No porque su trayectoria no sea importante dentro de las vanguardias, en algunos casos es claramente central, sino porque ha quedado en la penumbra. Así, en los últimos años se ha podido conocer la figura de Depero, ilustrando la popularización y comercialización del Futurismo en la Italia Fascista, o  la de Deineka, como adalid y "director" del Realismo Socialista soviético, aunque en ambas se haya preferido barrer las connotaciones y consecuencias políticas bajo la alfombra. Más interesante ha sido la recurrencia en trazar la historia de la Bauhaus y su pervivencia en el arte de la segunda mitad del siglo XX, tanto en la obra de Max Bill, apostol de las ideas de Kandinski, cuyas obras editó, y de la abstración geométrica pura, así como en la figura de Josef Albers, profesor desde el primer momento en la Bauhaus y artista obsesionado con las relaciones tonales entre los colores.

Dentro de ese recuerdo de la Bauhaus se encuadra exposición recientemente abierta, dedicada a Lyonel Feininger, quien fue profesor de esa institución desde sus orígenes. Sería, por tanto, una figura comparable a Albers o a Oskar Schlemmer, con quienes su arte comparte un aire de familia, pero con una importante diferencia. Feininger es un artista anfibio, una personalidad expansiva cuya creatividad no podía quedar restringida a un único ámbito. Así, además de su importante contribución al expresionismo geométrico, casi abstracto, tan característico de la Bauhaus, Feininger fue también un gran dibujante y grabador - casi mejor en esas técnicas que en la pintura -, lo que le llevó al mundo de la caricatura de prensa y, sorprendentemente, al cómic. 

Su contribución se produjo cuando ese nuevo arte apenas había acabado de nacer, en 1910. En ese año Feininger creo sus series Kin-der-Kids y Wee Willis Winkies World, obras revolucionarias donde la aportación de este artista no se limita a la de pionero de esa a nueva forma, sino a introducir en ella los modos de la vanguardia. Algo que el cine, nacido casi al mismo tiempo, tardaría aún mucho en ver, hasta la década de los 20.



 Esta doble vertiente de Feinining, como autor de cómic e impulsor de la vanguardia "tradicional",  ha provocado que el público de esta muestra sea más variado que el de otras ocasiones. No es ya que los aficionados al cómic se hallan apartado de sus caminos habituales y extraviado hasta las salas de los museos - claramente algunos era la primera vez que visitaban la Juan March -, sino que la edad media de los visitantes era claramente baja. Un fenómeno que no creo haber presenciado nunca en una exposición, ni siguiera cando yo era también joven, hace ya demasiados años y comenzaba a aventurarme en estos mundos del arte.

Sin embargo, y me temo que para la desilusión de estos aficionados, la contribución de Feininger al cómic ocupa apenas una sala, ocupada además en gran parte por su trabajo de caricaturista de prensa. Esto se debe a que la obra tebeística de este artista es muy breve: las dos series apenas ocupan unas cincuenta páginas en la edición de Fantagraphics. Ambas quedaron sin concluir, sin que me atreva aventurar la razón. Si quizás el desapego del público - aunque ambos comics se lanzaron a bombo y platilllo - o que Feininger decidiera aventurarse por otros derroteros, en concreto la enseñanza pedagógica de la vanguardia, como hizo en la Bauhaus.

Como pueden imaginarse, el resto de las salas estaban mucho menos repletas. A medida que avanzaba las multitudes acelaraban el paso y se dispersaban. Una pena, porque en esas salas, precisamente, se podía disfrutar del Feininger dibujante y grabador, faceta en la que fue uno de los grandes de la época y para la que estaba más dotado que para la pintura. Aunque no es que ésta desmerezca mucho  a aquélla. En sus mejores obras, en sus marinas y sus paísajes urbanos, crea unos universos inquietantes que van mucho más allá de sus raíces expresionistas y cubistas.

Que no se limitan a ser un ejercicio de estilo, ni un ejemplo pedagógico, frío y distante, reproche extensible a toda la vanguardia. No, en sus obras da la impresión de que la realidad retratada es un mero telón teatral, que su superficie se agita, traicionando un otro mundo invisible. Que en cualquier momento esa barrera podría desmoronarse, para entregarnos, sin defensas, a la auténtica verdad.