jueves, 9 de marzo de 2017

Cine Polaco (VIII): Austeria (La posada, 1983) Jerzy Kawalerowicz














Viendo las películas polacas que forman parte de la recopilación realizada bajo los auspicios de Martin Scorcese, me he dado cuenta de mi absoluto desconocimiento de la literatura de ese país. Gran parte de los filmes seleccionados se basan en novelas de gran fama allí, tanto clásicas como contemporáneas, de manera que parte de la impresión que me causan las películas que estoy viendo se traduce en querer leer las novelas originales. No por comprobar si la obra literaria es mejor que la visual, polémica estéril y huera donde las haya, sino por completar el cuadro. Por determinar si tal o cual personaje estaba más o menos desarrollado en un formato y otro, por si sus peripecias continuaban o habían sido recreadas.

Esas posibles disonancias entre los escrito y lo rodado no se deberían a problemas de adaptación. Es bien sabido que la exigüidad del tiempo fílmico obliga a realizar profundos cortes o a construir una historia distinta sobre similares ideas argumentales. Se trataría, en cambio, de una necesidad hecha virtud, porque algo distintivo del cine polaco de tiempos de la guerra fría es su carácter enigmático. Se tiene siempre la impresión de que por detrás de lo visto se está narrando otra historia muy diferente, de la cual se van dejando, aquí y allá, pistas esparcidas, que a buen seguro un lector de las obras originales - ni siquiera eso, alguien perteneciente al mismo ambiente cultural - sabría descubrir al vuelo. 

Austeria, la película de Kawalerowicz que les comento hoy basa su poder de fascinación, visto desde occidente, en ese carácter intrigante. Empieza ya por su propio título, de resonancias fascinantes que remitían a una austeridad de la que no hallaba las huellas en la cinta. No imaginaba, hasta que me he puesto a escribir estas líneas, que esa palabra tenía una traducción tan profana y vulgar como posada. Sin embargo, ese carácter enigmático que empapa toda la duración de Austeria no se debe a que su peripecia sea complicada, abunde en símbolos o plantee enigmas irresolubles. Ni siquiera a que a través de ella se realice una crítica de la actualidad contemporánea

Por el contrario, su trama es engañosamente simple, reducida a un periodo de doce horas, una tarde, una noche y una madrugada, en el interior de una posada a las afueras de una ciudad polaca sin identificar. Allí, debido al estallido de la primera guerra mundial y el avance de los ejércitos russo en lo que entonces era el Imperio Austrohúngaro, se van a reunir una serie de fugitivos. Todos de origen judío, excepto un par de excepciones, a los que une, aparte de residir en esa ciudad anónima, el miedo a los desmanes de las tropas rusas. Un país famoso, en aquel entonces, por sus pogroms sangrientos contra los guetos judíos.

Ellos se conocen entre sí, cierto, pero nosotros no. Excepto algunos flashbacks aislados, en su mayoría descriptivos e impresionistas, y un misterioso flashforward que puede tomarse como ensoñación o alucinación del protagonista,. apenas se nos explica nada de las relaciones anteriores entre esas gentes. Queda como labor del espectador, al igual que tantas otras películas de los países del este comunista, el reconstruir la trama, participar de forma activa en una postproducción de la película,que se realizaría en su propia mente.

Porque al final, y de ahí mi deseo por leer las obras originales, hemos sido testigo de un breve periodo de las vidas de los personajes, pero no sabemos casi nada de sus orígenes y de sus destinos. Sí que se traslucen motivaciones, conflictos y posicionamientos, jerarquías sociales, como el abismo que separa a los judíos que pretenden occidentalizarse, tornarse gentiles, y los que quieren mantener a ultranza las constumbres heredadas. O el cisma que se adivina entre esos mismo conservadores, entre aquellos, como el propio dueño de la posada que da título a la película y donde se desarrolla la acción, para quien la fe no debe constituir un obstáculo para vivir en un mundo que sólo se deja entender y controlar mediante la razón, mientras que otros, como el grupo de judíos hashiditas que busca refugio en esa posada, prefieren esconderse en un mundo soñado, en una fe eterna e intocable, jamás afectada por el tiempo, pero que les hace insensibles al sufrimiento de sus semejantes.

Un conflicto a muchas bandas del que, de nuevo, no se desprende crítica, o si la hay es sútil hasta casi ser enrarecida. Porque lo que realmente trasciende es una nostalgia dolorida. Al igual que hacía Has en Sanatorium pod klepsydra, que ya les comentado, Kawalerowicz intenta reconstruir en imágenes un mundo y una cultura ya desaparecida: la del judaísmo en Polonia, erradicado por la locura nazi. Un esfuerzo que tiene un punto de locura, de obsesión paranoica, en la que se deja de lado la narración, la historia o el mensaje, para quedarse simplmente con una ilustración más real que la propia realidad. Aunque nadie quede para confirmarlo 

Un vacío incolmable, una ausencia irreparable que se traslada al propio interior de la película. Donde la muerte, se nos insinúa, acaba por extender su dominio a todos los personajes, en clara anticipación de lo que habría de suceder tres décadas más tarde.