jueves, 13 de agosto de 2015

El arte de ver y de hacer ver (y IV)






























Como ya les he comentado/adelantado en entradas anteriores, el cine de Stan Brakhage posterior a 1980 se caracteriza por un giro radical hacia la animación, aunque anticipos/presagios de ese cambio cualitativo se pueden hallar ya en obras anteriores.

Esa metamorfosis hacia la animación es sorprendente en un cineasta experimental que hasta entonces había tomado la realidad, la búsqueda de los detalles invisibles/inadvertidos, como punto de partida y signo característico de su obra. Como se puede imaginar, no todo admirador de Brakhage, especialmente, me temo, aquellos más cercanos intelectualmente a las tesis de la cinefilia francesa, ha sido capaz de seguir al creador americano en ese nuevo camino suyo, o de apreciar estas obras animadas en la misma medida que sus obras más "reales", más ancladas en la realidad.

Parte de ese rechazo se debe, obviamente, a la imposibilidad de describir en palabras lo que "sucede" en los cortos animados de Brakhage. En otras obras suyas, las más "realistas", podemos identificar objetos concretos, atribuirles un simbolismo cultural, establecer relaciones de atracción o repulsa entre ellos, construir un universo icónico/semántico donde poder orientarnos, para luego compararlo con las intenciones del autor... porque si algo caracteriza a este cineasta americano es su disposición a compartir con su público las motivaciones y razones de sus obras.

El Brakhage animado, por el contrario, es esencialmente abstracto, un creador que reduce su obra a la yuxtaposición de colores y formas, que elimina de ella toda imagen que pueda recordar, parecer, ser traducida, en objetos perceptibles. Alguien y algo, en definitiva, que busca no ser explicable, que se afana en no ser inteligible, lo que no significa que no pretenda causar un efecto sobre nuestros sentimientos, sobre nuestras percepciones e ideas, como bien demuestra que todos estos cortos estén anclados en sucesos concretos de su biografía, en obras literarias, en objetos artísticos. Referencias y fundamentos que nos pasarían inadvertidos, si no fuera porque  el autor,de nuevo, no tiene reparos en compartir esa trastienda de la creación con nosotros. Es más, lo considera su deber, una acción propia de personas bien educadas.

Ver un corto animado/abstracto de Brakhage es así un doble ejercicio interpretativo. Por un lado, intentar crear uno mismo, partiendo de la inundación cromática, del caos absoluto que son sus cortos, un estado sentimental, una impresión personal y privada que haga referencia, dentro de nosotros, a esa dinámica exterior de la obra, a esa posible serenidad/euforia/conflicto/armonía/ascenso/declive. Luego, compararlo con lo que el autor nos cuenta, para descubrir lo equivocados que estábamos y, al mismo tiempo, lo acertadas que eran nuestras especulaciones.

Así en el corto Untitled (For Marilyn) de 1992, ilustrado al principio de esta entrada, los colores de los sucesivos fotogramas se van tornando cada vez más vivos, más dinámicos,  yuxtapuestos en un montaje cada vez más acelerado, sin que esto suponga carrera hacia el abismo, paroxismo que termine en inconsciencia, sino ascenso sin límites hacia las alturas, euforia, éxtasis y liberación, hasta que la pantalla queda en blanco, vacía y al mismo plena, como si todos los colores se hubieran fundido en la luz y hubieramos alcanzado el paraíso. Sensación última que tiene su reflejo, su origen en el hecho de que el corto de Brakhage no es sino una oda del autor a su segunda mujer, más concretamente, a la nueva serenidad, a la definitiva felicidad alcanzada en ella y en su matrimonio, tras el destructivo divorcio de su primera mujer.

La tonalidad, la paleta, el modo, el clima son totalmente opuestos en Black Ice (1994), ilustrado en las capturas que cierran esta entrada. En él, sobre un fondo de un negro insondable, surgen, fugitivas, formas confusas, normalmente construidas con la gama de colores fríos. Un sentimiento de desolación, de pérdida, de amenaza, se desprende así del corto, aumentado porque, aunque no puedan verlo en las capturas, la composición en movimiento de esos fragmentos aislados produce un efecto de vértigo y vacío, como si nos precipitásemos entre ellas en un abismo sin fondo. De nuevo, correlato oculto de la experiencia vital de Brakhage, ya que debido a un accidente en el hielo, se golpeo la cabeza y estuvo a punto de perder la vista. Un miedo y una experiencia perfectamente ilustrados en esta obra, donde la obscuridad es soberana, mientras que las pocas formas visibles apenas surgen un momento de ella, para enseguida desvanecerse.