miércoles, 19 de agosto de 2015

El arte de ver y de hacer ver (V)





































Si hay un cineasta que merezca el término de poeta o poético, ése es Stan Brakhage. No porque intente reflejar en imágenes una belleza esterotipada, identificable, accesible, compartida, y por eso mismo, fácil e irrelevante; sino porque toda su obra es una continua indagación de nuestros modos de ver y de percibir, una búsqueda mediante y a través de las imágenes en pos de una vía hacia la trascendencia, hacia lo oculto e invisible tras nuestra experiencia cotidiana. Así, Brackage se sitúa en el mismo ámbito estético que la poesía contemporánea, para la que las palabras se les quedan cortas, el lenguaje, herramienta inútil, sin que quede otro remedio posible que hacerse ininteligible para poder así expresarse con toda exactitud, con toda propiedad. Razón última ésta de todos los ismos, de todos los experimentos, de todas las vanguardias.

El modo elegido por Brakhage, su evolución del cine de imágenes capturadas a la abstracción se hace así de una claridad cristalina, de una lógica rigurosa. No le quedaba otro camino, otra posibilidad que ésa, si quería describir y transmitir lo inefable. De esa misma manera, como muchos otros poetas líricos, la obra del cineasta americano es refractaria e indiferente a la política, entendida como el combate cotidiano entre diferentes posturas/partidos. Su terreno es, por el contrario, el del mito y el de la metafísica, el de las leyes y las normas que rigen la conducta humana, el de todo aquel rasgo que es característico de la cultura/existencia humana, aplicable, por tanto, tanto al cazador/recolector paleolítico como al urbanita tecnificado del siglo XXI.

Esto no quiere decir que Brakhage sea apolítico, con todas las connotaciones negativas y repelentes de ese concepto. Lo que ocurre es que, salvo excepciones, sus posicionamientos políticos no se reflejan en su obra cinematográfica. Salvo muy contadas excepciones, repito, como es el caso de 23rd Psalm Branch de 1967, un alegato airado contra la guerra de Viet-Nam y la militarización creciente de la sociedad americana, que amenazaba, en opinión de Brakhage, con resucitar los horrores de la segunda guerra mundial. Esta vez, debido a la actuación deliberada de los EEUU, capaz de los mayores crímenes por defender una libertad que nunca se hacía realidad.

Aunque estas intenciones son claras, no hay nunca nada obvio o predecible en la manera en que el cineasta americano aborda sus temas. 23rd Psalm Branch, curiosamente, es una película motivada por el conflicto de Viet-Nam donde no aparece ninguna  imagen de ese país ni de la guerra que lo asolaba. La intención de Brakhage no es determinar las causas de ese conflicto, ni la razón/falsedad de la intervención americana en esas tierras. Lo que el se propone, por el contrario, es rastrear, hacer visibles para poder así denunciarlos, los rasgos de la naturaleza humana que nos llevan a la violencia, a resolver nuestros conflictos políticos, sociales e ideológicos mediante el expedito modo de blandir el garrote más gordo.

Las imágenes que Brakhage utiliza son, por tanto, todas de archivo, fragmentos recosidos de films de otro conflicto anterior, de esa Segunda Guerra Mundial que en el imaginario del siglo XX se ha tornado en el epítome de todos los horrores, de toda abyección y bajeza, del mal por antonomasia, encarnado en el nazismo. Una guerra que, a pesar de todas las excusas, a pesar de que había que librarla para exterminar los totalitarismo de derechas, fascismos, nazismos, militarismo, no fue otra cosa que un continuo matar, sin tregua ni descanso, que acabo dejando el mundo entero en ruinas, cubierto de cadáveres.

Frente a este horror continuo y ilimitado, del que se perdió la noción de su principio y cuyo final parecía que nunca iba tener lugar, la actitud de Brakhage es la misma que en la posterior The act of seeing with one's eyes (1971): obligarse a mirar y, de ese mismo modo, obligarnos a nosotros. Un acto de violencia/violación estético por el que se nos fuerza a contemplar una secuencia interminable de actos de muerte y destrucción, desprovistos de toda excusa o justificación, de cualquier referencia a bandos concretos que nos permita identificar víctimas o verdugos. Desprovistos de todo refugio, de toda protección intelectual que nos permita abstraernos, desapegarnos, de esa realidad lo único que presenciamos es el horror más crudo, constación inapelable de que esa locura pertenece inseparablemente a nuestra naturaleza, que habremos de repetirla una y otra vez, siempre que se nos dé ocasión, inevitable e indefectiblemente.

No obstante, no se puede mirar al abismo de forma permanente, si queremos seguir siendo nosotros mismos. Así, poco a poco, la resistencia y capacidad de Brakhage para mirar y mostrar esa inagotable secuencia de horrores se va cuarteando y descomponiendo. Sin quererlo, se ve obligado a apartar la mirada, único medio para que su razón, su equilibrio y su cordura no sucumban al terror primordial, que conduciría a la muerte del intelecto. Buscando una salida, la exposición en imágenes de Brakhage se puebla de fotogramas en negro, que le permitan un breve descanso, reponerse antes de continuar. Intentando hallar una conclusión, la que sea, parte la pantalla en diferentes secciones, cada una con un fragmento de matanza, para así poder transitar más rápido por ellas, acabar esa revisión cuanto antes, mientras aún le queden fuerzas, antes de derrumbarse definitivamente.

Pero no hay remedio, las atrocidades nunca tienen fin. El propio Brakhage se declara vencido. No puedo continuar, escribe en la pantalla, y el análisis queda interrumpido, inconcluso.

Para no admitir que sólo hay una respuesta al problema. Precisamente la que nunca querremos aceptar.