sábado, 4 de agosto de 2012

Loop





















Aparentemente, RR, una de las dos últimas películas rodadas por James Beening en 16mm, es de una sencillez extrema. Su estructura se reduce a una serie de secuencias rodadas con la cámara fija en las que se registra el paso de un tren por entero, desde que entra en el plano hasta que sale. La dificultad, tanto para el director, como para el espectador, estriba en que este material se presenta sin comentario alguno que indique dónde se han rodado estas imágenes - aparte de en diferentes lugares de los EEUU - o cual es la carga, destino o importancia de estos trenes, de forma que por una parte el espectador debe sacar sus propias conclusiones, mientras que las intenciones del director al presentar ese material quedan completamente ocultas, permitiendo que se puedan extraer conclusiones completamente opuestas.

 Desgraciadamente, las notas que siguen están contaminadas porque tras ver la película escuche una larga conversación con el director (alrededor de 20 minutos) , con lo que inevitablemente su pensamiento se filtrará en mis conclusiones. Sí que puedo decirles, que como siempre, Benning intenta que recordemos como se veía el mundo antes que el multimedia nos enseñase a verlo en términos cinematográficos. Entre mis recuerdos de la infancia se hallan como para pasar de alguna manera los largos días de verano, mi abuelo me llevaba a la estación del pueblo, simplemente para ver los trenes, fueran de pasajeros o de mercancías, actividad en la que se mezclaban tanto el intento de adivinar cómo sería ese tren en concreto, cuantos vagones tendrían, qué transportarían, así como pensar en su destino, como serían esos lugares desconocidos a los que se dirigiría, que utilidad tendría allí lo que transportase, qué les esperaría a sus pasajaros cuando llegase a la estación en la que se apeasen.

Clara romatización, por cierto, de lo que Benning califica como espina dorsal del capitalismo moderno, el que permitió llevar pasajeros y mercancías de forma rápida y barata de un lado a otro del mundo, pero una romatización que el propio autor también comparte y admite. De hecho, mientras veía pasar estos trenes, interminables los unos, minúsculos los otros, hechos pedazos algunos, completamente nuevos los menos, no dejaba de preguntarme por su utilidad, por su cargamento, e intentaba adivinar su historia en por la forma de sus vagones. Lo primero que me llamó la atención fue precisamente que casi todos, excepto uno o dos, eran trenes de mercancias, como si el tráfico ferroviario de pasajeros hubiera sido abolido en los EEUU, lo cual debería sorprender a todo aquel que recuerde las películas del Hollywood clásico, con su fijación por las tramas en los trenes. Lo cierto es que el tráfico aereo y el automovil ha subsituido completamente al ferrocarril y como Benning nos recuerda, apenas quedan ya unas cuantas líneas, fueras de las que llevan diariamente a los trabajadores de sus domicilios  a sus trabajos y viceversa.

Curiosa y extraña extinción y pervivencia, porque si bien el tráfico de pasajeros es inexistente, el de mercancias es aún capaz de hacer la competencia al camión, aunque sólo para aquellas mercancías de gran volumen o peso. Así, estos trenes de mercancias apenas tienen los típicos vagones de carga, aquellos que en las películas eran utilizados por los vagabundos como transporte, sino lo que vemos son vagones para transporte de combustible o de áridos, sea arena o grano, pero especialmente, inmensos trenes porta contenedores, como si existiese una cadena ininterrumpida desde los barcos y los puertos, a los trenes que los transportan a los centros de distribución.

Por otra parte también llama la atención lo abigarrados que son muchos de esos trenes, en los que alternan vagones de diferentes tipos, sin ningún orden ni patrón aparente, hasta que uno repara que esos trenes son en realidad la composición de muchos convoyes, unidos para cruzar el país de un extremo a otro y que luego seran descompuestos en unidades menores para la distribución en destino, de forma que ese desorden en realidad es un orden para facilitar su reparto. Frente a estos trenes, en los que se puede descubrir cierta humanidad, hay otros de una uniformidad perfecta, con vagones de mercancías de nuevo tipo, completamente nuevos y con el mismo logo reluciente en todos ellos. Al verlos, no podía evitar un cierto temor, pues esa regularidad imposible delataba inmensas empresas, casi de película de ciencia ficción, cuyos fines y objetivos eran imposibles de adivinar, ocultos como estaban en esa imagen única, y que dejaban sospechar lo peor.

Una derivación política, la de la empresa no como promotora del desarrollo y progresos social, sino como entidad egoista que busca sólo su propia pervivencia a cualquier precio, que quedaba insinuada por los leves insertos sonoros que Benning incluía aquí y allí, como la lectura del librio del apocalipsis o el discurso de despedida de Eisenhover, advirtiendo a EEUU contra la tentación imperial implícita en su complejo militar/industrial, capaz de promover las guerras sólo por mantenerse a sí mismo.