domingo, 12 de agosto de 2012

100 AS (C): Flux (2002): Christopher Hinton


















Aunque parezca mentira, he llegado al final de la lista de cien mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy hace ya unos años. No será la última entrada, puesto que me queda aún un corto de la lista B y un pequeño epílogo, con las conclusiones de estos dos años de reseñas, lo cual me ocupará los siguientes dos domingos. Por ahora, me voy a limitar el corto número 100, Flux, realizado en el año 2002 por Christopher Hinton para la NFB (no creo que necesiten que les explique otra vez qué es la NFB ¿no?)

Flux es un corto excelente para concluir la lista, especialmente porque nos recuerda la falsedad de uno de los errores más comunes en la apreciación de la animación: el de su belleza basada en la perfección técnica. Como ya saben, este dogma tiene su origen en la victoria del Disney sobre su competidores hacia 1940, lo que convirtíó a su estilo en el estilo dominante, con tanta fuerza que más de 70 años más tarde seguimos viendo la calidad de la animación con las gafas del estudio del ratón, por muy sofisticados, subversivos o postmodernos que nos creamos.

El corto de este domingo se aparta violentamente de los ideales Disney y elige la fealdad como su marco expresivo, reduciendo a sus personajes y el espacio que lo habitan a meros garabatos infantiles, manchas de tinta móviles, donde las leyes de la proporción o de la perspectiva no son validas. Ni siquiera la historia que se cuenta se salva de esta demolición de todas las reglas, puesto que hasta muy avanzado el corto, el espectador será incapaz de determinar qué es lo que se le está contando o si se le está contando algo, aparte de una serie de anécdotas mal hilvanadas, con tintes ligeramente subversivos.

No obstante esta supuesta tosquedad y torpeza es sólo una ilusión. Sí se observa con atención el corto y, sobre todo, si se le pasa fotograma a fotograma, la auténtica piedra de toque de la buena animación, se observará el cuidado y la precisión con que cada movimiento ha sido ejecutado, utilizando todo tipo de recursos, como la repetición de los elementos en movimiento, la distorsión y elongamiento de los mismos o su difuminación, para conseguir que sea más expresiva e interesante. Es precisamente porque los personajes y su ambiente no son otra cosa que garabatos infantiles o manchas de tintas, que esa expresividad fuera de toda norma sea posible, como cuando un personaje estira el brazo hasta la casa de la que ha salido y se trae todo el edificio hasta donde él está, lo cual estaría prohibido en una animación "realista" como la clásica de Disney o en su heredera 3D, encorsetadas ambas, como ya saben, en la misma perfección de la que presumen.

Es esta libertad absoluta, que convierte el espacio del papel en un ámbito en el que cualquier cosa puede ocurrir, lo que a muchos nos hace amar con locura la animación. Una libertad que no es sólo estética, en cierta manera huera y sin sentido, sino que se extiende a los aspectos temáticos, como en este corto donde siguiendo su aparente desorden visual, los elementos de la historia no se ordenan en una progresión previsible sino que se van arrojando aquí y allá, sin conexión aparente hasta que la mente del espectador es capaz de reunirlos y ensamblarlos como si fuera un puzzle.

Porque lo que se nos está contando es la vieja historia del ciclo de la vida, en la que unos nacen y otros mueren, cambiando así continuamente de actores, pero representando siempre la misma obra.

Como todas las semanas, les dejo aquí con el corto, que lo disfruten y ya saben nos vemos aún dos semanas más.