lunes, 20 de agosto de 2012

A taste of Freedom











Black Lagoon es una de las grandes series de anime que Madhouse produjo durante su década prodigiosa, ésa que ya ha terminado, y que coinciden más o menos con la primera década de este siglo XXI en el que vivimos. Si fuéramos estrictos, esta serie no debería gustarme, ya que los modelos en los que se inspiran son el cine de acción Hollywoodense nacido en los años 80 (ya saben Schwarzenegger, Stallone, Willis y demás) y dominante hasta hoy mismo, pero que para mí constituye uno de los grandes horrores y vergüenzas de la historia del cine, con mi disculpas a todos aquellos colegas cinéfilos  y amistades varias que sé son fans absolutos del género.

Sin embargo, Black Lagoon me fascino en su momento y lo sigue haciendo ahora, seis años después de su emisión, en clara contradicción con mis gustos habituales, lo cual, como verán en las líneas siguientes, explica  bastante de mi afición por el anime y la animación.

En primer lugar, toda animación supone una caricaturización, entendida esta como exageración de los rasgos del modelo real. En el caso de Black Lagoon, la violencia irreal y coreográfica de esas películas de acción, que se quiera o no sigue limitada por la integridad física de los actores, al menos hasta la irrupción de los CGI, es llevada a un paso más allá, fuera de los límites de lo físicamente posible, gracias a la flexibilidad de la animación que consigue hacer creíble lo increíble. Esa translación provoca además que la acción adquiera aspectos de gran guignol, de auténtico circo, que acaba por teñir a los propios personajes, tanto físicamente como espiritualmente, de forma que incluso en las escenas más brutales existe un punto de ironía, de distanciamiento que permite que sean aceptadas incluso por el espectador más timorato, como es mi caso.

Hasta aquí Black Lagoon no habría hecho otra cosa que seguir a sus modelos, exagerando conscientemente sus rasgos, en una evolución que coincidiría con la de esos espectáculos de acción hollywoodienses, cada vez más conscientes de lo que el publico les demanda. No obstante, estas películas americanas siempre presentan una división del mundo entre buenos y malos, entre justos e injustos, de forma que los actos del protagonista, por muy brutales que sean, siempre están revestidos de una cierta sanción divina. En el mundo de Black Lagoon, la ciudad de Roanapur, no existen excusas morales, sino que todos sus habitantes son delicuentes y fueras de la ley, cuyas únicas justificaciones para recurrir a la violencia son el dinero que puedan ganar o la mera supervivencia, sin tener que recurrir a las típicas excusas que utilizan los estados (o las organizaciones que aspiran a serlo) para justificar su acciones terroristas.

El mundo de Black Lagoon, por tanto, está dominado por el peligro y la muerte, sin que ninguna ley, ninguna institución puedan protegernos de ella, sino son las que creemos con nuestra propias acciones. Es ese estado de permanente anarquía, de libertad absoluta, el que lo hace tan atractivo y fascinante para un espectador del mundo civilizado, al igual que ocurría en el pasado con piratas, bárbaros y bandoleros. Puede que ninguno de nosotros quiera cambiar nuestra rutina, nuestra seguridad y nuestra mediocridad, pero la visión de estas personas que no tienen que responder ante nadie y a los que nadie irá a pedir cuentas por sus acciones, supone una vía de escape para nosotros, pequeñas hormigas sometidas a incontables normas, y aprisionados por una inmensa estructura social que nos mantendrá como sus esclavos hasta el día de nuestra muerte.

Por eso, para nosotros, las hormigas que deambulan en su gris laberinto sin salirse nunca del camino prefijado, aquellos que han roto con las normas sociales, viven donde las leyes no llegan y son capaces de ver el auténtico color cegador del mar y del cielo, no puedes ser otra cosa que nuestros héroes, aunque estemos seguros de que entre sus manos, no seríamos otra cosa que víctimas inermes, listas para ser sacrificadas en el altar.