jueves, 22 de septiembre de 2011

Myth
















La primera vez que vi el Orphée de Jean Cocteau, me dejó bastante frio. Comparado con la exuberancia simbólica de sus hermanas, La Sang d'un Poète y Le Testament d'Orphée, me parecía demasiado sobria y contenida, fría y falta de de pasión. Tan poco valor le di que cuando la he revisado el fin de semana pasado, no la recordaba en absoluto y pude gozar de ese imposible, el ver una obra ya conocida con los ojos del que la explora por primera vez.

Digamos que, en 2011, esta obra se podría calificar de postmoderna, al trasladar el mito al tiempo presente y convertir a los personajes principales, Orfeo y Eurídice, en secundarios, vaciándoles de la personalidad transmitida por el mito. Podría pensarse así, que esta obra anticipa el posrmodernismo es cierto, pero como muchos artistas modernistas y como los protagonistas de su película, Cocteau se mueve en una suerte de limbo, en una zona entre dos mundos, en este caso, la vanguardia y el clacisismo, lo que quiere decir que el polígrafo francés aún recuerda la figura de un Eurípides, que como sabe, desmontó y reconstruyó los mitos griegos según le parecían, traicionándolos y al mismo tiempo haciendolos más veraces. De la misma manera, a Cocteau le es imposible olvidar un teatro barroco francés, trufado de tramas de la mitología y de la biblia, pero donde los actores vestían a la moda de su tiempo, adaptándolo por tanto a todos los efectos al tiempo presente.

No obstante, es mucho más importante que discutir la modernidad o la postmodernidad del mito, el reparar en como transforma el mito originario, de manera que aunque sus elementos originarios aún son reconocibles, el resultado final no puede ser calificado de otra manera que de Cocteau, lleno hasta revisar de sus obsesiones.

Es esa traición, à la Euripides, la que me confundió y me hizo rechazar la película, puesto que en esta cinta no queda nada del príncipe de los poetas, capaz de domar a las fieras, ni del amor perfecto que le unía a su esposa. Muy al contrario, Orfeo se nos aparece como un poeta de gran talento en profunda crisis, protegido sólo por su fama de una futura caída, cuyos primeros signos empiezan a aparecer aquí y allí, mientras  que su matrimonio es simplemente una farsa, mantenida por la costumbre. Una separación radical de los elementos originales del mito que provoca que cuando la historia toca una de esas constantes inseparables del mito de Orfeo, suene a falsa y mentirosa, especialmente en el primero de sus dos finales, feliz pero completamente vacío.

Y es que la pasión, la fuerza, el romanticismo a ultranza no se encuentra ni en Orféo, ni en Eurídice, ni en su relación, elementos que acaban reducidos a excusas argumentales para que se desarrolle la auténtica historia, ya que la verdadera pasión amorosa, esa que lleva a la propia muerte por salvar el objeto amado, es el doble enamoramiento de la Muerte por Orfeo, no una muerte cualquiera, sino la propia muerte de Orfeo, ordenada para él desde el principio de los tiempos y que sólo él puede ver, pero que acaba traicionando su misión y siendo castigada de la manera más cruel. Destino que se ve reflejado en el de uno de sus servidores Heurtebise, que por sus servicios sabemos que habrá de convertirse también en una de esas muertes personales, pero que, a pesar de la inquina que siente por su ama, acabará siguiendo sus pasos, enamorado de Euridice.

Doble destino, auténtico motor de la historia, en el que se entrelaza el motivo del viaje a los infiernos de Orfeo, que se describe con poderosos medios poéticos basados en la novísima praxis surrealista y al mismo tiempo de una antigüedad inmemorial, como muestra el ejemplo que he utilizado para las capturas de esta entrada, el paso a través del espejo, del reíno de los vivos al reíno de los muertos.