lunes, 27 de septiembre de 2010

FdI Cuento XII: Año 186 a.C. Roma

Lunes, nueva cita con Forjadores de Imperios. Esta vez nos trasladamos a Roma y el tema es uno de los affaires más desconcertantes de su historia, un suceso que suponemos de extrema importancia, ya que todos los historiadores antiguos lo comentaron en amplitud, pero cuyas causas y auténtica repercusión se nos escapan, debido a esa tendencia de los clásicos, los muy antipáticos, a contarnos los elementos más  novelescos en vez de lo que realmente nos interesaría .

Así que sin más dilación...

Año 186 a.C. Roma.


Ataraxia. No sentir. No padecer. Qué todo lo que acontece pase sobre ti al igual que el agua lo hace sobre la piel. Sin dañarte. Sin afectarte. Sin cambiarte. Qué placer y sufrimiento sean iguales. Qué muerte y vida sean indistinguibles.

Para los griegos ésa es la máxima felicidad. La única alcanzable por el hombre. Así me lo contaron sus filósofos cuando visitábamos Atenas en compañía de Flaminio, tras nuestra victoria en Cinoscéfalos. Me reí entonces de ellos. ¿Qué podían enseñarnos unos vencidos a nosotros?. Precisamente a nosotros, a los que el destino había reservado el dominio del mundo.

Ahora, en el retiro de mi villa de Etruria, no anhelo nada más que ese estado. A veces creo haberlo alcanzado.

Ha dejado de llover, pero aún se escucha el gotear del agua en el impluvium. Salgo al pórtico y desde allí contemplo las colinas que rodean mi villa, cubiertas de trigo aún verde. El viento agita las espigas. Las ondas recorren tumultuosas las colinas. Cierro los ojos e hincho mis pulmones. Mi mente esta vacía, en paz. Vuelvo a abrir los ojos. El viento ha rasgado las nubes. Parches de luz, brillantes, inmaculados, corren sobre los campos. Tan pronto me ciega la luz del sol, limpia y renovada, como me cubren las sombras, refrescantes y acogedoras. Una bandada de alondras cruza sobre mi cabeza, piando. Las sigo con la mirada mientras ascienden en círculos hacia un claro. Azul. Gris. Blanco. Como nunca antes los había experimentado. Como nunca después los veré.

Es sólo un instante. La realidad ha vuelto. Con ella, el dolor y el remordimiento.

Tras las colinas no habita nadie. En millas a la redonda sólo se encuentran ruinas, casas abandonadas, campos sin cultivar. Todos mis vecinos han abandonado la comarca. Sus tierras han sido expropiadas o han tenido que malvenderlas. Las deudas han acabado con ellos.

Si se sigue el camino que lleva a la ciudad se encuentra a los nuevos dueños. Sus tierras, las pocas que aún se cultivan en la región, rebosan de productos, sus precios son baratos. Todo ese éxito se lo deben a ejércitos de esclavos que fertilizan las tierras con su sudor, con su sangre, con sus cuerpos.

Si se viaja por la comarca no pasa mucho tiempo sin que uno se tope con caravanas de hombres. Son nuevos esclavos conducidos a las plantaciones, para substituir a aquéllos que han muerto de agotamiento o de hambre. Un poco más lejos, las caravanas son muy distintas. Se trata de familias enteras de campesinos que han sido arrojados de sus campos. Se dirigen a Roma, donde esperan encontrar, de un modo u otro, el término de sus miserias.

Puedo cerrar los ojos. Puedo abolir el mundo. Puedo circunscribirme a mis colinas, mis trigales, mis nubes, pero no puedo abolir el pasado y mi responsabilidad.

Siempre está ahí, esperándome.



Cuando llegué a la villa del cónsul, en lo alto de la colina del Aventino, un siervo me estaba ya esperando. Su señor, me dijo, aún no había terminado de vestirse, pero no tardaría en recibirme. Mientras, podía esperar en el Atrio. Hubiera debido sentarme, pero sabía que si lo hacía, no tardaría en quedarme dormido. Me habían hecho despertarme pasada la primera vigilia y no había podido pegar ojo desde entonces. Toda la noche la había pasado recorriendo la ciudad y eso, unido al frío que estaba haciendo ese invierno, había terminado por dejarme extenuado. La cabeza me dolía y tenía que esforzarme en mantener los ojos abiertos. Si no fuera por el informe que debía entregar al cónsul, me habría retirado a mi villa inmediatamente.

- ¡Salve Pretor! – el cónsul estaba a mi lado, no le había oído llegar – ¿Qué tal la noche? Algo movida por lo que me han contado. – sacudió la cabeza y me miró preocupado –  A juzgar por tu aspecto no exageraban.
- Horrible. No hemos parado un momento.
- Pasa adentro y tómate algo caliente. ¡Evandro! Que enciendan el brasero en ese triclinium y que preparen vino caliente y algo de comer. ¡Deprisa!
- No debería molestarse. Realmente sólo tengo ganas de dormir. Preferiría darle el informe y retirarme cuanto antes.
- Todos quisiéramos poder hacer eso. Sin embargo hay algunos asuntos de importancia que tengo que discutir contigo.

Sentado en una de las literas, con una manta sobre los hombros, saboreaba el vino tibio a pequeños sorbos, sintiendo como su calor penetraba en mi interior y se extendía a todos mis miembros, embotándolos. Un escalofrío recorrió mi espalda. El cónsul Póstumo me sonrió con indulgencia.

- Debo estar haciéndome viejo. – dije, sonriendo con tristeza – Antes era capaz de estar en campaña durante meses enteros, riéndome del frío y el calor, alimentándome de cualquier cosa. Qué buenos tiempos… – suspiré – ¿Se acuerda de cómo nos miraban los griegos? Nunca habían visto armas y corazas como las nuestras. No podían contener su curiosidad y no hacían más que acercarse, hombres y mujeres, para tocarlas y comprobar que éramos reales.
- Sí que me acuerdo, Marco. Me acuerdo también de nuestro general, Flaminio, intentando explicarles en su medio griego, medio latín, que éramos aliados suyos y que veníamos a liberarles de Filipo.
- Nunca olvidaré su cara cuando se dio cuenta que llevaba media hora hablándoles y que no se habían enterado de nada, que solamente asentían por pura cortesía. – Ambos rompimos a reír. Nuestras risas sonaban extrañamente jóvenes y bulliciosas. El criado que nos atendía se volvió extrañado. No era normal aquella alegría en su señor – Desde ese día no volvió a separarse del intérprete. Le llevaba incluso en medio de las batallas.
- ¡El otro pobre temblaba como una hoja! Tenía tanto miedo de ser alcanzado que era incapaz de pronunciar una sola palabra, por mucho que Flaminio le amenazase. Buenos tiempos aquellos, sí. Muy buenos tiempos… –  una nube pasó ante los ojos del cónsul – Lástima que pasaran. Todos estamos envejeciendo. Demasiado rápido. Demasiado pronto. Y esta ciudad cambia cada día más deprisa. No sé a donde iremos a parar.

Ambos permanecimos en silencio, evitando cruzar nuestras miradas. Yo había extendido las piernas hasta casi rozar el brasero y sentía como su calor ascendía por ellas y las iba adormeciendo. Di una cabezada y sacudí la cabeza para despejarme. Si no hacía algo pronto, me iba a quedar dormido. Quizás debía dar comienzo a mi informe. Estuve a punto de hacerlo, pero la expresión de ensimismamiento y preocupación que había en el rostro del cónsul me disuadió. Momentos antes me había hablado de importantes novedades que tenía que tratar conmigo. Qué empezase él.

- Basta de perder el tiempo –  Al fin se había decidido a hablar – No nos sobra. Los dos pretores debéis encargaros de continuar con los interrogatorios. Mi colega Marcio y yo partimos mañana de viaje, él a Campania y yo a Etruria.
- ¿Fuera de Roma? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
- Nos hemos llevado una buena sorpresa con los primeros interrogatorios. Los dirigentes de esa odiosa secta de las Bacanales, junto con la mayor parte de sus fieles, no se encuentran aquí en Roma, sino en las dos regiones que te he dicho. Parece ser que su implantación en la ciudad era bastante reciente.
- Es bastante preocupante. Etruria es fiel, pero hay ciertos elementos que verían con gusto recobrar su independencia. En cuanto a Campania... no hace tanto que estaban en el bando de Aníbal.
- Cierto. Si no nos damos prisa, nos arriesgamos a una guerra con nuestros socios itálicos. No podía haber estallado en peor momento. Las tribus de los Alpes están en ebullición y hemos concentrado nuestras mejores tropas allí. Podríamos vernos entre dos fuegos... Temo que hayamos cometido un error emitiendo el senadoconsulto contra las bacanales.
- Pero algo había que hacer. No podíamos permitir que ese cáncer siguiera extendiéndose por la ciudad. Había que pararlo antes de que fuera demasiado tarde.
- Es verdad, pero temo que sólo hayamos conseguido ponerles sobre aviso y que decidan adelantar sus planes – el cónsul quedó pensativo durante unos instantes – ¿Ha habido algún disturbio en la ciudad?
- Ninguno. Los ediles de la plebe han informado que no se han celebrado reuniones de la secta esta noche. Tampoco se han producido incendios, aunque se había advertido del peligro. Los guardias destacados en templos y edificios públicos, o bien no han señalado nada anormal, o se ha tratado siempre de falsas alarmas.
- Es una buena noticia. Sin embargo, cada minuto cada minuto cuenta. Temo el instante en que la noticia de lo que está ocurriendo aquí llegue a oídos de los dirigentes de la secta. Hablaré con el cónsul Marcio para adelantar nuestra marcha al mediodía. Quizás aún podamos tomarles por sorpresa. Aunque si algún implicado ha conseguido huir de la ciudad... A estas horas nos llevaría ya bastante ventaja.
- Eso es casi imposible. Los triunviros apostaron guardias en todas las puertas. Se ha detenido a todo aquel que ha intentado franquearlas. Patrullas adicionales han recorrido el perímetro de las murallas, tanto por el adarve como por el exterior. Cualquiera que hubiese intentado saltarlas hubiera sido descubierto.
- Sin embargo, alguien pudo haberse dado a la fuga, antes de que esas medidas fueran completamente operativas.
- Es muy improbable. Todas las personas que figuran en la delación de Hispala y Fenecio fueron arrestadas por los ediles curules antes de que se presentara la propuesta del senadoconsulto en la asamblea popular. Si alguien ha conseguido huir, será un miembro de segunda fila. No puede transmitir más que noticias confusas. De cualquier manera es imposible que alguien haya conseguido romper el cerco. Totalmente imposible... –  me interrumpí.
- Dudas ¿no es cierto? – el cónsul esbozó una media sonrisa.
- No, no es eso. Lo único es que... Nadie podía imaginarse que esa superstición estuviera tan extendida. Eso ha jugado en contra nuestra. La confusión ha sido espantosa. Tenías que haberlo visto. Los guardias de las puertas apenas podían contener la muchedumbre que quería abandonar la ciudad. Estaban desbordados. Por esa razón los triunviros tuvieron que despertarnos.
- ¿Cómo se ha solucionado todo?
- En algunos puestos ha habido que duplicar las guardias e incluso triplicarlas, para evitar que la situación se nos fuese de las manos. La tropa se ha puesto muy nerviosa y algunos comandantes estuvieron a punto de perder la cabeza. Hubo incluso patrullas que se atacaron entre sí, creyendo hacer frente a bandas armadas. No he hecho más que ir y venir de un puesto a otro, tranquilizando a comandantes y soldados. Así he pasado la noche. Apenas he tenido tiempo de obrar las detenciones ni de seguir los interrogatorios. En medio de tanta confusión... Sí, es cierto, podría haberse escapado alguien, pero en todo caso, la responsabilidad es mía.
- Tranquilízate. Nadie va a pediros cuentas. Sé perfectamente lo que ha ocurrido esta noche. Los ediles curules me han informado de que las cárceles están llenas y que las pesquisas han tenido que ser suspendidas por puro agotamiento de los interrogadores. Una de las tareas a vuestro cargo mientras estemos fuera consiste en reanudar los interrogatorios y comunicarnos cualquier dato de importancia que en ellos aparezca. – algo pareció acudir a la mente del cónsul – Se me olvidaba... ¿Quieres echar un vistazo a la lista de detenidos? Acompáñame.

En su escritorio se amontonaban varios rollos de papiro. Tomé uno de ellos y lo desenrollé. La lista de nombres era interminable.

- ¡Es increíble! ¿Cuántos nombres hay aquí?
- No lo sabemos con exactitud. Cuatro, cinco mil. Quién sabe. La cifra puede aumentar a medida que interroguemos a cada uno de ellos.

Estudié la lista con mayor atención. Junto a cada nombre figuraba su profesión y posición. Muchos nombres no me decían nada. Meretrices, esclavos, libertos, extranjeros, posaderos, artesanos, campesinos. Todo el populacho que atestaba Roma, venido de las cuatro esquinas del mundo, estaba allí representado. De vez en cuando, la lectura de un nombre me helaba la sangre. Senadores y caballeros, hombres que habían conducido ejércitos y desempeñado cargos importantes en la república, personas con las que había coincidido en el foro y me habían invitado a sus villas y haciendas.

- ¿Qué significa esto? – me volví hacia el cónsul y golpeé el papiro con la mano – ¿Qué hacen esos nombres aquí?  Conozco a algunas de estas personas. Son personas respetables.
- La podredumbre y la traición pueden surgir en cualquier parte. – la voz del cónsul era fría y tranquila – Es nuestra misión combatirlas allí donde aparecen.
- ¡Pero es absurdo! – estaba fuera de mí – Comprendo que extranjeros y esclavos sean fieles de esta secta. Roma y sus valores no representan nada para ellos, les son totalmente ajenos. Es lógico que deseen nuestra caída. Pero pensar lo mismo de patricios y senadores...
- ¿Por qué no? El poder es muy apetecible. Si lo consiguen de esa manera...
- Pero no puede ser. Mira este nombre. – extendí el papiro frente al rostro del cónsul, pero este se giró y se volvió hacia la mesa – ¡Haz el favor de mirarlo! Tú y yo le conocemos. Estuvo con nosotros en Grecia, cuando Flaminio. Tienes que recordarlo. Tomó también parte en la campaña contra Antíoco, junto a los Escipiones. Era uno de sus colaboradores más estrechos.
- Sí, lo recuerdo ¿Y?
- ¿Cómo que y? ¿Qué pretendes que crea? ¿Qué ese hombre que tanto ha hecho por la República ahora es un traidor? Eso es intragable. Un hombre como éste no se escapa de su casa por la noche, como un bandido, para prosternarse ante personas a las que sus criados apartarían a bastonazos si se cruzasen en su camino. Un romano como éste no puede haber participado en los asesinatos, violaciones y fraudes que se ha probado que cometía esa secta. Un padre de familia no puede haberse humillado hasta el punto de... hasta el punto de... realizar esos actos repugnantes, propios de bestias, que constituían los ritos de esos depravados.

La excitación me hizo interrumpirme. El cónsul me había dejado hablar, mientras fingía estudiar uno de los rollos. Tras unos instantes de silencio, comenzó a hablar sin retirar sus ojos del papiro.

- ¿No sabes el porqué de estos nombres? ¿Al final no te han puesto al corriente? Necios. Les dije que correríamos un riesgo inútil si te dejábamos al margen, que tú te pondrías de nuestro lado. En fin, mejor que lo sepas ahora de mis propios labios y no cuando todo haya acabado o en mitad de los interrogatorios.

Sus ojos se clavaron en mí. Aparté los míos acobardado.


- Existe un orden natural de las cosas. Fue creado con el mundo y perecerá con él. Nuestro deber es conservarlo. Toda idea nueva es innecesaria. La duda no tiene lugar en nuestra sociedad. Aquéllos que la propaguen deben ser eliminados. Sólo así continuaremos siendo fuertes. Sólo así los pueblos se inclinarán ante nosotros.

Unos aplausos interrumpieron a Catón. Las miradas de todos se dirigieron hacia Póstumo.

- Muy bellas palabras. Realmente bellas, pero completamente inútiles. Sueñas, mientras el mundo real sigue su camino. Sólo tienes que pensar en nuestros jóvenes. Pregúntales qué es lo que prefieren. Sí la sobriedad de sus mayores o el lujo de los griegos.
- Aún son ingenuos e inexpertos. Cuando maduren cambiarán. Comprenderán entonces en que consiste la grandeza de Roma. Se darán cuenta de que son las armas y la virtud las que nos han entregado el mundo.
- Puede, pero puede también que para entonces nos hayan enterrado a todos. Por ahora está muy claro lo que les gusta. La suave y cómoda túnica griega. Los juegos de ideas de los filosofastros griegos. Trata de hablarles de deber o sacrificio. Os dejarán por el primer actorzuelo venido de Grecia.
- Por eso mismo hay que reaccionar, antes de que su deslumbramiento se convierta en ceguera. Esa es nuestra responsabilidad como mayores suyos. Hay que recordarles cómo hemos llegado a ser los amos del mundo. Es importante que sepan que un romano sólo debe aprender dos cosas: el oficio de las armas y el respeto a la república. La mujer está para darnos hijos, que ocupen nuestro lugar cuando seamos viejos. Ningún otro saber es necesario.
- Sigues soñando. ¿Tienes alguna idea sobre cómo conseguir eso que dices?
- Nosotros somos nobles. Gobernar la república es nuestro oficio. La tribuna, nuestro lugar natural. Ocupémoslo.
- Creo que ya hay quienes la ocupan y dudo que el partido de los Escipiones vaya a ponerse a nuestro lado. Ellos han importado precisamente las costumbres que tanto aborrecemos. Ellos han invitado a los actores y a los filósofos que seducen a nuestra juventud. Incluso han llegado a aprender griego, cuando tendrían que ser los vencidos quienes aprendieran latín.
- Da igual. Es hora de salir a la palestra y enfrentarse a los enemigos de la verdadera Roma. Sean quienes sean.
- No me hagas reír. Su prestigio es enorme. El pueblo no te hará ni caso cuando te dirijas a él. Enseguida se volverá hacia sus ídolos, los Escipiones.
- Nosotros también tenemos nuestro prestigio. Nuestras glorias hablarán por ellas mismas.
- ¿Así lo crees? Tu única hazaña ha sido esperar a ver si Antíoco se decidía o no a cruzar las Termópilas. Los Escipiones nos han conquistado el mundo. Publio aplastó a Aníbal en la propia Cartago. Flaminio arrebató Grecia a Filipo. Antíoco no volvió a salir de Siria desde que Lucio desbarató su ejército. ¿Pretendes competir con eso?
- No queda otro remedio que deshacerse de ellos.
- ¿No daría mejor resultado pedirles por favor que se apartasen?
- No es una broma. Esos hombres tan poderosos no son perfectos. Ni los mismos dioses lo son, así que menos unos mortales. Esos Escipiones han participado en muchas campañas y todos sabemos como se administra el botín conseguido en ellas. Ése es su punto débil. Ataquémosles ahí. La sospecha de haber defraudado a la república les perderá.
- Te aplastarán antes de que puedas moverte. Tienen demasiados amigos.
- Tienen muchos más enemigos. Y aparecerán aún más en cuanto les ataquemos. Su propia soberbia cegará a los Escipiones. Se opondrán a cualquier investigación, incluso si son inocentes. No vacilarán en violentar las leyes de la república para defenderse.
- Entiendo, los que han salvado a la República no pueden tolerar ser juzgados por ella, como si fueran un ciudadano cualquiera.
- Exacto. En ese instante, nosotros apareceremos como los salvadores de la República. Todas las personas moderadas, todos los que se han visto postergados en su carrera por culpa de los Escipiones, todos los que han tenido que ceder ante ellos, se unirán a nuestro partido.
- Existe un riesgo. Las votaciones. La plebe les idolatra y les cree sus defensores frente a los pudientes. A nosotros nos ven como justamente lo contrario. Ese factor puede perjudicarnos mucho.
- La plebe no importa. No cuenta. Siempre sigue al más fuerte o al que la adula más. Son borregos. Sus mentes son lentas y torpes. Está en su naturaleza. Deben ser guiados y esa misión nos corresponde a nosotros, a los auténticos romanos.
- Pero habrá que tomar alguna medida de precaución.
- Bastará con debilitarlos. ¿Quién me había contado lo de las Bacanales? Una superstición como ésa puede ser muy útil a la hora de eliminar algunos elementos incómodos. Sobre todo si sus miembros se reúnen en secreto por la noche a realizar extraños rituales. Unos cuantos rumores bastarán.


El cónsul apoyó su mano sobre mi hombro.

- Era necesario.
- Pero estoy seguro de que muchas de esas personas no tienen nada que ver con la secta.
- Entonces, ¿por qué figuran en la lista? Ningún nombre está aquí por casualidad. Todos proceden de las confesiones de otros miembros. Además todavía tienen la oportunidad de salvarse. Si demuestran que no participado en los crímenes de la secta, sus vidas serán respetadas.
- Qué magnánimos. En vez matarlos, les permitís pudrirse en la cárcel. No es justo. Por muy repugnante que sea su culto, esas personas no han cometido ningún crimen contra la República.  ¿No os dais cuenta de la barbaridad que cometéis?  Ni vosotros mismos sabéis que parte de esos crímenes es una fabricación y cual no.
- ¿Seguro que no es un crimen? ¿Acaso no adoran a dioses que no son los oficiales? ¿Acaso no practican la inmoralidad en lugares públicos? Sólo eso basta para que nuestras leyes les condenen. Personas de ese tipo, que han abjurado de lo que sus antepasados les legaron, no tienen cabida en nuestra ciudad – el cónsul se interrumpió y sacudió la cabeza, como intentando espantar alguna idea. Le vi sonreírse con amargura antes de continuar hablándome. Su tono era el de un padre que riñe a un niño – Justicia.  ¿A qué llamas tú justicia? No me hagas reír. Tú eres un soldado, al igual que yo. Respóndeme. ¿Es justo hacer la guerra a pueblos que no nos han molestado? Lo hemos hecho. ¿Qué excusas hemos alegado para justificarlo?  Los agravios más débiles y tenues, ¿Nos ha importado? No. Nuestras consciencias se han mantenido calladas. Todo nos ha estado permitido.
- ¡Pero ahora no estamos en guerra y ésta es nuestra propia gente!
- Necio. Te puedo asegurar que si no aplicásemos esta purga ahora, mañana estaríamos asediados en el Capitolio. Tú, como yo, has presenciado el comportamiento de los Escipiones. Sus triunfos les han ensoberbecido. Pasean por Roma como si fueran sus dueños y señores. Adulan a la plebe y le conceden todos sus caprichos. Envían embajadas a los reyes y tratan con ellos de igual a igual, saltándose la autoridad del senado y los cónsules. No transcurrirá mucho tiempo hasta que a alguno de ellos se le pase por la cabeza proclamarse dictador o incluso rey.
- Imposible. Vivimos en una República. Hay unas leyes y una legalidad. Nadie puede colocarse por encima de ellas, ni vosotros ni los Escipiones.
- Deja de hablar como un niño. Ya has visto en cuanto estiman la legalidad los Escipiones. Cuando los tribunos de la plebe acusaron a Lucio de malversación, Publio rasgó en publico los rollos donde se habían consignado las cuentas de la campaña. La plebe, esa misma plebe que ahora defiendes, le vitoreo a rabiar. Las gentes honestas tuvimos que callarnos y tragar esa insolencia. Compara eso con el modo en que hemos actuado en este asunto. Las pruebas que teníamos han sido presentadas a la asamblea del pueblo y hemos solicitado su permiso, antes de poner en vigor el senadoconsulto. Ni uno sólo de los pasos que ordena la ley ha sido olvidado. Es el mandato del pueblo el que estamos siguiendo y no nuestro capricho.
- ¡Pero las pruebas habían sido manipuladas! ¡Nos habéis convertido en cómplices de vuestro delito!
- ¿Por qué te ofendes? ¿Has olvidado ya la verdadera naturaleza de nuestra república? No es el pueblo quién manda, sino nosotros, tú y yo, los que poseemos las tierras y las riquezas. No intentes eludir ahora tu responsabilidad. Nosotros, tú también, tenemos el deber y la carga de decidir lo que es mejor para el pueblo, de valorar lo que realmente le conviene. Somos sus guías. La misión del pueblo se reduce a someterse ante nuestra sabiduría y darnos su aprobación. Nada más se le pide, excepto que deje la tarea de gobernar a quienes verdaderamente tienen la experiencia y el conocimiento.

No respondí esta vez. El cónsul se detuvo también unos instantes, pero luego prosiguió. Se había inclinado hasta rozar mi cabeza con la suya y seguía hablando, esta vez con voz queda y baja, como si intentase tranquilizar a un niño que hubiera tenido un berrinche.

- Créeme. Era necesario actuar. El mundo que conocimos siendo jóvenes se está desmoronando. No podemos quedarnos sentados y aparentar que nada ocurre. Si no reaccionamos, nuestra muerte es segura. Tienes que darte cuenta. Hay personas de la plebe que se están haciendo muy ricas con los despojos de las guerras. Pronto querrán tener poder y tendremos que darles parte del nuestro, para poder continuar gobernando. Cuando eso ocurra, ¿Crees que los que nada tienen se quedarán callados? No. Exigirán sus derechos y si no se atienden sus demandas, recurrirán a las armas. ¿Crees que los pudientes se dejarán despojar? No. A la violencia responderán con la represión.  ¿Necesito describirte el resultado? Creo que lo hemos visto en muchas ciudades griegas. Tras haberse exterminado entre sí, pobres y ricos aceptarán que sea uno solo quien les robe y le oprima, en vez de muchos. Debemos conjurar ese peligro. La única forma posible, escúchame bien, la única forma posible consiste en resucitar las viejas costumbres romanas, en exaltar la pobreza y la templanza. Nadie tiene envidiar nada de su vecino. Todos tienen que anteponer el bienestar público al suyo propio. Si para ello hay que cortar algunos brotes helenizados, el precio me parece aceptable. Recapacita. Medítalo bien. No es por nuestro bien que hemos tomado esta amarga decisión, es por el bien de Roma.

Asentí.

El pasado sigue vivo.

Aún presencio el asalto de aquella casa. Un prisionero había confesado, tras varias horas de tortura, que aquel era el escondite de uno de los sacerdotes de Dionisio. Cuando llamamos a la puerta, nadie vino a abrirnos. Tuvimos que forzar la entrada. La casa estaba completamente a obscuras. Registramos las habitaciones con el mayor cuidado, temiendo alguna emboscada, pero no encontramos a nadie. El silencio nos oprimía. Fue sólo al llegar a la puerta de las termas, cuando comenzamos a entrever lo que había ocurrido.

Dos niños yacían sobre el umbral. Parecían dormir plácidamente. Alguien les había arropado con cariño tras administrarles un veneno. Al entrar, la luz vacilante de nuestras antorchas descubrió la figura una mujer sentada en un rincón. Nos miraba con ojos muy abiertos. Hilillos de sangre recorrían sus muslos hasta un gran charco que se había formado a sus pies. Un hombre estaba a su lado, tirado en el suelo. Parecía intentar levantarse. Cuando le dimos la vuelta, comprobamos que la espada con la que se había atravesado el vientre era lo que le mantenía en esa posición.

El miedo les había hecho suicidarse.


Notas: La conspiración de las bacanales es uno de los asuntos más obscuros de la historia romana. El rigor con el que actuaron los cónsules coincide con el narrado en el cuento. Nunca se ha dado una explicación clara y consistente de porque se atacó con esa violencia al culto de Dionisio (para mayor confusión, varios años más tarde se permitió de nuevo). El conflicto entre tradicionalistas y filohelenistas es real y teñiría durante muchos años la política romana. Los personajes (cónsules, pretores, Catón) que aparecen son reales, aunque sus conversaciones y pensamientos son inventados.