lunes, 1 de febrero de 2010

Reading the Bible (y I)

Boz, con cuyos criados has estado, es pariente nuestro, y esta noche va a hacer en su era la limpia de la cebada. Lávate, úngete, vístete y baja a la era. Procura que no te vea hasta que no haya acabado de comer y beber, y cuando vaya a acostarse, mira bien donde se acuesta; y entra después, y levantando la cubierta de sus pies, te acuestas cabe ellos. El mismo te dirá lo que has de hacer.

Ruth, 3, 2-4.

En otras ocasiones, a lo largo de este blog, he señalado mi ateísmo y como este fue producto de una larga evolución desde la fe. He dicho evolución porque no hubo nada de dramático o desgarrador en la transición, simplemente un día del año 92 ó 93, no recuerdo bien, descubrí que la idea de Dios no tenía ningún sentido, que era imposible.

Y ahí quedo la cosa, no hizo falta continuar.

Antes, durante adolescencia, sí que me debatí en los laberintos de la fe, buscando una señal de la existencia de ese ser sobrehumano, que por supuesto tenía que responder a los criterios de la religión cristiana. En esa persecución, me leí varias veces la biblia, llegando algunas secciones a convertirse casi en mi lectura favorita, hasta el punto de que aún recuerdo versículos completos, y en la que esos pretendidos sucesos pasados se me parecían reales, posibles incluso en el mundo real, sin necesidad de dios, en el que vivía.

De ahí mi curiosidad por saber que había quedado de todo aquello, una vez que mis ideas de ahora, cuando empiezo a acercarme a la vejez, son las opuestas a las de mi adolescencia.

Lo primero que sorprende de la Biblia es su variedad, perfectamente expresada en el apelativo griego, Ta Biblia, que hemos heredado, al referirse a una pluralidad de obras, dispares y contradictorias y no a un trabajo realizado por una única persona, con una intencionalidad clara y única.

Así, existen libros de la Biblia que entran y salen una y otra vez del canón, no por ser heréticos o heterodoxos, sino simplemente por no parecer lo suficientemente religiosos o comprometidos, por introducir en las generaciones más puristas y creyentes, un elemento de duda, o simplemente de diversión y distracción.

Uno de estos libros es el de Ruth, cuya propia situación, intercalada entre dos ciclos épicos y guerreros, el de la conquista de Israel y el de la ascensión de la monarquía Davídica, ya resulta extraña, al tratarse de una novela amorosa, cuya única justificación para pertenecer a la biblia es la de narrar los orígenes del rey David.

Una genealogía que se revela, curiosamente, contraria a los mandamientos del señor, ya que durante el Pentateúco, Josué y Jueces, se había atacado una y otra vez la costumbre de tomar mujeres que no pertenecieran al pueblo elegido, "no sea que os lleven a adorar a los dioses de otros pueblos" e incluso se había llamado al exterminio, el anatema, de todos los habitantes de Palestina, sin tolerar indulto o excepción.

Sin embargo en este caso, la protagonista es una mujer Moabita, que se casará no una, sino dos veces, con sendos miembros de la misma familia, y que en todo momento se revelará como más virtuosa que los propios israelitas, y que se convertirá en la bisabuela paterna del futuro rey David, que así tendrá sangre extranjera, al contrario de lo predicado por los libros santos.

Un libro que nos narra la genealogía del segundo gran héroe de Israel, tras Moisés, pero en el cual no hay ningún rasgo de exaltación nacional, sino que como digo, sus personajes cruzan sin problemas, ni cargos de conciencia las fronteras entre los pueblos cuya mezcla estaba prohíbida por el señor, y donde el propio Yahve apenas aparece, nombrado de refilón en la acción de gracias con la que se cierra la historia.

Una historia que es, en esencia, una historia de amor, pero de esas donde esa palabra nunca se pronuncia, pero que no por ello deja de ser menos conmovedora, porque se trata de una de esas historias que han pasado de generación en generación, hasta que todos sus defectos han sido eliminados y su superficie, pulida hasta brillar.

Hasta convertirse en un arquetipo, en una historia eterna que representa a un pueblo por entero y por ello se convierte en universal, aplicable a otras situaciones y otras gentes, replicada allí de forma independiente.

Dulce y Sabrosa, en definitiva.

llla