viernes, 19 de febrero de 2010

The End of an Age

What was unique about Reagan was his willingness to reach out to a leadership he abhorred, men whose values he detested, to appreciate the concerns of the adversary, and to learn from experience.

Reagan had begun his presidency with a desire to contain and transform an evil empire, but he ended with an understanding of Soviet fears, an appreciation of perestroika , and a belief that he and Gorbachev shared a commitment to make a "better world"

Melvyn P. Leffer, For the Soul of Mankind

Unas entradas atras había comentado el libro de Vladimir Zuvok, A failed Empire, sobre la URSS durante la guerra fría y ahora le ha tocado el turno al libro de Leffer. Las críticas que habían leído me habían hecho imaginarlos como libros opuestos, siendo el de Leffer la versión "normal" y el de Zuvok la alternativa, pero las diferencias estriban más en el foco del estudio que en sus conclusiones, que coinciden apreciablemente, signo de que se está llegando a un consenso sobre lo que fue la guerra fría, ése mundo en el que nací y alcancé la madurez intelectual, pero que ya empieca a parecer historia antigua para muchos.

Un punto en el que ambos libros coinciden notablemente es en su rechazo del mito sobre el final de la guerra fría, que se ha hecho común en los ambientes de la derecha (ya sea liberal o simplemente conservadora). Según éste, la firmeza de Reagan (y Tatcher) y su marcaje estrecho a la URSS, la llevó a un punto sin salida, en el cual no pudo competir con los EEUU y se hundió sobre sí misma irremediable y necesariamente mente.

Un mito fundacional que como digo contamina la actitud política actual de la derecha mundial, según la cual la intransigencia (y su corololario, la acción bélica) es una virtud, la única que puede obrar resultados, además de dotar a toda su interpretación histórica de un tinte de inevitabilidad (el mercado, el liberalismo y la democracia acabarán por prevalecer siempre, de un modo u otro) más propio de sus enemigos comunistas de la guerra fría, convencidos de la necesidad histórica de su sistema.

Sin embargo, para cualquiera que haya vivido en ese tiempo y no haya perdido la memoria, sabe como, hasta bien entrado 1989, nada hacía prever que el bloque comunista fuera a derrumbarse o que en 1991 la URSS desaparecería para siempre. Más bien, lo inevitable era un mundo siempre escindido y enfrentado, que desembocaría en un holocausto nuclear en cuanto una de las superpotencias sintiese que iba a perder la partida.

¿Un espejismo provocado por nuestro desconocimiento? Puede. Pero el estudio de lo que sucedió en las altas esferas de uno y otro bando, más los veinte años que han pasado ya desde el fin de la guerra fría deberían bastar para matizar cualquier juicio apresurado y desechar mitos como el arriba indicado. En realidad, a pesar de los problemas innegables de la URSS y su imposibilidad económica para mantener el papel imperial que había elegido, el final de la guerra fría podía haber sido muy distinto.

Como bien indican Leffer y Zuvok, si Gorbachov no hubiera sentido aversión por el uso de la fuerza y no hubiera creído firmemente (¡cómo comunista convencido, ojo!) que la sociedad soviética debía tender a ser lo más democrática posible, la URSS podría haberse replegado sobre sí misma y convertido en una sociedad fosilizada, como la Cuba la Corea de ahora mismo, pero con la capacidad de destruir el mundo. Un tiempo que habría sido más incierto y más peligroso que el que vivimos ahora mismo, a pesar de sus 11-S. O bien habría seguido un camino a la China, transformándose en un estado capitalista de partido único, es decir, una potencia económica de primera fila pero sin ninguna de las libertades de las que gozamos en Europa. Una URSS renovada que sería al mismo tiempo el paraíso, por lo económico, y la pesadilla, por lo social de tanto liberal de boquilla que pulula por ahí.

Pero aún así, suponiendo que las cosas tuvieran que ser como fueron, en esa aparente inevitabilidad histórica que es tan fácil de concebir para los que conocemos el final de los sucesos, la cuestión es que el mito se derrumba simplemente porque su personaje principal, Reagan, no es el guerrero intransigente al que ninguna circunstancia pudo conseguir que se apartara de su misión establecida, como ocurrió con su caricatura, Bush hijo. Lo que caracterizó a Reagan y lo que permitió desbloquear el peligroso impasse de la guerra fría al coincidir con otra personalidad afin como Gorbachov, fue precisamente su voluntad de negociación, su convicción de que era preferible ir a hablar con el enemigo, entender sus motivaciones y alcanzar un acuerdo, que persistir en el desprecio y el enfrentamiento, los cuales, mas tarde o mas temprano, desembocarían en la guerra termonuclear, esta sí inevitable.

Una actitud que bien harían en retomar en estos tiempos confusos, tantos autoproclamados admiradores de Reagan, pero que sólo proyectan en esa figura histórica sus propias limitaciones intelectuales.