sábado, 13 de febrero de 2010

Lacking and Wanting (y V)














Los dos últimos capítulos de Aoi Bungaku, con los que se cierra la serie y mi comentario, adaptan sendos cuentos de Ryunosuke Akutagawa, en concreto Kumo no Ito (El hilo de la Araña) y Jigoku Hen (La pantalla del infierno). Ambos son magistrales, como ya es acostumbrado en esta serie, pero Jigoku Hen aplasta literamente a Kumo no Ito por su intensidad emocional, con lo que me voy a limitar a comentar el primero.

Ambos capítulos se apartan literalmente de la tónica que habían seguido las adaptaciones antecedentes. Si en esos otros capítulos se tomaban grandes libertades con las historias contadas, la ambientación intentaba conseguir el máximo realismo y reproducir fielmente el tiempo en el que transcurrían, aunque luego lo fantástico, lo asombroso, lo alucinatorio irrumpiese en esos escenarios cotidianos, perfectamente plasmados. En el caso de los capítulos finales, sin embargo, desde el primer momento se nos traslada a un lugar fantástico, onírico, un imperio oriental en un tiempo indeterminado donde los trajes, la misma ciudad parecen haber sido concebidos cruzando el carnaval con la ópera. Un escenario donde el color, los decorados y el vestuario parecerían imponerse a lo contado, constituir un espectáculo donde sólo tendría importancia lo meramente sensorial.

Superficial y sin substancia, por tanto.

No obstante, esta serie se ha caracterizado por sus repentinos vuelcos que ponen patas arriba lo asumido hasta ese instante y estos capítulos finales no desmerecen esa tendencia anterior. En efecto, la realidad sin tapujos y el compromiso moral, político y social se convierten en el tema que se esconde envuelto cuidadosamente tras la brillante presentación.

Porque el tema del último capítulo, no es otro que la posición, el compromiso y la honestidad que el artista debe asumir frente a su obra. La historia de un pintor que hasta ese instante ha descrito y cantado con sus pinceles la gloria, la belleza y la grandeza del emperador y su corte, pero que recibe el encargo de decorar las paredes de la tumba del emperador con la representación exacta del imperio, para que el gobernante supremo pueda seguir disfrutando de la belleza de sus dominios incluso tras la muerte.

Una tarea que llevará al artista a descubrir el horror que supone la existencia, como la felicidad de unos se basa en la desgracia de otros, y como toda belleza tiene su origen en las más profundas injusticias, de manera que la voz del mundo no es otra que el clamor de miles de agonizantes que no ven término a su martirio.

Una realidad que le es imposible, una vez vista, dejar de tener siempre presente y que sus pinceles no pueden por menos que representar en toda su crudeza, poniendo en ello todo su talento, toda su experiencia, todo su saber, toda su habilidad.

Con la misma dedicación y pasión con que anteriormente cantara al amor y la belleza.