sábado, 27 de febrero de 2010

Eyewitnesses (y I)















Volver a un clásico, ya sea literario o cinematográfico, es una labor a la que tengo particular miedo, especialmente cuando se trata de obras como Roma, Citta Aperta, de Roberto Rossellini, que vi en mi adolescencia (debería tener 17 años cuando la vi por primera vez) y que me impresionaron profundamente, hasta el extremo de obsesionarme y quedar grabadas de forma indeleble en mi retina.

Por supuesto, ese miedo se debe simplemente a la certeza que tenemos de ser diferentes a aquellos que fuimos, con distintas ideas y apetencias, y que la obra venga a confirmarnos una de esas múltiples muertes en vida que supone el envejecer, al no coincidir con lo que nos atrae en ese momento y defraudarnos profundamente, demostrando así lo pasajeras que son nuestras certezas, lo frágiles que son nuestras seguridades.

No me ha ocurrido con esta película, por suerte, y es que otro efecto que tienen los clásicos, las grandes obras, especialmente si de las deja reposar entre visionado, es el de aparecerse como obras completamente nuevos, territorios inexplorados llenos de enigmas, de detalles y situaciones antes inadvertidas, y por tanto, como renovados hitos intelectuales.

En ese sentido, la restauración a la que Criterion a sometido a esta cinta mítica, que todos creíamos conocer a la perfección, no la presenta en un estado cercano a su primera proyección en 1945 y que la mayoría de los aficionados desconocía, en un caso similar a las obras de arte a las que se libera de los barnices amarillentos o las capas de humo que se han ido adhiriendo, como ocurriera con las Meninas o la Capilla Sixtina, deshaciendo de paso muchas de las opiniones críticas que como la suciedad nos la ocultaban.

Puede parecer extraño lo que digo, pero una película como Roma, Cittá Aperta, había sido puesta como ejemplo de la improvisación y de la espontaneidad, casi como si fuera un documental rodado directamente en las calles de Roma, sin intervención apenas del director que se limitaba a capturar lo que sucedía en ese momento, impidiendo así un acabado más formal y limpio, y constituyéndose en su mayor virtud, al ser un ejemplo de honestidad fílmica ... una visión cercana a los postulados de otro movimiento posterior de todos conocidos.

Sin embargo, esta nueva restauración, al limpiar los planos y librarlos de defectos, muestra como Rossellini planifica al detalle los encuadres, incluyendo incluso efectos de iluminación para resaltar ciertos detalles, y como emplea eficazmente el montaje, fragmentando escenas que en nuestra memoria creíamos continuo.... lo cual no debería sorprender a nadie, ya que al igual que la limpieza de la Capilla Sixtina nos descubrió un Miguelángel que utilizaba el color manierista, como era de esperar de un pintor de su tiempo, esta reconstrucción nos descubre a un director que parte del cine de teléfonos blancos del fascismo y que en muchas de sus soluciones adopta los automatismos del cine de los 40, especialmente en las escenas que por su temática se solapan con ese otro cine que había practicado anteriormente.

Otro punto importante es el ideológico. Ésta es, ante todo, una película ideológica, que canta la lucha contra el fascismo por parte de la resistencia italiana. Yo, por mi edad, por mi interés en la historia (especialmente en el conflicto mundial) y por mi posicionamiento político, soy capaz de entenderla y lo que se dice en ella me emociona profundamente, al coincidir con mis opiniones (como es el caso del diálogo entre los ocupantes nazis arriba ilustrado).

Sin embargo, el paso del tiempo poco a poco nos separa de ese tiempo y sus conflictos, borrando las diferencias y difuminando su importancia, tornándolo indiferente, de manera que un chaval joven podría no llegar a entender lo que se dice aquí, puesto que ha perdido la clave para entender las referencias, para ponerse en el lugar de los personajes y apreciar lo que les separa o une. Así, con el paso de los años, se han realizado estudios desde fuera del momento histórico y la película, demostrando como Rossellini distorsiona la realidad de su tiempo, por ejemplo, ocultando la existencia de los fascistas italianos, presentando a toda Italia unida en la lucha contra el ocupante alemán, cuando en el contexto de la ocupación y posterior liberación, tuvo lugar una auténtica guerra civil entre italianos, entre fascistas y antifascistas, que sigue proyectando su sombra sobre la Italia actual, al igual que en España.

Una opinión que, curiosamente, esta restauración viene a demostrar también como parcial. Es cierto que el punto de vista de la película es de la resistencia, pero no es menos cierto que el espectador de aquel tiempo descubriría en multitud de detalles el cisma de la sociedad italiana, la guerra fraticida en la que el conflicto mundial había desembocado, detalles que a un espectador poco familiarizado con esa época le pasarán desapercibidos, como es el caso de que las patrullas que vigilan la aplicación del toque de queda son camisas negras, las unidades de élite formadas por los elementos más fanatizados del partido fascista, es decir, italianos que aceptan la ocupación alemana y la imponen a sus compatriotas, o que la persona que dirige el registro en la casa de los protagonistas es un oficial italiano, al que no le importa que los alemanes vayan a deportar a los hombres de esa casa, es más, lo considera necesario para exterminar a la resistencia antifascista.

Detalles mínimos, en los que Rossellini no hace hincapié pero que a todo espectador italiano de 1945 le hubieran puesto los pelos de punta, al recordarle los horrores de aquellos meses de espera, caracterizados por la locura alemana, la de aquellos que saben cierta su derrota y están dispuestos a hacérsela pagar cara al mundo, en nombre de falsos ideales.