miércoles, 17 de febrero de 2010

Boundaries (y II)/Similarities and Contrasts















Con Melodie der Welt (1929), de Walter Ruttmann, a quien ya dedicara una entrada reciente, el tiempo se ha ensañado de forma literal.

No existe ninguna copia de época entera, ya sea negativo o positivo, o mejor dicho, existió un negativo original en su formato correcto, tal y como lo dejara Ruttman, pero cuando la Friedrich Murnau Stiftung emprendió su restauración a finales del siglo pasado, tras una larga estancia en sus archivos, la copia se había deteriorado tanto que apenas se pudo recuperar una pequeña fracción del metraje, de manera que lo que vemos ahora es un recosido de fragmentos dispares, de muy variable calidad, entre la perfección y lo apenas visible. Un destino que comparte con muchas de las obras de aquellos tiempos dañadas por la negligencia de sus propietarios y la extrema fragilidad de los nitratos que tienden a desvanecerse con el tiempo.

Sin embargo, esa calidad de vestido recosido a base de parches, en cierta manera conviene a esta película, la primera cinta sonora alemana. Simplemente, porque siguiendo la estela de Berlin, Eine Symphonie der Grosstadt, Ruttmann se propone construir una imago mundi, mostrarnos en apenas 45 minutos una visión completa del mundo, para lo cual se recogió material de multitud de países, que luego fue recompuesta en la mesa de montaje.

Por supuesto, nada más lejos del espíritu de Ruttman que ofrecernos un travelogue o un reportaje turístico. La película tiene un claro enfoque antropológico, mediante el que se comparan y contrastan diferentes respuestas humanas a las mismas necesidades básicas, el alimento, la reproducción, la diversión, la guerra o la religión, como en la secuencia con la que he encabezado la entrada en la que se va saltando de una civilización a otra, haciendo hincapié en sus parecidos arquitectónicos, en como culturas separadas por auténticos abismos intelectuales, hasta el extremo de ser incomprensibles las unas para las otras, llegan a resultados parecidos para las mismas necesidades, en lo que podría calificarse con toda justicia como evolución convergente.

Es necesario hacer un inciso aquí, para reparar en un detalle en el que no solemos caer habitualmente, la inmensa diferencia que existe entre el horizonte mental de un Europeo de 1930 y el de 2010, a pesar de pertenecer a la misma cultura. Vivimos en un tiempo en que los paisajes urbanos del mundo han adoptado un mismo modelo, de manera que las ciudades empiezan a ser indistinguibles las unas de las otras. Sea por esta razón o no, el caso es que nos esforzamos en resaltar las diferencias entre las culturas, hasta el extremo de suponerlas casi embebidas en el código genético de los individuos. Sin embargo, para Rutmann y sus contemporáneos, trasladarse a otra cultura era, sin exagerar, como trasladarse a otro mundo completamente distinto, casi situado en otro planeta, por lo que en su caso, lo que se llamaba más la atención no eran las diferencias, sino los parecidos entre esas estructuras aparentemente sin relación alguna.

De esa manera, la película de Ruttmann es un ejercicio continuo de comparación, del cual las propias imágenes, como las premisas de un silogismo, producen sus propias conclusiones. Unos razonamientos que no concluyen en la superioridad de la la cultura europea sobre el resto de culturas, como sería de esperar en su tiempo, el de un imperialismo aún orgulloso de su supuesta misión, ni intentan convencernos de que todas las culturas en el fondo son reducibles a lo nuestra. No, lo que intenta Ruttmann, nuevamente con el prisma de la antropología, es reducir como digo la complejidad de las culturas humanas a lo esencial, a esas necesidades básicas compartidas por todos los humanos y cuyas respuestas constituyen la esencia de toda sociedad y toda cultura.

Unas respuestas que cómo digo, nos sorprenden por su variedad, pero también, como nos señala adecuadamente Ruttmman por los fenómenos de evolución convergente de los que hablaba, por los que estímulos similares producen respuestas parecidas, sin importar los distancias espaciales o temporales que separen a individuos y sociedades.

A la vista de esto resulta extraño que en 1933, con la llegada de los nazis al poder, Ruttmann se convirtiera, por voluntad propia, en su propagandista oficial y ya sólo se dedicara a realizar películas a mayor gloria del movimiento... él y su alumna más aventajada, Leni Riefenstahl.

Pero por supuesto, esta deriva final no quita un ápice a su grandeza, como demuestra Weekend de 1930, un sorprendente collage sonoro, donde se intenta describir un día de asueto, con sólo los ruidos y voces de la calle...