martes, 26 de enero de 2010

Giants

Stalin's goal was a socialist empire, invincible and protected in all its flanks. But this project suffered from inherent flaws. Successful empires throughout human history, among them Roman, Chinese and British, used other factors in addition to naked force to establish control over disparate territories. They recruited indigenous elites, often tolerated ethnic, cultural, and religious diversity, and promoted free trade and communications. Stalin's socialist empire used powerful ideology, nationalism and social engineering to refashion society and elites. it introduced the uniformity of state industrialisation and party system. At the same time, it took away civil freedoms, wealth, cooperation, and human dignity and offered instead an illusion of social justice.

The socialist empire exploited the patience, illusions and suffering of millions of Russians and non-Russians, the people populating its core. It also exploited the faith of millions of true believers in Communism in Europe and Asia, where Marxism-Leninism played the role of a secular religion. This pyramid of faith and illusions was crowned by the cult of Stalin himself, the infallible leader. The leader, however, was mortal: inevitably, Stalin's death would produce a crisis of legitimacy and a succession struggle among his heirs.


Vladislav Zuvok. A Failed Empire, The Soviet Union in the cold war from Stalin to Gorbachev.

Cuando se leen libros de historia cuyo tema pertenece a nuestra propia experiencia vital no es posible reprimir un cierto escalofrío, producido por el brusco descubrimiento de nuestra mortalidad, de como ese tiempo que parecía ser eterno, atemporal, ya sólo pertenece al pasado, y nosotros con él.

En el caso de la guerra fría, cuyos últimos coletazos, en los 70 y 80, pertenecen a mi propia juventud, la senación, el miedo y el temor es mucho mayor. Nadie podía concebir en aquellos que años que la guerra fría pudiera terminar de otra manera que no fuera el holocausto atómico y la desaparición de la humanidad. Situaciones como la división de Alemania, la existencia de bloques enfrentados e irreconciliables, que se hayaban enfrascados en una imparable carrera de armamentos, que hacía imposible una guerra convencional pero que al mismo tiempo convertía en certeza la futura guerra nuclear, en cuanto alguno cometiese un error, perdiera los nervios o simplemente se dejara llevar por la locura inherente al sistema, exterminando de un papirotazo a cientos de millones de personas... todo ello, se nos aparecía una realidad inmutable, fija y constante a lo largo de los años, inescapable, por la cual nuestras vidas no dependían ya de nosotros, sino de las decisiones incontestables de otros.

La mejor vía hacia el pesimismo, hacia la desesperación y la indiferencia, puesto que nunca sabías si aquella noche iba a ser la última, en la que al fin lanzasen la bomba que habíamos aprendido a temer y al mismo tiempo a desear, como era mi caso, que llegué a estar tan obsesionado con ella, que sabía el punto en el cielo en que vería el fogonozo que me dejaría ciego y el tiempo en que tardaría en llegar la onda expansiva que acabaría con mi vida.

Luego, de repente, sin que llegarámos a percatarnos, uno de los dos gigantes se derrumbó, y la revolución tuvo lugar, aunque no la que ansiábamos, sin que la premura de los acontecimientos nos permitiera disfrutarla. La guerra había acabado, sin que el holocausto nuclear hubiera tenido lugar, y desde ese instante el mundo era otro, con otras reglas, mientras que la mayoría de nosotros seguíamos pensando en los términos del mundo dividido en dos, una incapacidad mental que bastaría para explicar muchos de los errores politícos cometidos del 89 hasta ahora.

Llegó el tiempo de la historia, el momento de saber que era lo que realmente había ocurrido ese casi medio siglo, de 1945 a 1991, pero, inesperadamente, cuando la libertad había triunfado, cuando las barreras habían caído, cuando los archivos estaban a disposicion de todos, seguimos recibiendo una visión sesgada. Los primeros relatos de aquella larguísima confrontación, provenían del mundo anglosajón y sus conclusiones, su optica estaba deformada por una pregunta acuciante ¿Había ganado occidente el conflicto o lo había perdido la URSS? ¿Era el momento de danzar sobre la tumba de los enemigos y borrar todo rastro de su existencia o quizás había que replanteárselo todo y seguir un nuevo camino?

De esa manera, historias valiosas como The Cold War de John Lewis Gaddis (ya comentada anteriormente en este su blog), aunque reveladoras de las etapas iniciales del conflictos y de esa manera en que un país como los EEUU, democrático, liberal y anticolonialistas, acabó apoyando dictaduras reaccionarias y protegiendo el status quo colonial, se mostraba extremadamente insatisfactoria al abordar la década de los 80, puesto que degeneraba en una hagiografia de ciertos personajes políticos, ídolos de la derecha, como Reagan o Juan Pablo II, olvidando el famoso sine ira et studio de Tácito, que debía ser la máxima de todo historiador, o el sano escepticismo sobre las motivaciones humanas que es consustancial a un Tucídides,. Otras, aunque más objetivas y neutrales, se resentían del hecho de estar narradas desde el punto de vista occidental, piénsese en lo absurdo de una historia de la Segunda Guerra Mundial narrada sólo desde el punto de vista británico, y el supuesto de partida, de que el sistema occidental era moralmente más noble que el soviético... lo cual es cierto, pero debería ser evitado por el historiador, o mejor dicho dejar que los hechos hablasen por sí solos, para permitirnos comprender el funcionamiento de los sistemas sociales y la razón de los hechos históricos.

Desde ese punto de vista, el libro de Zubok al que pertence el fragmento con el que encabezo esta entrada, es un libro importantísimo en el estudio de la guerra fría, al proponer una narración desde el punto de vista soviético, sin intentar exculpar este sistema, sino intentando comprender sus mecanismos, y las razones por las que fracasó o no supo transformarse en algo nuevo, como ocurriera con sus homólogos chinos, que han pasado de ser una dictadura comunista a ser una dictadura capitalista, sin despeinarse en lo más mínimo.

O lo más importante, nuevamente Historia Magistra Vita, puesto que el principal defecto del sistema soviético es el no haber sabido integrar a los diferentes elementos de su imperio en un todo coherente, como bien indica el párrafo arriba citado, ya que si otros imperios consiguieron triunfar en ese empeño y ser recordados positivamente por la posteridad fue por haber conseguido reclutar a las poblaciones ocupadas y haber tolerado su diversidad, incluso integrándolas en ellas mismas.

Una situación que puede parecernos lejana, pero que debería ser de la máxima actualidad, en esos tiempos de conflicto entre occidente e Islám, que algunos pretenden resolver a base de bombas y prohibiciones, que sólo sirven para radicalizar posturas y separar comunidades.