domingo, 24 de enero de 2010

Boundaries (I)







Tendemos inconscientemente a clasificar todo en compartimentos estancos, despreciando cualquier manifestación que rompa nuestros esquemas, tan equivocados como queridos. Así, en el cine, se ha llegado al acuerdo tácito de considerar esencialmente distintos a la animación, el cine publicitario (o industrial, en un término menos despectivo), el documental o las obras experimentales, añadiendo a estas divisiones una calificación moral, según la cual unas formas son más dignas o más nobles que otra, y por tanto, sólo hay que prestar atención a los que cultivan los modos más elevados, al igual que antaño sólo se consideraba escultura aquella que se realizaba en mármol o bronce.

Por supuesto, a los pioneros del cine todas estas sutilezas escolásticas se la traían al pairo, y cultivaban cualquiera de esas formas, mezclándolas incluso, sin tener conciencia de estar cometiendo sacrilegio alguno, incluso los que ahora calificaríamos de artistas de vanguardia.

Ya había apuntado algo así en la entrada que dedicara a Hans Richter, pero la revisión de Berlin, die Symphonie der Grosstadt (1927) de Walter Rutmann, en la magnífica edición de dos discos de FilmMuseum, no ha hecho más que confirmarla, como muestra la secuencia con que encabezo la entrada, el mismo comienzo del documental, en la que las ondas del agua, se transforman en una secuencia abstracta, que acaba convertida en el dibujo de las vías y traviesas de una línea de ferrocarril, observadas desde un tren a toda velocidad.

No pretendo ahora comentar la obra maestra de Rutmann, ese documental que se propone resumir en el exiguo espacio de una hora un día en la metrópoli berlinesa, ya entonces inmensa. Mi propósito es mostrar como este artista experimental, cuyo nombre es crucial en la historia del documental, al haber creado el paradigma de la sinfonía urbana, es al mismo tiempo uno de los padres, junto con Richter, del cine abstracto y por ende de la animación, ya que el cine sólo puede ser abstracto si utiliza los recursos de la animación.

Siempre es aventurado otorgar el título de padre de algo.. a una persona. Durante mucho tiempo se ha discutido si la primacía de la invención del cinematógrafo correspondía a Edison o a los Lumiére, cuando lo cierto es que ambos, de forma independiente producían y comercializaban películas en la fecha convencional de 1895. Es más, la investigación rigurosa ha descubierto como en la década de los 90 del siglo pasado otros pioneros habían creado auténticas películas, pero no las habían destinado a la visión de un público general.

Algo similar ocurre con el nacimiento de la animación, y en este caso, con la animación abstracta. En la entrada de Hans Richter le atribuía yo la primacia, pero el caso es que tanto Rythmus 21 de Richter como Opus I de Ruttman son del mismo año, y si lo contemplamos desde un punto de vista puramente estético y formal, Opus 1 gana por goleada a Rythmus 21. En efecto, mientras que el corto de Richter se nos aparece como estático y aún enfrascado en la investigación de las posibilidades de la forma que acaba de hallar, el corto de Rutmann aparece como obra ya madura, como si hubiera nacido perfecto y consumado la evolución de la animación abstracta justo en el momento mismo de su nacimiento, estableciendo las pautas que habría de seguir en el futuro, es decir la creación de auténtica música visual.

Unas palabras que pueden ser exageradas, pero que se basan en que el Opus I es esencialmente dinámico, intentando como digo, replicar en imágenes los métodos compositivos musicales, como muestra el que fuera estrenado con una partitura especialmente como parte integrante de la misma (y que aún se conserva) que sirviera de clave y guía a lo que se estaba viendo. Más aún, mientras que los cortos de Richter son en blanco y negro, Rutmann se dio cuenta enseguida de que necesitaba el color, de que además de jugar con las formas y el movimiento, podía manipular sus tonos y timbres con el uso del color, de manera que ese corto se tiñó manualmente fotograma a fotograma, en un proceso trabajoso y casi imposible de replicar, lo que hace casi un milagro que se haya conservado.

Como pueden comprobar a continuación.