domingo, 10 de enero de 2010

Human Words

2 Timothy contains the text which fundamentalist have often idealised: "All scripture is given by inspiration of God, and is profitable for doctrine, for reproof, for corrections" (2 Timothy 3:16). The translation is arguable as is the text's authority. It is a pleasant measure of the complexities in the Bible's truth: the text which has been misused to support a literal view of the entire Bible's inspiration is itself the work of an author who has lied about his identity.

Robin Lane Fox, en The Unauthorised Version, Truth and Fiction in the Bible, comentando sobre la posibilidad de que la segunda carta a Timoteo no haya sido escrita por el apostol Pablo.

He leído estas navidades (mejor ocasión no hay) el ensayo de Robin Lane Fox sobre como se redacto la biblia, sus problemas de autoría y la posible historicidad de su contenido. Dejando aparte su tendencia a no explicar los términos del debate y a extenderse en demasía sobre sus teorías favoritas, perdiéndose en especulaciones que resultarían hueras si el punto de partida fuera falso, como ocurre con la atribución del evangelio de Juan a un testigo presencial, el libro constituye una buena introducción a esos problemas, que a mí me interesan sobremanera, debido a pequeñas particularidades de mi biografía.

Esas particularidades son simplemente que durante mi infancia y mi adolescencia me eduqué en un colegio religioso, aunque mis padres eran gente de izquierdas. En esos años de mi despertar intelectual, me leí muchísimas veces los evangelios, de forma que mi edición de bolsillo acabó desgastada y desencuadernada, y al menos una vez entera la biblia, aunque a muchos de sus libros volvía una y otra vez, como demuestra el estado de la copia que aún poseo, en trance de desmontarse completamente.

En esos tiempos, esas historias sagradas me parecían reales o al menos trasuntos embellecidos de acontecimientos verdaderos, de forma que, contaminado en parte por el veneno de la fe, me imaginaba que esos milagros, esos hechos sobrenaturales, podían ocurrir en mi propio tiempo, durante mi propia existencia. Por supuesto, ya en aquellos tiempos, en esa fe en gestación, se habían abierto grietas, promovidas por los propios curas de mi colegio, que en su afán por acercarnos la biblia, no dudaban en enseñarlos los descubrimientos realizados por los estudiosos.

Así, nos contaron el extraño final del evangelio de Marcos, el primero en ser compuesto, que acaba con las mujeres encontando el sepulcro de Jesús vacío y huyendo aterrorizadas, sin atreverse a contarlo a nadie. Un final abrupto al que manos piadosas en época posterior añadieron una continuación basada en el resto de los evangelios, para que no resultara tan turbador al creyente. Asímismo, nos señalaban las contradicciones evidentes en el relato de la Natividad, o como el censo de Quirino que comenta Lucas tuvo lugar varios años después de la muerte de Herodes, y ese pequeño detalle bastaba para demoler el relato, al constituir un imposible histórico, lo que insinuaba una creación a posteriori por parte de los propios cristianos, para intentar explicar el origen de su salvador y ajustarlo a las profecías mesiánicas hebreas.

No era el único punto sorprendente. Los libros del profeta Daniel, con su actuación directa de Dios en los asuntos humanos y su llamada a la perserverancia en la fe, hasta el martirio, frente a las autoridades humanas, no habían sido escritos en el siglo VI durante la cautividad babilónica, sino en el siglo II, durante la guerra de los macabeos contra el helenismo de los los reyes seleúcidas macedonios, como demostraban las profecías sobre los reyes de esta dinastia. Un detalle que nunca falla a la hora de poner una fecha mínima a un libro, puesto que si una profecía es correcta, quiere decir que el autor conocía el resultado y que en este caso convierte a los libros de Daniel en un tratado político contra los seleúcidas.

O como era el caso del Génesis, plagado de contradicciones que no figuraban en las versiones populares, pero que eran flagrantes hasta para el lector menos atento. Así, la misma historia de la creación se revelaba imposible, ya que en el primer capítulo el hombre era creado en el sexto día, tras plantas y animales, y daba la impresión de que hombre y mujer eran producidos al mismo tiempo (lo que llevaría a los rabinos a teorizar con la posibilidad de que la primera mujer de Adán fuera Lilith), mientras que en el segundo capítulo, el hombre es creado cuando aún no existen animales ni plantas, que se crean posteriormente para acompañar al hombre al igual que Eva. O como en el caso de Noe, con dos versiones distintas sobre como se llenó el arca, pues en una es una pareja de cada animal, mientras que en la otra son siete de los animales puros y una de los impuros.. lo que explicaría porque Noe, tras descender del arca pudo sacrificar unas reses, sin extinguir su especie.

Ahora, en este momento, muchos años más tarde, ya no queda nada de mi fe, y los relatos bíblicos no son para mí otra cosa de relatos. Ahora, tras mucho leer sobre la biblia y sobre la historia, no es que ocurra que la mayor parte de los hechos allí narrados se revelen sin confirmación externa, cuando no directamente contradichos, sino que el propio texto pierde su unidad, ese cadena de personas que nos lo hiciera llegar sin cambios ni alteraciones prácticamente desde la misma boca de Dios.

Como es sabido, no hay una única Biblia, sino muchas, el texto en Hebreo, la Masorética, no fue fijado hasta el siglo IX después de Cristo, y el utilizado por los cristianos se basaba en la traducción al griego, la llamada Septuagésima, del siglo III a.C, en el que se basó San Jerónimo para la traducción latina, la famosa Vulgata. Unas versiones que difieren dramáticamente y cuyas diferencias no se pueden explicar por corrupciones de la versión original debidas a la acción de los traductores, simplemente porque nunca hubo una versión original. En los famosos manuscritos del Mar Muerto, escritos entre los siglos II a.C y I d.C, se han conservado multitud de libros bíblicos, los cuales difieren a veces espectacularmente con los textos conservados en la tradición Judía y Cristiana, e incluso entre ellos en los casos en que se ha conservado varias copias del mismo libro, haciendo imposible la reconstrucción de un supuesto libro original del que procediesen todos.

O en otras palabras, lo que muchos fanáticos llaman la palabra del señor, transmitida fielmente de generación en generación, nunca ha existido, y lo que tenemos ahora es el resultado de multitud de manos, que añadido y cambiado lo que les ha parecido bien.