domingo, 13 de septiembre de 2009

On the Brink of Disaster

By 1930 confidence in democracy had worn thin. The new states challenging the status quo were anything but democratic. There was every evidence that any new order, whether right or left, would bring with it an authoritarian, single party politics. By the late 1930 even political circles in the USA feared the imminent collapse of democracy everywhere outside America... Under such circumstances, war in the in the 1930 was a great risk for any democratic power. It was not a question of a democratic world bringing fascists troublemakers to kneels, but of a democratic retreat in the face of fanatical nationalism, military rule and communist dictatorship. Not only the status quo abroad, but political freedom in home was at stake. The decision to use force in its defence was not at easy as it now looks from the perspective of German defeat. Fears for internal political stability, the urgent search for consensus, the pursuit of economic security were not mere excuses for democratic inaction, but were the product of a very real anxiety.

The Road to War, Richar Overy & Andrew Wheatcroft.

Por seguir en la línea de abuelo cebolleta que ha dominado mis entradas últimas, tengo que añadir que mi afición por la historia precedió a la de la música y el arte. Si estas últimas lo hicieron en el periodo 1980-1982, la historia se me reveló el curso escolar anterior, el 79-80, quizás porque en el tiempo en que vivía la transición, la historia, como dicen en anglosajonía, was in the making, al coincider mi niñez y adolecescia con el final del franquismo y la transición a la democracia, pero sobre todo se lo debo a mi profesor de historia contemporánea de ese tiempo, una persona que nos hizo ver la historia y su estudio de forma nueva y renovada, como algo vivo, alejado de las largas listas de nombres y fechas que debíamos memorizar para los exámenes.

¿Y en qué consistía esa visión nueva y renovada de la historia? Quizás lo que mejor podría ilustrarlo es un ejemplo, como decía él, había que huir de las narraciones de la historia que la presentaban como el cuento de caperucita, como podría ser, en el caso de narrar la segunda guerra mundial, hablar de caperucita roja-Polonia, que yendo a visitar a su abuelita-Inglaterra, se encontró con el lobo malo-Alemania...

En este sentido el libro de Overy-Wheatcrofr, The Road to War, realiza un excelente trabajo de revaloración histórica de los sucesos que condujeron a la segunda guerra mundial, empañado sólamente porque en cierta manera no pasa de ser un resumen amplio y se desearía una mayor profundidad en su tratamiento y exposición. Dejando este defecto a un lado, el libro realiza un excelente trabajo disolviendo mitos populares, en concreto el de que las potencias occidentales se lanzaron a la guerra para protejer los derechos de los pequeños pueblos, pero lo hace no en el sentido revisionista, el demostrar que todos estábamos equivocados y que en el fondo los nazis no eran tan malos, sino intentando liberar a la crónica de la segunda guerra mundial de una aparente atribuida anormalidad histórica, para hacerla más normal y cotidiana, similar, en sus orígenes a otros conflictos del pasado.

¿Y en que consiste ese parecido con otras guerras? Pues simplemente, como era de esperar que las potencias no actúan por altruísmo, sino por defender sus intereses. Unos intereses que, en el caso de las potencias occidentales de los años 30, Francia e Inglaterra, enfrentadas a una decadencia imperial, esa que convertiría tras 1950 a Europa en un continente más sin peso en el mundo, intentaban por todos los medios mantener el status quo, temerosos de que una guerra pudiera llevar al traste las ventajas de las que gozaban y destruir sus sistemas políticos internos, especialmente enfrentadas a unas potencias revisionistas, como Japón, Alemania e Italia, envalentonadas y en ascenso, y un clima político mundial , donde la democracía parecía pertencer al pasado y las dictaduras al futuro.

Una postura que explica el appeasement inicial, más allá de una supuesta cobardía de las potencias democráticas, y que explica también su firmeza en 1939, cuando, como bien hubiera corroborado Clausevitz, la guerra se convirtió en la continuación de la política por otros medios, ya que la tensión había llegado a tal grado, que la única manera de mantener el equilibrio interior y exterior era precisamente desancadenar una guerra europea, en un momento, 1939, en que Inglaterra y Francia aún tenían ventaja sobre Alemania, y no como bien demuestra Overy, en el momento deseado por Hitler, 1942-1945, cuando militarmente la superioridad sería de Alemania.