sábado, 12 de septiembre de 2009

Absurdity/Eternity











He indicado ya muchas veces, en la entrada anterior, sin ir más lejos, la sensación de disociación e inutilidad que produce el toparse con obras de esas que llaman absolutas, que fueron producidas hace decenios, cuando uno ya estaba vivo y había alcanzado la capacidad mental necesaria por esos temas. Entiéndase bien, no se trata de aquello que se dejó de ver en su momento, por una razón u otra, y que quedo apartado para mejor ocasión. No, se trata de aquello de lo que nunca llegó uno a enterarse, que pasó desapercibido y desconocido, porque lo que tenían que contárnoslo, llamar la atención estaban hipnotizados por las modas pasajeras del momento, todo aquello que no merece importancia y que se mantiene en los libros y en las crónicas, demasiado a menudo simplemente porque no se quiere aceptar el error.

Así, cuando uno descubre lo que era realmente importante, muchos años después y se da cuenta de la intensidad con que lo hubiera disfrutado si lo hubiera hecho con el vigor de la juventud, no puede evitar un sentimiento de desolación. Desolación y profunda desconfianza hacia aquellos que dicen quiarnos, pero cuyos juicios, demasiado a menudo, vuelvo a repetir, están tan distorsionados y equivocados como los de el más distraído de los espectadores.

Así que no es extraño que la contemplación de una obra tan bella formalmente y tan cercana a mis sensibilidad como L'Ange, de Peter Bokanowski, realiza en 1982, me haya impresionado profundamente, no sólo por esa belleza, sino por la certeza de haber perdido el tiempo contemplando celuoide completamente inútil, sólo porque se decía que había que verlo, mientras lo realmente importante quedaba oculto... y lo hubiera sido eternamente si la casualidad no me hubiera hecho toparme con ella.

Por que realmente, yo no tendría que decir nada más, debería bastar con redigirles a esta entrada, perteneciente al blog de Ben Ettinger, alguien que escribe y se explica mucho mejor que yo, no ahora, cuando mi decadencia es cierta, sino incluso cuando yo estaba en plenitud de facultades.

Pero algo hay que decir, algo hay que decir. Y esta película me duele especialmente por que describe con una belleza formal extraordinaria, las diferentes acciones obsesivas y absurdas en que sus personajes repiten eternamente, embebidos en sí mismos, ausentes a todo lo que no sea su tarea. Un absurdo, un círculo vicioso sin salida ni redención que es subrayado por la música, donde los sonidos de los instrumentos clásicos han sido desmontados y remontados hasta hacerlos parecer electrónicos, y donde las imágenes han sido montadas para que hacer aún más incompresible lo que vemos, ocultando lo esencial, rompiendo la secuencia temporal, mostrándolo apenas un instante o deteniendo la imagen hasta negar el movimiento que suponemos consustancial al cinematógrafo.

Así, se tiene un espadachín que una y otra vez apuñala a una muñeca colgada del techo, una jarra de leche que se hace añicos una y otra vez contra el suelo, justo cuando un personaje sin manos intenta agarrarla, unos estudiosos que buscan en una biblioteca de Babel una respuesta a una pregunta que no se nos revela, un rayo de luz que es refractado, reflejado, transmitido por distancias infinitas, sin que tal complicado mecanismo parezca tener una razón de ser... o unas figuras minúsculas que ascienden unas escaleras sin final.

Un mundo absurdo y sin sentido que no podemos contemplar con otro sentimiento que no sea el horror.

¿O acaso es lo contrario? No somos nosotros, los espectadores similares al K. de la novela Das Schloss de Kafka. Si nadie excepto nosotros ve el absurdo, si todos los demás actúan como si las reglas del juego fueran sensatas y racionales ¿quién es el loco entonces? ¿Ellos o nosotros? Cómo podemos afirmar que estamos cuerdos, cuando el mundo entero actúa de forma distinta a como nosotros pensamos que deberíamos hacerlo?

¿Y es que acaso, nuestras acciones racionales no son esencialmente absurdas? Nada de lo que construimos, de lo que ansiamos, de lo que perseguimos, habrá de aprovecharnos, porque nos será irremediablemente arrebatado, bien por el olvido, bien por la muerte.

Porque nosotros también somos presos que caminan en círculos por su celda, habiendo llegado a crear que sus sueños de un mundo exterior son la realidad.