jueves, 3 de septiembre de 2009

Onto the Beachs (y III)

The worst was climbing on lorries packed with bodies and unloading them in piles. They arrived every two hours. Some were dead anywhere between days and six months. Many were full of maggots. It was appalling. We had no gloves and had to put our hands into these ghoulish messes. The stench was indescribable... One allied soldier stretched out in death and a dead German paratrooper also dumped off the truck ended up arm-in-arm with one another in death. I thought what the couldn't do in their lifetime. now that they were dead they were able to do. It was on that occasion I think when I swore I would never take up arms again for anybody. I seemed to me quite senseless what we had been doing the last six months.

Testimonio del cabo Hans Liebchner tras ser hecho prisionero en Anzio, tal y como se cuenta en Fatal Decision de Carlo d'Este

Truscott said he would not speak of the glorious dead because he didn't see much glory in getting killed in your late teens or early twenties. He promised that if in the future he ran into anybody, especially old men, who thought death in battle was glorious, he would straighten them up. He said it was the least he could do

Oración fúnebre del general Lucian Truscott en Anzio, op. cit.

I remember feeling a new appreciation for life - I had the feeling that any kind of a loving human being - a leper, a derelict sleeping in the gutter was a thing of beauty when compared to the pale, cold dead who we had hours before laughed and joked with about the misery of Anzio.

Teniente Coronel Yarbourough. op. cit.

Hace unos meses, en un diario de ámbito nacional (El País, para ser más concreto) se reseñaba el libro de historia The Day of Battle, de Rick Atkinson, dedicado a la segunda guerra mundial en Italia hasta la liberación de Roma . El comentarista se deshacía en elogios, simplemente porque abundaba en detalles tipo Saving Private Ryan, esa película cuyo éxito determina la forma (equivocada) en que vemos la segunda guerra mundial, al igual que una generación anterior lo hacía a través de las películas de propaganda de los años 40. Sin embargo, en ese mismo comentario, el crítico demostraba su desconocimiento de la campaña bélica, ya que no se había dado cuenta del mayor pero que se le puede poner a ese libro, su empeño en salvar la figura del general americano Mark Clark, al que se presenta como un héroe incomprendido, cuando el consenso general era el de un general prima dona, al estilo de MacArthur, preocupado sólo por su imagen y capaz de sacrificar a sus hombres y el resultado de la campaña por aparecer en los periódicos, como ocurriría, en sendas ocasiones, en Cassino y Anzio.

Esto en lo que concierne a la calidad de la crítica literaria, vayamos ahora a la obra, Fatal decision de Carlo d'Este (de quien ya he comentado otra obra) a la que pertenecen los fragmentos que he incluido arriba y que narra lo sucedido en la cabeza de playa de Anzio en el invierno de 1944, junto a Roma, ideada como un medio de desbloquear la situación en Casino, donde los alemanes había detenido a los aliados que ascendían la pero que se convirtió en un fiasco de mayores proporciones. Un forcejeo mortífero en el que durante meses cayeron miles de soldados de uno y otro bando sin conseguir nada.

Como decía en esa otra entrada, el principal defecto de d'Este es el hecho de haber sido militar, con lo que adopta una perspectiva from top to down y tiende a llenar su obra de retratos elogiosos de sus colegas de profesión. Este defecto, no obstante, es su mayor virtud, puesto que le permite explicar situaciones que para un lego quedarían muy lejanas, pero que para él son el pan nuestro de cada día. Así las descripiciones de lo que sucedió en las altas esferas durante esa campaña son extremadamente detalladas y precisas, construyendo un cuadro que no puede tildarse de otra manera que devastador.

En primer lugar tenemos una campaña que nunca tiene un objetivo claro, más allá de retener en ese frente a tropas alemanas que podrían desplegarse en Francia, pero que en realidad acaba por convertirse en un forcejeo político entre británicos y americanos, estos últimos contrarios a cualquier operación que no fuese la del desembarco en Normandía, mientras que los primeros interesados en posicionar las fichas en el tablero de juego del continente, para así poder decidir como sería el mundo tras la contienda.

Una disparidad de criterios que lleva a que en Italia se desplieguen el mínimo de tropas, apenas las necesarias para tener en jaque a los alemanes y conlleva que cualquier victoria (Anzio y Casino) se consiga con un coste elevadísimo de vidas humanas. Una indecisión que se refleja en los propios mandos encargados de la campaña. Con un Alexander, comandante en jefe, que descuida sus obligaciones y deja que sean sus mandos inferiores los que decidan qué hacer y como hacerlo, un Mark Clark, a cargo de las operaciones americanas, más interesado por imagen publicitaria que por los objetivos y el bienestar de las tropas, y que le llevaría a ordenar ataques casi suicidas contra las posiciones alemanas en Cassino. Sin olvidar, claro, a un general, Lucas, a cargo de las operaciones de Anzio, sabedor de que las tropas asignadas no son suficientes, que arriesga un desastre, y que es reticente a tomar cualquier medida ofensiva.

Y frente a ellos, un ejército alemán, dirigido por Kesselring, que se crecía ante las dificultades y que no dudaba en atacar y contratacar con cualquier cosa que tuviera a mano, poniendo en dificultades, cuando no al borde del desastre, a un enemigo que le superaba siempre en material y soldados.

¿El resultado? Una batalla como la de Anzio, que durante meses se pareció a las peores de la primera guerra mundial, y que se resume en una matanza sin sentido, con los hombres cayendo por posiciones si n valor, más allá del de no ser tomadas por el enemigo, y que d'Este reconstruye con todo lujo de detalles, incluso las que gustarían a los fans de Saving Private Ryan.

Una batalla, en fin, que no sirvió para nada, porque en incluso cuando en Mayo las fuerzas aliadas consiguieron salir de la cabeza de playa y derrotar a los alemanes, el general Mark Clark, el falso héroe entronizado por Atkinson, en vez de permitir que siguieran avanzando hasta corta la carretera por la que huía el ejercito alemán derrotado en Casino, las desvió hacia Roma.

Para salir en las portadas de las revistas.