domingo, 6 de septiembre de 2009

You set the limits (y III)
















Ya he comentado muchas veces mi admiración por los Fleischer, Max y Dave, esos pioneros de la animación, cuyos nombres deberían figurar entre los más grandes, si realmente hubiera justicia.

Puede parecer exagerado, pero una característica de los Fleischer, especialmente en la serie, Out of the Inkwell de los años 20, aunque continuaría en mayor o menor medida a lo largo de toda su carrera, es la imposibilidad de predecir lo que va a ocurrir en sus cortos. Siempre están dispuestos a experimentar, siempre preparados para aprovechar una oportunidad cómica, desarrollar un chiste y dejarse llevar, encadenando un gag tras otro, una locura tras otra, de manera que cuando les sale bien, es imposible encontrar nada forzado en su desarrollo, sino que todo el corto parece natural, improvisado, como si hubiera ocurrido ante nuestros ojos, a pesar de ser animación, de los múltiples absurdos que se encadenan en su recorrido y la certeza de que todo, absolutamente todo ha tenido que ser planificado, pensado y preparado.

Esa naturalidad, a pesar de constituir cada corto un mecanismo de relojería, es lo que les aparta de su contemporáneo y competidor Disney. Una vez que Ub Iwerks rompió el tándem que habían formado durante los 20 y primeros 30, y con la excepción de los cortos de Goofy de Jack Kinney, la producción Disney va fosilizándose en la misma medida que su animación se vuelve cada vez más perfecta técnicamente (algo que los Fleischer sabían dejar de lado cuando era necesario). Sus argumentos se vuelven previsibles, su locura controlada y mecánica, aburrida y falta de gracia, hasta devenir una fórmula sin ningún interés e importancia, en paralelo al desinterés creciente por la animación de su fundador.

Todo lo contrario como digo, a la producción de los Fleischer, que hasta el último momento siguió dando sorpresas, reinventándose a sí mismos, intentando no quedarse anquilosados y, sobre todo, dando la impresión de querer divertirse ellos mismos, tanto como lo pudiera estar haciendo el público.

Unas características que ya estaban presentes desde el primer momento, como en el corto Vaudeville de 1926, con el que he ilustrado esta entrada, en el que Max, intentando superar a Koko, se bebe el contenido del tintero que utiliza para dibujarlo y se convierte, él mismo, en otra mancha de tinta, rebelde y jugetona, imparable e imprevisible.