martes, 29 de septiembre de 2009

Cultural Exceptions (y II)

Hace unas entradas hablaba yo de la magnífica exposición sobre la escultura del reíno de Ife, que puede visitarse en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid. En aquella ocasión resaltaba como esa escultura consistía principalmente en retratos de los componentes de la corte real, reyes, reinas, altos funcionarios, sirvientes... y por tanto su objetivo era propagandístico, situando a los gobernantes por encima de los seres humanos normales, dotados de la imperturbabilidad y serenidad de los dioses, pero al mismo tiempo siempre preocupados por su pueblo, cuyo bienestar era la mayor gloria a la que podía aspirar la corona, aunque ese bienestar ideal, como suele suceder, poco tuviera que ver con el bienestar real que esperaría la población.

Definido así ese arte, y si se siguieran los postulados que recogiera John Berger en su Ways of Seeing, deberíamos rechazarlo por entero. Tal y como se indicaba en ese libro, no es posible, o al menos no es deseable, evitar la vertiente política que todo arte posee, en tanto que expresión de las ideas, de una época, una sociedad, una clase o un individuo. Es más, si éstas ideas no coinciden con las nuestras, en el caso de Berger, con las de la izquierda post 68, ese arte quedaría automáticamente desprovisto de cualquier valor. Por lo tanto, al representar el arte de Ife el producto de un sistema desigual y opresivo, como cualquier estructura de poder que se precie, no deberíamos admirarlo, sino denunciarlo.

El pero que Berger puso a toda nuestra concepción del arte no es baladí. Inconscientemente, tendemos a rechazar todo arte actual que no responda a nuestra postura política, en tanto que lo vemos como un impedimento a la construcción de la sociedad deseada, y por tanto usamos ese argumento de "no apto" para rechazar los productos que se oponen a nuestros ideales, independientemente de sus posibles valores estéticos objetivos, aunque ambas palabras parezcan no tener relación.

Un criterio de juicio político que a medida que el arte observado pertenece a un pasado cada vez más remoto (o a una cultura cada vez más distante) se vuelve cada vez más tenue y resbaladizo, ya que nuestros conceptos empiezan a no ser aplicables a esas realidades pasadas o lejanas, con lo que el dilema que Berger nos plantea es el de mantener a ultranza nuestro compromiso político, rechazando así de plano la práctica totalidad del arte antiguo, como perteneciente a sociedades esencialmente injustas y discriminatorias, o buscar alguna componenda que nos permita seguir manteniendo la ficción de su disfrute, a pesar de nuestro conocimiento de la auténtica realidad.

¿O quizás estamos definiendo mal el problema y no es necesario definirlo en términos tan radicales? En mi memoria queda una anécdota de cuando era niño y cursaba séptimo de EGB, con apenas doce años. En aquel entonces nuestro profesor nos hizo leer la Noche Obscura del Alma de San Juan de la Cruz, sin que ninguno supiéramos mucho de él, excepto que ese San indicaba a un religioso, para a continuación pedirnos que lo interpretásemos.

Ninguno nos atrevimos a decir nada, puesto que la imágenes que ese poema evocaba eran completamente sexuales, de forma que la explicación de su verdadero significado, la unión mística del alma con el creador, nos pareciesen completamente fuera de contexto, privadas de todo sentido o razón. O lo que es lo mismo, ocurre que un ateo es capaz de leer y disfrutar un texto concebido por un religioso, a sabiendas de su verdadero significado, pero dotándolo de un mensaje completamente opuesto... algo que debería hacer reflexionar a todos aquellos que hablan de absolutos en el arte o de como su verdadera intención jamás puede ser disfrazada o disimulada.

O por continuar con los ejemplos, como podemos así admirar el relato de Tucidides, aunque sabemos perfectamente que sus simpatías no eran democráticas, sino oligárquicas, o perdernos en las arquitecturas musicales abstractas de un Gesualdo, príncipe de Venosa, aunque conozcamos como asesino a su mujer y al amante de esta para luego exponer sus cuerpos en la plaza de la iglesia, acto que ahora mismo nos haría estremecer de indignación y repugnancia.

O por concluir, como al final lo que importa de esta escultura de Ifé es como esos artesanos, al igual que el escultor griego, supieron plasmar la carne con exactitud, dando la impresión de que al tocar la piedra, está cederá ante nuestro contacto, o como son capaces de crear la ilusión de encontrarnos ante una persona de verdad, perfectamente individualizada, que habrá de volverse súbitamente al reparar en nuestra presencia.

El milagro del auténtico arte, que deja de ser de un tiempo, una sociedad o una persona, para convertirse en universal, propiedad de todos, emocionante para todos, más allá de sus limitaciones, sus miserias o sus pecados.