domingo, 22 de marzo de 2009

Words & Images











Existen una serie de lugares comunes en la historia del cine, que no por muy extendidos no dejan de ser menos falsos. Uno de ellos, es la ecuación que iguala cine inglés con cine sin interés, académico y aburrido, opinión propagada por la Nouvellle Vague francesa de los 60 y que incluso ahora mismo, en la esencial Histoire(s) du Cinéma, Godard continúa repitiendo como uno de esos dogmas de fe a los que es tan aficionado.

No obstante, cualquier que haya estudiado la historia del cine, sabe que simultáneo a la Nouvelle Vague francesa en Inglaterra estalló el movimiento llamado Free Cinema, que se proponía más o menos los mismos objetivos que sus contemporáneos franceses. Sería muy interesante estudiar porque un movimiento fracasó allí donde el otro triunfó, así como preguntarse porque los logros de un movimiento parejo fueron más o menos silenciados por sus homólogos franceses, pero lo que me interesa aquí es señalar precisamente que este ejemplo sirve para invalidar la tesis que indicaba más arriba, la imposibilidad de unir en una misma frase Cine e Inglés.

Por supuesto el Free Cinéma no es una excepción, en los cincuenta la Ealing se hizo por méritos propios con un lugar de excepción en la historia de la comedia, dotando a sus producciones de un realismo similar al de las producciones italianas contemporáneas. Unas películas en las que la mirada del artista estaba dirigida a las gentes comunes y a sus problemas cotidianos, representadas con sencillez y cercanía, en claro contraste con la High Comedy y la Srewball de los años 30.

Otro ejemplo señero es el movimiento documental inglés de los años 30 y 40, que me viene ocupando estos últimos meses, donde una serie de directores, utilizando el apoyo de instituciones públicas, y con una sólida formación experimental, experimentaron con la, por aquel entonces, casi novísima forma, buscando y encontrando soluciones que ahora son casi lugares comunes, desde el documental de denuncia hasta el poema en imágenes. Una labor en la que sobresalió la GPO Film Unit, donde se encontró un raro equilibrio entre la inercia y el conservadurismo de los poderes públicos y la experimentación y audacia de los creadores cinematográficos, que le permitió gozar de una libertad creativa inusitada.

Y luego por supuesto estaba Humphrey Jemmings.

En su figura y en su obra mínima, apenas quince años y un puñado de películas, concentradas las mejores en el periodo 1940-1945, tenemos una paradoja sobre una paradoja. Como bien es sabido por todos los aficionados, aunque pocos se atrevan a confesarlo, en la supuesta objetividad y verdad del documental se esconde una trampa terrible, la de ser, se quiera o no una obra de tesis, encaminada a convencer al espectador de un mensaje, lo cual lleva por supuesto a una subordinación de la imagen a la palabra en el mejor de los casos, y a una manipulación consciente de la realidad filmada en el peor de ellos, para aumentar el impacto de la tesis... y tornarse en perfectamente olvidables, una vez transcurrido el momento que les dio lugar

Por ello los mejores documentales sean quizás aquellos que bien difuminen completamente su mensaje, eliminen la palabra o se conviertan en meditaciones abiertas, incompletas y contradictorias, tipo Chris Marker, o bien, utilizando ese mensaje como base, lo conviertan en complejas estructuras formales, donde se realice una investigación entre imagen y texto, entre idea y símbolo, explorando el propio lenguaje y su camino.

Como ocurre en Words for Battle, ilustrado por las capturas que abren esta entrada, un documental propagandístico realizado en uno de los momentos más negros de la Segunda Guerra Mundial y de la historia de Inglaterra, cuando esta se encontraba sola frente al poder de la Alemania Nazi, acosada por mar y aire, destinada a rendirse sin condiciones en cualquier momento. Una obra por tanto destinada a levantar la moral, a fortalecer los espíritus, a imbuir a los espectadores de sentimiento patriótico, pero donde la forma, la yuxtaposición de citas de autores clásicos (o mejor dicho de los autores que formaban parte del imaginario popular) se yuxtapone con imágenes de la Inglaterra de ese preciso momento, asociando palabras e imágenes, imágenes con imágenes, de una forma libre y aparentemente descuidada, pero de la que surgen poderosas conclusiones, mucho más resonantes que si hubieran sido pronunciadas explícitamente, ya que es el propio espectador quien tiene que alcanzarlas sin que le sean forzadas.

Construyendo así, un poema en imágenes, en el que se rinde homenaje a lo mejor de Inglaterra, su capacidad de resistencia frente a la adversidad, encarnada en la Marina y la Aviación y, sobre todo, al hecho de ser una democracia, enfrentada por tanto a las dictaduras totalitarias que pretendían dominar el mundo.