viernes, 20 de marzo de 2009

Perennial Youth


He visto este jueves la película Sky Crawlers de Mamoru Oshii y puedo comprender porque muchos espectadores sientan un cierto rechazo o simplemente perplejidad ante esta narración de combates aéreos dentro de una guerra que se ha convertido en un juego inofensivo para las civilizaciones en ellas involucradas, similar a nuestras competiciones deportivas, sólo que en este caso la muerte es real para aquellos obligados a combatirla. Una utopía en que la paz perpetua para la inmensa mayoría de los mortales ha sido conseguida convirtiendo la guerra en un encuentro controlado y sujeto a reglas, que sólo afecta a unos pocos y que se convierte en espectáculo para la mayoría (y quien son esos pocos y quien son esos muchos es crucial para comprender la obra)

Visualmente la película es espectacular, no ya por los más obvio, la utilización de CGI para construir los duelos aéros, sino por esos pequeños usos que constituyen una constante de la animación japonesa, el uso expresionista de la luz y el color (obsérvese la primera captura) y sobre todo la utilización del silencio, de los diálogos incompletos, de la nada narrativa, lo que provoca que la irrupción de la música o la acción amplifique el efecto producido en el espectador, simplemente debido al mero contraste.

Sin embargo, como digo, para muchos espectadores, los aspectos narrativos pueden parecer decepcionantes. Se trata de una película que se compone de una sucesión de anticlimax, de largos momentos narrativos donde no sucede nada y que no desembocan en nada, de supuestos nudos narrativos que nunca se resuelven, de tramas que parecen ser la trama pero que no desarrollan, mostrando indicios aquí y allá sobre lo que ocurre, pero negándose a conectarlos, mientras se mantiene la mayor parte de las explicaciones y las razones en la sombra.

Así, los combates aéreos no son resolutivos, la guerra parece no tener ningún objetivo, especialmente cuando se considera su aspecto de deporte con muertos, la supuesta némesis de los héroes (el piloto enemigo llamado sensei) no pasa de ser un fantasma sin rostro, como la propia muerte... una indefinición y ambigÇUedad que se contagia al resto de la película, cuando se describen los largos periodos de inactividad en tierra, que se convierten en un ir y venir sin sentido alguno, con relaciones que no fructifican o simplemente se repiten una y otra vez hasta perder el sentido o se realizan porque en algo hay que perder el tiempo... lo cual lleva a la actitud de tristeza resignada que adoptan la mayoría de los personajes, sabedores de vivir en un ciclo eterno que sólo la muerte puede romper.

Y ése es precisamente el significado de la narración anticlimática y aparente sin objetivos, sentido o resolución que sigue esta película, el mostrar el círculo vicioso en el que se hayan sumido los personajes, peor aún cuando se considera que los pilotos que participan en esta guerra, los únicos que mueren en ella, no lo olvidemos, no son sino seres humanos perfectos, en el sentido de gozar de la eterna juventud que constituye una suerte de inmortalidad... y su propia condena, puesto que el tiempo se reduce a un constante presente, sin cambios, donde las mismas acciones se repiten una y otra vez, hasta perder cualquier sentido o finalidad que tuvieran en un principio, embotando su capacidad de sentir o de emocionarse.

Un círculo vicioso del cual solo hay una salida, la muerte violenta en el combate al que han sido destinados, en un especia de castigo al que la sociedad les ha sometido, por esa su diferencia, por ser eternamente jóvenes, inmutables, perennes.

O quizás haya otra salida.