viernes, 6 de marzo de 2009

Urwälde


He estado reviendo estas últimas semanas, en pequeñas dosis de 20 minutos, la mítica Dersu Uzala que Kurosawa dirigiera en 1975, lo cual me ha despertado una serie de meditaciones, algunas más pertinente que otras, que son más personales, en su sentido biográfico.

El caso es que hace ya un buen rato que se habla de la muerte del cine clásico, a cuyos continuadores actuales se les dedican toda clase de descalificaciones, principalmente la de estar tratando con un modo de hacer cine completamente desfasado, sin ninguna capacidad de renovación, evolución o sorpresa... argumentos que son muy válidos, sino fuera porque la visión de Dersu me ha hecho acordarme de lo que representaba rodar al estilo clásico, un modo completamente distinto del utilizado por sus supuestos continuadores actuales, que puede decirse que son su negación completa.

¿Y qué quiero decir yo con esto? Pues que aparte de una serie de herramientas de estilo y de gramática cinematográfica, eso que es tan fácil copiar y que figura en todos los manuales, el cine clásico es, ante todo, una forma de mirar el mundo, aspecto que sus imitadores actuales son incapaces de imitar y en muchos casos, ni siquiera se imaginan que exista. En resumen, que se limitan a crear maniquíes, exteriormente iguales a los seres humanos, pero desprovistos de vida.

De pregunta en pregunta ¿Qué quiero decir yo con eso de un modo de mirar? Pues simplemente que el cineasta clásico intentaba transmitir los sentimientos y sensaciones, tanto explícitas como implícitas, expresados por un texto mediante imágenes, lo que llevaba a la autoimposición, dependiendo de ese texto, de una serie de normas, válidas sólo en ese contextos, y que reducían el conjunto de posibilidades a un restringido número de opciones.

Por poner un ejemplo, conocido de todos, todos recordamos el comienzo de The Searchers de John Ford, en concreto como nunca se nos cuenta el pasado del personaje interpretado por John Wayne, ese tiempo enigmático transcurrido entre el final de la guerra civil y el regreso a la granja de su hermano. Otro director, especialmente uno moderno, habría intentado construir el personaje de Ethan, darle mayor entidad dramática, incluyendo flashbacks a ese pasado misterioso.

Ford no lo hace, sin embargo, y muchos (post)modernos aprovechan para hablar de ascetismo, rigor, desafío.... intentando, como quien dice, arrimar el ascua a su sardina, sin darse cuenta de que si Ford no lo hace así es simplemente porque el relato y el personaje no lo exigen. Ethan no quiere que se sepa su pasado, su hermano y la mujer de este prefieren no saberlo, y por tanto ése y no otro, es el sentimiento que se nos quiere transmitir en la película, el de algo que se ha decidido olvidar, suponer como nunca ocurrido.

Ése es precisamente el concepto de clacisismos y ser clásico, la adecuación entre lo que se quiere contar y el como se cuenta, y lo adscripción rigurosa a unas formas mecánicas y reglamentadas de escritura visual.

Una definición que convierte automáticamente a Dersu Uzala en uno de los últimos clásicos, por esa correspondencia casi exacta entre contenido y fondo, uno de cuyo ejemplos se encuentra en la secuencia ilustrada en la captura de arriba, correspondiente a un personaje que busca a otro en medio de un bosque, encontrando su búsqueda imposibilitada por ese mismo búsqueda. Uno sentimientos, el de no encontrar puntos de referencia, el de no saber por donde tirar, el comenzar a estar uno mismo un poco perdido, que quedan perfectamente ilustrados (palabra terrible) en esa widescreen donde su misma amplitud, su espacio, queda negado por la acumulación de elementos en primer plano, impidiéndonos ver lo que hay más allá, o en el hecho de que las entradas y salidas de plano, se realizan por lugares y direcciones opuestos, en un ritmo vivo, pero al mismo tiempo perfectamente legible (otra característica del clacisismo) un clima de ansiedad y confusión

Ése que requiere la escena.

Y a todo esto, ¿dónde queda la "meditación... más personal, en su sentido biográfico de la que hablaba antes? Pues simplemente que esos bosque eternos que representa la cinta, alejados de nosotros por miles de kilómetros y ya más de un siglo, me son especialmente cercanos. Ese vivir y marchar por un bosque cerrado, de árboles altísimos, que se cierran sobre uno, evitando el paso de la luz, y donde al poco acaba uno por perder toda referencia de donde viene y a donde marcha, lo he experimentado yo cuando niño, cuando marchaba de acampada y de campamento, durante semanas enteras con los boy scouts.

Una sensación que ya no podré volver a sentir nunca, puesto que no recuerdo dónde estaban esos sitios cuyo recuerdo es tan vivo que puedo aún verlos cuando cierro los ojos, como si aún estuviera allí. Y aunque supiera encontrarlos, han pasado ya treinta años, y esa marabunta insaciable y destructora que es la especie humana, seguro que ya los habrá encontrado y domado, haciéndolo semejante a esos espacios urbanos que tanto decimos aborrecer pero sin los cuales no podemos vivir.

O lo que es peor. Puede que lo encontrase y que por alguna casualidad hubieran sido protegidos. Yo ya no soy el mismo, he crecido y madurado, me hecho viejo, desengañado y amargado. Esos espacios enormes e impresionantes para el niño pequeño que yo era, me parecerán ahora angostos y diminutos, sin nada que me sorprenda e ilusione, puesto que ya no puedo albergar esos sentimientos.