domingo, 8 de marzo de 2009

Des images




He completado hoy, tras varios fines de semana, la visión de Histoire(s) du Cinéma de Godard... y debo decir que me ha gustado más de lo que pensaba.

Algún lector se habrá preguntado si eso no debería ser así by default, pero el caso es que con Godard me pasa como con Mozart, el hecho de que se les califique como probablemente el mejor XXXX del mundo, al igual que la cerveza, y que multitud de seguidores se afanen en cubrirlos de elogios manoseados por infinitas manos, incita mi rebeldía y me lleva a abstenerme de su disfrute.

Una error ya lo se, una cabezonería tan estúpida como todas las cabezonerías.

El caso es que apenas he visto nada de la obra de Godard y lo poco que he visto ha sido a intervalos demasiado espaciados. El primero fue a principios de los 80, cuando me aficioné a aquello se definía entonces como Gran Cine (así con mayúsculas). Se trataba de Alphaville, una película de nombre mítico, pero que a mi no me dijo nada. Expliquémoslo bien, no me echó para atrás por su audacia formal, ni por su dificultad extrema. Simplemente me pareció una película más.

Mucho tiempo después, hacia el año 2000, vi la no menos mítica Á bout de Souffle, en esta ocasión si me sentí irritado, pero no por las distorsiones formales, las ruptura de raccord o de la lógica narrativa, sino porque los personajes principales, Belmondo y Seberg, me parecían retrasados mentales, y no podía aguantar que me los vendiesen como paradigma de juventud y de rebelión.

Ahora y a modo de reparación de una injusticia, le he hincado el diente a Histoire(s) du Cinéma y debo decir que la forma en que se estructura, ese remontaje de escenas, superponiendo unas con otras e incluyendo el texto, me ha resultado muy cercano a mi forma se sentir, o dicho de otra manera, que el corta/pega cultural, el intento de transmitir ideas mediante la yuxtaposición y la secuencia de imágenes entran dentro de los recursos que yo consideraría legítimos si alguna vez me dedicara a eso del cine.

Por supuesto, esta película no es una historia del cine. Godard, al estilo de Sartre, es un teórico que expresa sus teorías en forma artística, con lo que no propone dar una visión de lo que ha sido el cine, sino de sus ideas de como debe ser el Cine, lo que le lleva a ocultar ciertos fenómenos, que no considera dignos de esa idea, o a presentar otros de forma negativa, como lastre que impide la cristalización de sus sueños. Una manera que roza el panfleto , al articularse su argumentación en dos modos principales, la repetición constante de ideas simples (cine europeo bueno, cine americano malo) y la apelación a los sentimientos del espectador (el cine es un misterio, el cine es la vida)

Sin embargo, esto que en una obra de referencia universitaria habría sido letal, en este caso no lo es, puesto que se trata de una visión personal, donde lo importante no son los argumentos que se plantean, sino la forma en que se hacen, esa yuxtaposición/superposición de imágenes de diversa procedencia, donde se cuela a partes iguales, la ambigüedad inherente a las imágenes junto con ideas no pensadas, ni intencionadas, negando como digo ese aspecto de tesis o de panfleto, donde se supone una argumentación fija y determinada, libre de interpretaciones equivocadas, puesto que su objetivo es una llamada a la acción.

Una arquitectura formal como digo, basta, en la secuencia, la yuxtaposición, el contraste, la mezcla, la recurrencia cíclica y la alternancia arbitraria de argumentos imágenes, que lo hace fascinante incluso para aquellos que no comparten el credo estético de Godard... o mejor dicho que lo compartimos de manera distinta, pues al igual que él pretendemos variedad y no uniformización, pero no alcanzamos a comprender como esa variedad puede expresarse en un mundo interconectado como el nuestro, en forma de escuelas nacionales, cuando las naciones están dejando de existir, y la variedad sólo puede conseguirse de forma privada y solitaria.

O por finalizar con otro ejemplo de coincidencia, el hecho innegable de que ese cine del que nos nutrimos Godard y yo, y que me permite identificar la inmensa mayoría de las imágenes y títulos que presenta, pertenece ya al pasado, un pasado que no existe ya para para la mayoría de los espectadores, y que nunca volverá, ejemplificado en la mesa de montaje con la que construye su película y en la máquina de escribir con que la traza.