sábado, 28 de marzo de 2009

Dreams Money can buy




La exposición abierta en la Fundación Mapfre del Paseo de Recoletos Madrileño, debía ser una de las estrellas de la temporada, en el sentido de que frente a su puerta deberían crecer colas masivas, que obligaran a la gente a pasar la noche entera de guardia para conseguir verla.

No, no estoy exagerando. Lo que se puede ver allí, completa y casi por primera vez (pocos, si acaso alguno de los que los vieran en los años 30) es ni más ni menos que una de las obras capitales del surrealismo, y por ende de las vanguardias del siglo XX. Ni más ni menos que los originales de Une Semaine de Bonté, la novela en imágenes realizada en los años 30 a base de cut & paste de ilustraciones extraídas de folletines decimonónicos (con el extra del fragmento que el propio artista rodara en los 40 para el omnibus surrealista Dreams Money can Buy, cosido y remontado por Hans Richter)

Pero claro, para el público ibérico el surrealismo se reduce a la pirotecnia de Dali, esa especie de estrella pop-rock de las vanguardias, mientras que el resto del movimiento, en pintura y poesía, está integrado por artistas de segunda y tercera fila, como he podido leer por la internet. Es más, incluso en el caso del artista catalán, el imaginario popular realiza una especie de exorcismo con su obra, de manera que la imagen final que de él se tiene es la de sus vulgarizaciones Hollywodienses, bien en forma Hitchockiana o Disneyana.

Un surrealismo para todos los públicos que bien se puede disfrutar en familia.

Todo lo contrario del insulto que supone la obra de Ernst. No ya por ser irreductible en lo que respecta a su significado, siguiendo la más estrictamente praxis surrealista, sino porque constituye una bofetada, que aún escuece tras ochenta años, a toda nuestra positiva apreciación moderna del arte popular.

Como es bien sabido, o debería serlo, el experimento de Max Ernst consiste en arrancar el texto de esos culebrones por entregas y dejar sólo las ilustraciones. Un punto de partida que viene denunciar el vacío de esas novelas completamente olvidadas, puesto que solamente con la ilustraciones sería posible entenderlas y comprenderlas, es decir que esos productos culturales son completamente prescindibles, puesto que su mensaje e impacto son perfectamente transmisibles utilizando lo que no es sino un apoyo para la lectura, un complemento que no debería aportar nada a la lectura, pero que, en una subversión de las intenciones originales, se revela como más importante que el material original y capaz de substituirlo por entero.

Un primer aviso que debería llevarnos a contemplar con escepticismo los orgasmos retóricos a los que mentes, supuestamente privilegiadas, sufren al contemplar productos de tercera, que les parecen más importantes incluso que los auténticos monumentos culturales que dicen admirar, servir y proteger.

Aún hay más. Uno de los aspectos más interesantes de la exposición es precisamente el ver los grabados originales utilizados por Ernst y como el los recompuso con tijeras y pegamento. Una contaminación entre obras dispares, una superposición de imágenes, que viene a revelarnos otra nociva característica de estos productos, su intercambiabilidad, su igualdad esencial, el constituir una eterna repetición de las mismas ideas, métodos, supuestos y expectativas, donde no cabe la sorpresa, la duda, ni la ambigüedad. Resumiendo todas esas decenas de obras, destilándolas y convirtiéndolas en una sola, Ernst viene de nuevo a demostrarnos la inutilidad de todos esos productos, el círculo vicioso, similar a la noria de los burros al que hemos decidido voluntariamente uncirnos....y al cual intentamos buscar justificaciones que nos demuestren que somos esclavos completamente libres.

Última venganza ésta, puesto que aunque las novelas en imágenes de Ernst no tienen ningún sentido, siendo como son híbridos de materiales dispares, sin hilazón que las una, y donde todas las conexiones han sido borradas, rotas y difuminadas por el artista, nuestra mente, terca y obstinada, empeñada en encontrar un orden en un mundo que seguramente no lo tiene, se obstina en construir una narración en el caos propuesto, en unir imágenes similares, en extraer constantes temáticas... para mayor risa, befa y choteo de Ersnt en particular y los surrealistas en general.

...y me doy cuenta que tras esta filípica he acabado por no decir nada. Más aún, me he puesto a parir a mí mismo, degustador sin complejos que se revuelca en el lodo de subproductos culturales...