domingo, 15 de marzo de 2009

Country Road, Take me home...


...to the place I belong.

Siguiendo mi inveterada costumbre de visitar exposiciones in extremis, le ha tocado este sábado pasado a la muy completa muestra dedicada a Walker Evans en la Fundación Mapfre Madrileña (rama Azca, todo hay que decirlo)

Muchos fotógrafos de esa época, el periodo de entreguerras y la gran depresión, comparten un cierto aire de familia. Hay un intento de reflejar la realidad, de hacer desaparecer al observador y la máquina, de transmitir sin distorsiones al espectador lo que se observa, lo que ocurre delante del fotógrafo, acercándose a lo que sería el ideal del reportero gráfico y alejándose de todo lo que sonase arte y artista.

Hay algo de ironía en lo que digo, porque fue precisamente en esta época cuando se creo esa idea que tenemos del fotoperiodismo, y precisamente debido a la acción de estos fotógrafos, de forma que concepto y definición se confunden en sus trayectorias... sin contar con que a pesar de los intentos de separar artista y cámara, en todos ellos es reconocible un estilo común, ese aire de familia del que hablaba. El hecho simple de que a pesar de dirigir su cámara hacia los pobres y olvidados, hacia la miseria y la degradación, los personajes retratados son presentados con dignidad, casi con la apariencia de estatuas clásicas, de composiciones pictóricas, en un curioso ejemplo de como la postura estética se ve contaminada por el posicionamiento moral.

O dicho en otra palabras, el deseo compartido por muchos de estos fotógrafos de conseguir un cambio social, la construcción de unas estructuras más justas, democráticas e igualitarias, lleva a ennoblecer aquello que precisamente pretenden denunciar, llevando a la paradoja de que se necesitaría un cínico, alguien a quien el destino y la suerte de esas personas no le importase en absoluto para representarlo en toda su crudeza (piénsese solamente en ahora mismo, y como son las personas que se regodean en el sufrimiento ajeno, los más capacitados para representar la violencia en el cine).

No obstante, la figura de Walker Evans no se reduce a la denuncia social (malo sería el artista que se limitase a eso) Visitando esta exposición sorprende encontrar a lo que podríamos definir como un caminante, alguien que recorre la ciudad, sus calles, el metro, siempre atento a los que la habitan, con el ojo atento a capturar ese instante definitorio, capaz de hacer pensar al espectador que él también ha estado allí.



O que es capaz de convertir en imágenes las paradojas del momento histórico, como la foto que sigue, tomada al inicio de la gran depresión, y tan actual ahora mismo, cuando parece que entremos en un periodo similar, del cual no se ve la salida y mucho menos solución.



La mirada de un humanista, alguien capaz de transmitirnos la tragedia de esos tiempos, sin recurrir al sensacionalismo, le basta con fotos como ésta


la tumba de un niño muerto, reducida a un montón de tierra, indicativo de la inmensa pobreza de su familia, esa desigualdad que consigue que incluso en la muerte unos difuntos se crean mejores que otros, elegidos por el destino incluso en ese instante.

Un enterramiento donde el único signo de que hay alguien que recuerda a esa persona es un plato vacío colocado sobre el túmulo.