miércoles, 17 de enero de 2007

Reading Robert Walser

Sehen Sie, ich könnte sagen, dass es nur einer kleiner Änderung in seinem Herzen, vielleicht eines Pünktchens mehr in seiner Seele bedürft hätte, um ihm zum schaffenden Künstler zu machen, dessen Werke die Menschen entzückt hätten. So wenig braucht es, um stark zu werden, un so wenig wiederum, um seinen Unglück zu vollenden



Robert Walser, Geschwister Tanner.

Miren, podría decirles que solo se hubiera necesitado un pequeño cambio en su corazón, quizás un punto más en su alma, para hacer de él un artista productivo, cuyas obras inflamasen a los hombres. Se necesita tan poco, para tener energía, y se necesita tan poco, al mismo tiempo, para consumar su desgracia.

Hay escritores en los que inmediatamente se descubre un igual. Personas cuyo pensamiento, en este instante, en este lugar, coincide exactamente con el nuestro, a pesar de que nos separen siglos, lenguas, tierras y experiencias.

Llegue a este autor de la forma más retorcida posible. Ya había oído hablar, tiempo atrás, de sus microgramas, sus escritos con letra minúscula, casi ininteligible, en fragmentos microscópicos de papel, pero, a pesar de lo que me llamó la atención, lo olvidé casi inmediatamente, problemas de la edad y del bombardeo cotidiano e incesante de información.

Lo redescubrí gracias a un corto de animación de los Hermanos Quay, en el cual se adaptaba uno de sus cuentos, si bien la palabra "adaptación" en boca de los hermanos Quay puede siginifcar cualquier cosa. En cualquier caso, debo admitir que me impresionó profundamente la representación de los estados mentales de un durmiente, y los diferentes estados/países que atravesaba, todos ellos encerrados en el colchón y la cama en la que la persona reposaba...

Así que no pude resistirme y pedí, a una de esas tiendas del extranjero, la primera novela de Walser, Geschwister Tänner, (Los hermanos Tanner).

Los comentarios de los compradores ya me habían puesto sobre aviso de, hasta que medida, la vida y la obra de Walser, se entremezclan, como si fueran la misma y única cosa, como si toda la obra de Walser no fuera otra cosa que la narración concreta de su vida y sus experiencias, o como si el fuera un personaje creado por su propia pluma, que se va escribiendo a sí mismo.


Porque en Walser se acumulan una serie de contradicciones que no se encuentran en ningún otro escritor, excepto quizás en Rimbaud. Una persona culta, educada, de buena familia, que encuentra que no pertenece a su ambiente, mejor dicho que no pertenece al mundo que le pertenece vivir, y que poco a poco va apartándose, aislándose, abandonando ese mundo.

Alguien que pasa de un trabajo a otro, sin aguantar en ellos más de una semana. Una persona que siente que existe otra vida fuera de esta vida, una vida que realmente merezca la pena ser vivida, pero que no encuentra caminos, vías que le lleven a ella, y cuya existencia se consume en encontrar una y otra vez, calles cortadas, rutas desiertas, caminos abandonados. Alguien que, poco a poco, descuida el contacto, el trato con sus semejantes, hasta el punto de hacerlo ya conscientemente, buscar esa ruptura, provocarla. Una persona que sólo encuentra placer en estar sólo, a solas, en largos paseos solitarios, lejos de cualquier señal o recuerdo de la humanidad

Alguien cuya vida no es más que una larga decadencia, en espera de la muerte.

Sin embargo, Walser, que siendo muy joven estuvo a punto de acabar convertido en el solitario perfecto, en el mendigo que vaga por las calles, al margen de la sociedad y de sus normas, sin que no le preocupe otra cosa que su mundo interior, dio un asombroso salto mortal, se convirtió en literato, no uno cualquiera, sino de ésos que los que entienden y los que escriben admiran. Hesse y Musil, por ejemplo, dos pesos pesados de la literatura alemana, lo tenían entre sus favoritos, hasta el extremo de que el final de la primera novela de Walser, coincide temáticamente con el punto de inflexión de Der Steppenwolf de Hesse, como si éste último hubiera querido continuar la historia allí donde Walser la había dejado.

Lo anterior habría sido un perfecto final feliz. El asocial que encuentra su puesto en la sociedad gracias al arte y la literatura. Digno de esas vidas ejemplares que antaño se llevaban tanto.

No podía ser así. Lo queramos o no, cada uno tiene que cargar con uno mismo, y el camino de Walser le llevaba a esa soledad que amaba más que nada en el mundo. Volvió a aislarse, desapareció del mundo, familiares, amigos, admiradores, trabajo en oficios anodinos, indignos de él, pero que le daban la libertad y el anonimato que ansiaba, la ausencia de contacto humano que le permitía vivir. De nuevo en la espiral descendente, la larga decadencia en espera de la muerte.

Sólo que esta vez no terminó como un mendigo. El hecho de que sobreviviera a su familia y heredase su riqueza, el detalle de que, esta vez, tenía un nombre conocido, permitieron que entrara en un manicomio, donde permació los 30 años que le quedaban de vida, al cuidado de otros, con sus necesidades cubiertas, sin otra esparcimiento que dar largos paseos por las montañas, puesto que, al poco de entrar, abandonó también la literatura, un ejemplo de esos artistas que pierden lo que les hizo artistas, sin que vuelvan jamás a recuperarlo.

Hasta que un día, no volvió de uno de esos paseos, y le encontraron tendido en la nieve, congelado, casi igual a como él había descrito la muerte de uno los personajes de Geschwister Tanner.

Porque está obra, esta primera obra, no es sólo la típica primera obra del escritor primerizo en la que este narra su vida. Si fuera así estaría olvidada desde hace mucho tiempo.

No, aparte de consitutuir un ejemplo de técnicas modernistas, como puedan ser la novela sin trama o argumento, la estructura libre e impredecible, la descomposición en escenas inconexas, la narración de lo accesorio frente a lo importante, la repetición intencionada de secciones enteras de la novela, las disgresiones, divagaciones y descripciones descomunales, la obra es, en cierta manera, una premonición de lo que sería la vida posterior de Walser, o mejor dicho, la plasmación de sus miedos más intimos frente al futuro.

La consciencia de que ese camino de soledad, de esa prueba constante en la que se embarca, no le llevará a ninguna parte, sino a la locura.

Y por ello, conmueve especialmente el no-final en que termina la novela, las páginas últimas en que se transita de la realidad a la irrealidad, de lo concreto a la fantasía, de la vigilia al sueño, simplemente porque nos damos cuenta de que lo que se narra no puede estar sucediendo en realidad, que es simplemente una fantasía convertida en alucinación, preludio y la conclusión de ese último paseo por las montañas nevadas.




Sie dürften niemals wieder so verbrecherish, so sündhaft über Sie selber aburteilen. Sie achten Sie zu wenig und die andere zu hoch. Ich will Sie davor behüten, gegen sich selber so allzustreng vorzugehen. Wissen Sie, was Ihnen fehlt? Sie müssen es eine Zeitlang ein bisschen gut haben. Sie müssen in ein Ohr hineinflüstern und Zärtlichkeiten erwidern lernen. Sie werden sonst zu zart.

No debe juzgarse nunca de nuevo como si un fuera un ladrón o un criminal. Tiene demasiada buena opinión de los demás, y demasiado mala de sí mismo. ¿Sabe lo que le falta? Pasarlo bien un rato. Debe aprender a susurrar al oído, a replicar dulzuras. Si no, se volverá débil.