lunes, 22 de enero de 2007

Musical Unexplored Landscapes (y2): Pierre Henry

La fama o el olvido de los artistas y sus obras suelen depender de casualidades, de azares que poco tienen que ver con su valía personal o el valor de su obra.

Así ha ocurrido que en la escena musical tecno se ha comenzado a propagar el nombre de Pierre Henry, como precursor, pionero y visionario de su estilo musical. En ese reconocimiento, plasmado en el apelativo cariñoso de daddy, hay tanto de agradecimiento, por alguien que suponen fue tecno allá por los años sesenta, antes de que ese nombre siquiera existiera, como de cierta condescencia frente al abuelo que no supo darse cuenta de lo que tenía entre manos.

Porque, en el caso de Pierre Henry, no estamos hablando de un músico pop, como sería de esperar, sino de un compositor clásico "contemporáneo" cuya música es fuertemente abstracta y cerebral. Por ello, no es sorprendente que la obra que los artistas tecno recuerdan no sea ninguna de sus obras, por así decirlo mayores, sino la música incidental que junto a Pierre Colombine compuso para la Misa en Tiempo Presente, el ballet presentado en Avignon, y que constituye la parte más accesible de su obra.(en el link que sigue puede verse una magnífica interpretación animada del Psyche Rock http://www.youtube.com/watch?v=jNSYUXYcdhM).

Sin embargo, es precisamente, en esta música donde se encuentran las características que hacen de Pierre Henry uno de los últimos auténticos compositores de música clásica. Al igual que otros grandes nombres del pasado (sí, esos nombres) habían hecho, Henry no tiene ningún reparo en incluir en sus obras la música popular del presente, sin distinguir entre formas elevadas frente a banales, ni entre arte de verdad ni arte prescindible. La música, para él, es un todo, un continúo vivo del cual toma los elementos que le apatecen y le agradan, para dar lugar a formas y obras, completamente distinta de los originales, pero donde cualquier oído atento puede encontrar la diferencia.

Así por ejemplo, en otra obra anterior, La reine verte, mucho más abstracta y hermética, compuesta casi exclusivamente con sintetizador, es posible encontrar secciones jazzisticas y de rock, que se integran perfectamente con las partes más "vanguardistas" y "radicales". Una obra que sirve para darse cuenta del callejón sin salida en el que se ha metido la música occidental, por obra y gracia principalmente de sus propios espectadores. En efecto, mientras que la obra de Henry muestra que se puede ser formar parte de la tradición occidental y al mismo tiempo incluir los nuevos sonidos, el público de su época se nego a aceptar esa evolución (al igual que la del resto de la música contemporánea) tanto por su fijación con el sonido del XIX, como por la aversión a la música de los melenudos y su posible inclusión en la sala de conciertos.

Sin embargo, éste Henry de La reine Verte, no es todavía el Henry de verdad, o mejor dicho, no es más que uno de los Henry posibles, porque la fama, la auténtica fama de Henry le viene de ser el paladín de la música concreta, es decir, aquella que consistía en grabar sonidos naturales, manipularlos, y reproducirlos electrónicamente, logrando aquella blasfemia de la música sin instrumentistas y casi sin compositor (una de las boutades de Henry fue entrar a la sala de conciertos con el magnetóno, ponerlo en un silla, encenderla y marcharse, para volver a la hora y recoger el eq uipo, entre los abucheos del público).

Fue con esa música de Henry, dura, iconoclasta, incomprensible, con el que me enfrenté siendo casi un niño. He hablado ya en otras ocasiones del profesor que tenía en primero de BUP, el cura al que todos llamábamos, con muy mala leche, Maria Virtudes. A ese hombre no se le ocurrió otra cosa que ponernos la obra llamada Variaciones para una puerta y un fuelle, que como se puede imaginar no es otra cosa que una serie de grabaciones de puertas rechinando y de fuelles resoplando.

Lo mejor para mantener callados a unos adolescentes de 14/15 años borrachos de hormonas

Al principio fueron las risas, claro, las burlas y la indignación, para terminar en el hastío y el aburrimiento, igual que si fueramos críticos y conaisseurs, duchos y expertos en las formas musicales, sorprendidos por una forma nueva, que escapaba a nuestros canones, y que no podíamos hacer encajar en lo ya conocido.

Entonces, fue cuando para mí, se produjo la revelación.

Porque de aquella cacofonía de rechinares y resoplidos, comenzaba a emerger un patrón, y ese patrón señalaba una forma y un significado. Lo que Henry había conseguido recrear con esos sonidos naturales y tan alejados del objeto representado, no era otra cosa sino la agonía de un hombre, la respiración agitada, los arrebatos de fiebre, los delirios sucesivos, el lento e irreflenable descenso hasta la nada, la lucha sin cuartel, sin esperanzas, por vivir un instante más, no ya por recuperarse, sino por continuar sintiendo ese sufrimiento en que la existencia se había convertido, ya que ésa era precisamente la prueba de que aún se continuaba viviendo, de que aún no se había muerto.

Para tras, un último paroxismo, desembocar en el silencio.

En la nada absoluta.